domingo, mayo 17, 2015

ESCUELAS PÍAS DE MATARÓ ¿QUÉ DICEN LOS DE CIUDADANOS?

Icono de indignación, digamos de derechas, Albert(o) Rivera. El nudismo es algo desde luego (aunque él ya lo practicó años antes) que pusieron de moda –entre otras cosas- los indignados del 15-M. Como sea, si el líder de Ciudadanos quiere estar a la altura de esa imagen de transparencia que pretende dar, le es imperativo e inexcusable el pronunciarse en plena campaña electoral sobre el tema en ascuas de la inmersión lingüística en Cataluña, habida cuenta que se habrá hecho sentir cierta cacofonía en el tema al interior de su partido? ¿Hay que creer en Albert(o) Rivera? Sólo un gesto así –mínimamente elocuente- sería capaz de convencernos a algunos que no acabaría -como un caballo de Troya (como hizo Rosa Díez en el principado de Asturias con el PSOE)- abriendo paso al de la coleta (...) En Madrid y en Barcelona (...)
El partido que dirige Albert(o) Rivera –que se obstina en presentar su nombre en la forma catalana- no deja de ser una incógnita para muchos. Una imagen les habré sido de gran ayuda hasta ahora en ciertas regiones desde luego y en particular en las últimas elecciones andaluzas y es la de defensores del castellano –y del estado central- en Cataluña. Se expresan en castellano en las instituciones autonómicas -¿y tambien fuera?- y se pronuncian en contra de la estelada. Hasta ahí todo bien. Muchos nos preguntamos no obstante cuál es su verdadera actitud o el fondo de su pensamiento en un tema que es sin lugar a dudas el principal caballo de batalla del desafío que tiene lanzado el catalanismo a las instituciones del estado (español) y al resto de los españoles, a saber la política de inmersión lingüística llevada adelante sin pausa ni descanso, despacito y buena letra desde hace décadas ya, por la Generalitat de Cataluña.

Como vuelve a ponerlo sobre el tapete el contencioso que se habrá planteado en el colegio de las Escuelas Pías de Mataró que habrá llevado a una decisión salomónica del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y que para ser de lo más salomónico o sin duda por eso mismo, las autoridades en materia lingüística de la Generalitat y las autoridades –eclesiásticas cabe suponer- del colegio escolapio catalán habrán acabado pasándose por el forro (y que se me perdone el exabrupto)

Pero no sólo no acatan lo dispuesto por la instancia judicial suprema en la región sino que harán acabado arbitrando una solucion que suena a amenaza y a advertencia más que nada para otros padres que pretendieran ponerse a marcar el paso detrás de los padres de los dos menores, alumnos del citado centro por el que habrá venido el escándalo y la controversia, y es la de imponer las clases de inmersión en español (léase castellano) en régimen de aislamiento a los dos hermanos. Así como lo oyen.

Una forma de señalarles con el dedo –a ellos y a sus padres- ante los demás alumnos (y sus familias) Sólo les faltaba ya –y que nadie se escandalice por la alusión- ponerles una estrella amarilla en el pecho o en la frente para colmo de la estigmatización y del linchamiento (moral me refiero) En Bélgica donde resido, un país donde la lengua (hablada y escrita) habrá sido primerísimo caballo de batalla de antiguo, nadie -de llegar a trascender el caso- lo comprendería desde luego, ni a uno ni a otro lado de la frontera lingüística.

Un caso tan escandaloso en verdad, en plena campaña electoral además, ante el que los partidos que pasan por defensores de los intereses y de la suerte del castellano en Cataluña no pueden en modo alguno no darse por aludidos. Y más si cabe Ciudadanos en la medida que no formando parte del gobierno (PP) pueden sentirse dispensados -al contrario que los populares catalanes- de tener que defender la ley Wert, por la brecha al menos que esta habrá abierto o pretendido abrir en la política de inmersión y de normalización en favor del catalán de la Generalitat catalanista.

La nueva ley (LOMCE) se muestra un poco más cada día que pasa insuficiente y deficitaria en ese punto en la medida que le fallan o le faltan (angustiosamente) las herramientas de aplicación mínimas e imprescindibles por culpa de la dejación de competencias en materia de educación –y de otras muchas- en manos de los organismos autonómicos (separatistas)

Y más obligados ahora si cabe a definirse los de Ciudadanos por razón de la cacofonía innegable que se habrá hecho sentir entre los miembros y dirigentes de ese partido de un tiempo a esta parte en la materia. A Ciudadanos les tienen hecho un traje o fabricando una imagen en los medios, de indignados de derechas, o de exponentes de una corriente de protesta –sustancialmente contra la corrupción- que parece anunciar o prefigurar un futuro pacto con los otros indignados (de izquierdas), los del 15-M y sus epígonos y sucesores que vienen a ser los de Podemos.

Algo que empieza a gravitar (amenazadoramente) de cerca sobre la campaña electoral para la alcaldía madrileña. Si Esperanza Aguirre no consigue la mayoría absoluta –como parecen presagiarlo las encuestas- tendrán que depender (en el mejor de los casos) de un pacto con el partido de Albert(o) Rivera, en el que no todos se sienten obligados a creer o a confiar como así viene a ocurrir con José María Aznar que habrá alertado a los votantes del PP de la forma mas terminante en términos alarmistas hace unos días tan solo al respecto. Un problema de credibilidad, es cierto, el que plantea sustancialmente a los ojos de algunos entre los que me encuentro ese partido catalán que se habrá decidido a practicar el entrismo en la política española, como un Roca y Junyet tras la transición o como lo intentaron los catalanistas (moderados) –y pienso en particular en Cambó (horrresco referens!)- en los tiempos de la Restauración hasta la proclamación de la Republica.

¿Hay que creer en Albert Rivera? Mejor planteado ¿se puede creer en él, en su partido y en sus propuestas. Lo pregunto porque posturas un tanto atípicas –y ruidosas (y extravagantes incluso o estrambóticas)- como las que viene exhibiendo en los últimos tempos sobre la legalización de la prostitución y de las drogas –o la de exigir el haber nacido (sic) en democracia para entrar en política- plantean ya de entrada serios interrogantes. ¿Se puede creer en Albert Rivera, en su persona? Sé poco de él, vine saber hace poco no obstante completamente por casualidad que entro en política hace unos años –como su entrada en sociedad- exhibiéndose (prácticamente) desnudo en la portada de una revista.

¿Signo de los tiempos de indignación que habremos vivido estos últimos años? Me lo pregunto y es porque en octubre del 2011 a poco de la irrupción del movimiento de los indignados, di una conferencia sobre memoria histórica en la casa de la cultura de Mancha Real el pueblo jiennense del que procedo, al que asistió alguien –con el que tuve intercambio de impresiones con la mayor normalidad a decir verdad- del que viene a saber justo después que se había singularizado poco tiempo antes por una exhibición de nudismo –en señal de protesta- delante del edificio del consistorio de Jaén, la capital de la provincia. Algo que me sorprendió un tanto lo confieso pero que achaqué de forma instintiva si se pude decir así a la atmosfera de protesta callejera que tenían creado los indignados del 15-M.

Quiero decir que para bien o para mal Albert(o) Rivera arrastra esa marca (de origen) o si se prefiere esa sombra de sospecha. ¿Cabe confiar en él? Ya digo que me lo pregunto seriamente, y como yo sin duda otros muchos. El caso que ahora nos ocupa desde luego sería la ocasión que ni pintada para disipar dudas y está claro que de una forma u otra es algo que le obliga a definirse. Por o contra, a favor o en contra de la normalización, léase la imposición lingüística del catalán, a la que parecería que da su consentimiento de entrada por culpa de ese nombre (de pila) en catalán que lleva tan ruidosamente por montera. Compañero de viaje objetivo de la principal figura indignada de Cataluña, la señora Nicolau, la pasionaria (anti) desahucios íntima de Pablo Iglesias.

Curioso que en las declaraciones que le leí a este último ayer en la prensa digital trataba -lo menos que se puede decir- al líder de Ciudadanos con paños calientes. ¿Camino de dar la puntilla en Madrid a los populares y abrir el paso a una coalición en la que los de Podemos serian el partido estrella? No creo en las meigas pero hay las. Y si el líder de este partido catalán pretendidamente lleva el prurito y la preocupación por la transparencia hasta los extremos que dejo a entender exhibiéndose desvestido en los medios, tendría que demostrarlo ahora tomando partido, quiero decir defendiendo una posición clara en el tema en ascuas de la inmersión lingüística en Cataluña

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