ARRIBA ESPAÑA Y QUE SE J...PUIGDEMONT!!!

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SEMPER IDEM

miércoles, mayo 20, 2015

YNESTRILLAS Y PABLO IGLESIAS

La revista “Índice” (años sesenta y principios de los setenta) y su director y fundador Juan Fernández Figueroa –antiguo falangista- fueron botones de muestra inmejorables del síndrome (joseantoniano) de la cárcel de Alicante. Fernández Figueroa había sido falangista ardiente y combativo, de los que acusaban incluso de traición o deslealtad a falangistas históricos como Ridruejo e incluso a Rafael Sánchez Mazas al que reprochó el haber escrito una novela autobiográfico de corte puramente narrativo –“La vida nueva de Pedrito de Andía”- y de alejarse así del espíritu heroico de la Falange primitiva. Con "Índice" corrían ya otros tiempos y soplaban otros vientos, y Fernández Figueroa se hizo un resuelto partidario de la apertura intelectual a la izquierda lo que explica que su revista -que se convirtió de pronto en el principal órgano de difusion en Espaãa del mayo francés del 68- se leyera bastante en las facultades, como ocurría conmigo aunque en mi caso su procedencia falangista funcionase a modo de coartada (si no, no le hubiera leído) Se hizo un encendido protagonista de la revolución cubana de la que llegó a escribir (y cito de memoria) “la Revolución es el fuego en el que nos quemamos todos” ¿La Revolución pendiente de la Falange, o el fuego que le metieron en el cuerpo a José Antonio sus asesinos (revolucionarios)?
Izquierda nacional. El señuelo que no muere. Desde los tiempos de la revista "Índice", con la que me drogué no poco en mis años de al Universitaria. Es lo primero que me viene a la ente leyendo el artículo completo –que en mi entrda de ayer cité tras haberlo leído sólo a medias- de Fernando Paz, un escritor de etiqueta azul/mahón (fuera de toda sospecha) historiador de la División Azul –una de sus especialidades- al que conocí personalmente hace ya unos años (en el 2009) en un congreso celebrado en el Madrid de los Austrias, en el antiguo palacio de los duques del Infantado, sobre la ley de la Memoria Histórica. La Gaceta, que publica su artículo ahora les habrá bailado el agua a mas no poder (y valga la redundancia) a Podemos y a Pablo Iglesias

¿Por qué lo hacen? Sin duda por razones del orden de la coyuntura de pura política o politiquería electoral –anti-PP- más que otra cosa, y, también nota bene por otras de orden puramente ideológico…y religioso o puramente de política religiosa. Iglesias elogió públicamente al papa argentino en la reciente visita del pontífice al parlamento europeo, un papa que se habrá enajenado progresivamente todo un sector de la curia y de la opinion pubica del catolicismo (a escala del planeta) mayormente situada a la derecha, partidarios de un rigorismo mroal en materia de moral y costumbres, aborto, matrimonio indisoluble, matrimonio de hommosexuales, u homosexualidad en general etcétera, etcétera.

Y que se habrá ganado en cambio el aplauso de la izquierda de la curia y la de la opinión pública del catolicismo a nivel mundial y también de muchos izquierdistas a escala del planeta por sus posturas en el campo de las reivindicaciones y de los movimientos sociales.
Quien ha bebido beberá reza la biblia (canónica), y un papa que hizo carrera (propiamente hablando) en la Compañía de Jesús de los tiempos del vasco (antifranquista) Arrupe cuando la orden jesuita se convirtió en matriz y en crisol principalísimo de la llamada teología (marxista) de la liberación, lleva esa marca –de las que imprimen carácter- en la frente de por vida. Incluso si –como es el caso- optó por la autoridad o el orden (qué remedio) en los tiempos de las juntas militares, la primera y la segunda incluso –cuando yo residí en Argentina (julio 1978-diciembre 1979) No es óbice que la suya fue una actitud de obediencia jesuítica a la autoridad, a la de los militares y sobre todo a la del Vaticano cuando el papa de entonces Juan Pablo II había dado ya el gran viraje de su pontificado tras su visita a Nicaragua en junio del 83 que seguí de lo más atento tras un año ya preso en la cárcel portuguesa.

La de Juan Pablo II fue un maniobra geoestratégica de la mayor envergadura –en el plano de la política religiosa- dictada sin duda por Washington y la Casa Blanca que le imponían dejar hacer en Argentina a los militares y así poder seguir jugando el juego de la distensión entre los bloques en su país natal de Polonia, después de haber predicado hasta entonces todo lo contrario: una estrategia de lucha de clases (de pobres contra ricos y ricos contra pobres) y una política de tierra quemada –fuego y llamas- en la América Central, y paños calientes en cambio en el pulso que venía echando en Polonia el grueso de la población al régimen comunista. Una iglesia de los pobres –la que encarnó el pontificado del papa Wojtyla (segunda época)- en espera de tiempos mejores, porque en Polonia el conflicto enfrentaba precisamente a unos pobres (el grueso de la población sumida en la pobreza más absoluta –como yo pude atestiguarlo de mis propios ojos cuando allí estuve (no tenían nada)- con los defensores titulados por así decir de los pobres escala del planeta, a saber el régimen, comunista.

Una congelación de la lucha de clases la que se imponia pues y que vendría a confirmarse tras la caída del Muro durante dos decadas hasta que con las primaveras árabes empezaron a soplar otros vientos de agitación y de protesta, sin lo cual no se explica la elección de este papa jesuita de formación y de de obediencia, franciscano de vocación –partidario de una iglesia de los pobres (y en contra de los ricos y de los poderosos)- y argentino de nacion o por lo menos de patria chica, habida cuenta su condición de hijo de emigrantes y de su ascendencia italiana. El caso es que con sus gestos no poco estrafalarios a veces se habrá ganado al rojerío universal, a los rojos fetén de toda la vida y también a los nuevos conversos.

Como es el caso de Ricardo Ynestrillas que elogia ahora –en vísperas de elecciones- a Podemos y a Pablo Iglesias y se sirve de la figura del papa Francisco de coartada, por los elogios que le mereció a Pablo Iglesias. Ynestrillas ya elogió en las anteriores elecciones generales a Rosa Diez -y a su partido-, que acabaría entregando al PSOE el principado de Asturias, y en su descargo entonces cabía mencionar la actitud valiente y decidida de la antigua socialista en contra de la ETA en el país vasco, con Pablo Iglesias en cambio –que dirigió un escrache contra la político bilbaína en su faculta de políticas de Somosaguas que no acabó (por un tris) en una tragedia-, Ynestrillas en cambio no tiene esa disculpa.

Pide el voto ahora al rojo porque él dejo de ser facha hace (bastante) tiempo por más que su hermano Martín jurase por lo mas sagrado que su hermano Ricardo no había cambiado de bandera o de trinchera. Habas contadas. En la guerra del 36 interminable hoy como ayer, se sabe donde está cada cual. Se sabía en el 36 y se sigue sabiendo hoy, al que sabe mirar y observar al menos como quiera que sea. ¿Síndrome de Alicante? Se puede pensar en él efectivamente, como el que sufrió el padre Llanos –al que Ynestrillas admira o admiraba no hace mucho- y como el que sufrieron tantos azules que en el mundo fueron en estos últimos setenta años de historia española, como lo tengo harto explicado en este blog y en m reciente libro “Guerra del 36 e Indignación Callejera”.

¿Pablo Iglesias un nuevo José Antonio? Tal vez por ese regusto que parece estar cogiéndole al fracaso y a la derrota (personales), no veo otra explicación, no se me ocurre otra. El autor del artículo de la Gaceta al que aludo más arriba invoca la nación como refrenci suprema en el examen –benevolente, de mentirijillas- al que somete a Iglesias y a los de Podemos . Sí por qué no. Puestos a rizar el rizo no obstante se podría decir que si la noción de Patria viene de Napoleón y de la Revolución Francesa, la de Nación en el sentido totalizador que se le daría en la Edad Moderna viene en línea recta del protestantismo y de la paz de Westfalia, tumba del Imperio y de una casa perdida como escribió Eugenio Montes fuera de toda sospecha.

No soy yo sólo, lo de vasco (o vizcaíno) de nación –u otras expresiones análogas- se encuentra en el Quijote y en el conjunto de la Literatura española del Siglo de Oro, y sin ir mas lejos también en la obra sobre las guerras de Flandes de Antonio Carnero (s. XVII) que cito en mi último libro, en los párrafos donde se describe la procedencia geográfica de los Tercios de Flandes. Iglesias se habrá servido de la mención de España (como de encargo) alguna vez en sus discursos para gran deleite de algunos de sus partidarios del género de los conversos. Pero en su España difiere poco del Andalus de los islamistas, porque hasta prueba de lo contrario y al contrario de lo que acontece en la mayoría de los que veneramos ese nombre (sagrado) en él no suena más que a cascara vacía porque su memoria del pasado español es radicalmente distinta, y entre la España de la Reconquista y el Andalus está claro que no hace (muchas) diferencias.

Como les ocurre mutatis mutandis a los nacionalistas argentinos, con los que Ynestrillas por lo que contaba o daba a entender en su blog se entendía a las mil maravillas –con algunas de sus corrientes por lo menos- durante su estancia en Argentina. Se equivocó de noche, como dicen los belgas, como se equivocó el que esto escribe. Y como llevan equivocándose de antiguo muchos españoles. El país más hispánico al Sur del Río Grande, el más fiel al legado que les dejamos, no lo es Argentina, ni siquiera Méjico –y mucho menos Venezuela- por más que hayan sido en el último siglo lugares de destino privilegiado de emigrantes (o exiliados) procedentes de la península, sino que lo es Chile, -pese a su diplomacia tradicionalmente pro británica-, el único país al Sur del Rio Grande –y no hablo de la excepción brasileña- que no tuvo rebelión mestiza anti-española en el momento de la Independencia, como sí la tuvieron los argentinos en cambio, digan lo que digan sus nacionalistas.

Y por eso los chilenos tuvieron una transición más o menos pacifica –comparable a la española- tras diez y siete años de régimen militar, y no la ruptura que sí conocieron los argentinos en cambio tras la guerra de las Malvinas, como la que buscaron en España en la transición la izquierda guerra civilista y la violencia etarra separatista (…) ¿La nación criterio decisivo, determinante en el caso de Pablo Iglesias, como lo pretende el artículo que aquí comento? No lo creo. La memoria de la guerra civil (interminable) del 36 sí lo es en cambio, por donde Iglesias –como el lobo del cuento- deja aparecer la cola, que me diga la coleta

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