sábado, marzo 28, 2015

UN SUICIDIO ALEMÁN

Escena del film “La Orden del Templo Solar”, basado en los trágicos sucesos que tuvieron como protagonistas miembros de ese grupo esotérico religioso. En 1994, se sucedieron en Suiza –en el cantón del Valais y en el de Friburgo- dos sucesos de autoinmolación colectiva aparente, donde murieron medio centenar de miembros de la Orden. ¿Pulsiones de autoinmolación colectiva surcando ciertos países europeos desde el final de la Segunda Guerra Mundial? ¿Una secuela de aquella entre los vencidos de entonces? La hipótesis resurge ahora con fuerza tras la catástrofe aérea de los Alpes. Detalle todo menos trivial: el fundador de la Orden del Templo Solar era hijo de un emigrante italiano en Francia, católico practicante, desaparecido (sin dejar rastro) en la "Libération" (1945)
Catástrofe aérea en los Alpes. Un suceso de primerísimo plano de la actualidad (más candente) y perteneciente a la vez a la página de sucesos, hasta prueba de lo contrario me refiero y en espera del desenlace de investigación y de la tentativas de politizar el tema inevitables por la magnitud del accidente a lo que parece. Como sea, me voy a limitar en este comentario de urgencia a lo que hasta ahora parece haber sido confirmado, a saber el haber sido un acto de suicidio de uno de los copilotos, que estrello el avión aposta, evitando de propósito deliberado el abordaje de la cuestión espinosa de la culpa y de las responsabilidades penales, civiles o administrativas) Suicidio alemán. ¿Una forma alemana de suicidarse propia e intransferible?

Si se entiende en el sentido de aceptar la muerte (estoicos) está claro que la segunda guerra mundial nos aporta el ejemplo diáfano que dieron colectivamente los alemanes entonces, en los últimos meses de aquella en la materia. No hubo capitulación, ni (propiamente) armisticio tampoco. Ayer me permitiría reflexiones en las páginas de este blog sobre el fenómeno de la guerra asimétrica por cuenta de un trabajo y divulgado sobre guerra asimétrica y guerra total (sic), como si una fuera una variante de la otra. Guerra total –"total krieg"- lo recuerdo a aquí para uso de algún desmemoriado fue un concepto, una consigna que esgrimió y proclamó –y puso rigurosa y draconianamente en práctica- la Alemania nazi por boca de su ministro de propaganda, el doctor Goebbels. Y sin dud que haya que fren tarse a la antigüedad ms remota para encontrar ejemplos y parangones -Numancia, Sagunto, Leónidas y los trescientos- a esa auto inmolación colectiva.

No estoy intentado justificar nada, ya he dejado dicho que dejó (provisionalmente) de lado la cuestión de la culpa individual o colectiva. Estoy solo queriendo resaltar que en la forma de suicidarse –que es algo que parece claro de los precedentes dados conocer hasta ahora por expertos y responsables, y de lo que viene (unánimemente) difundiendo los medios-, se pone de relieve un rasgo alemán innegable e inconfundible. Estrechamente ligado a su pasado, más o menos reciente. A ese pasado que no pasa que denunció el profesor Nolte, y a sus lastres y sus secuelas más emblemáticas y visibles. Tristeza de los alemanes, algo de lo que hoy evocar al antiguo secretario general de la OTAN, el holandés Luns –que me crucé por cierto en más de una ocasión en el barrio donde coincidimos (por algún tiempo) en Bruselas, donde se encontraba residiendo ya jubilado.
Un rumor tenaz del que se haría eco el profesor Ernst Nolte en una de sus obras da cuenta que en los últimos momentos que precedieron a la derrota final en el bunker de la Cancillería en Berlín tuvo lugar tras la muerte del Fuhrer una especie de baile de los malditos entre todos los que se encontraban allí dentro todavía -hombres y mujeres- en un último arrebato de resistencia desesperada y en un gesto supremo de desafío frente a la muerte que les acechaba. ¿Un pathos de autoinmolación el que arrastran aún los alemanes en su memoria colectiva?
Y algo de lo que puedo dar testimonio de los años que llevo viviendo en un país como Bélgica con fronteras comunes con Alemania en articular en zona flamenca la parte más germánica de Bélgica, si se exceptúan los llamados cantones –territorialmente exiguos- del Este, de población oficialmente germanófona. De una anécdota sobre todo nada trivial –que ya evoqué aquí en alguna ocasión- que me ocurrió en la temporada (larga) que viví en la costa belga –en zona neerlandófona- y fue que bajando en bici un día hasta la playa tuve que atravesar una zona de alojamientos turísticos, que por aquellos días del mes de septiembre en curso se veían lleno de familias alemanas que por motivos que me escapan escogían en ese mes –con frecuencia húmedo y lluvioso en Bélgica- para llenar aquella zona de la costa turística belga en masa.

Era efectivamente un día de aguaceros, semi-nublado, y solo cuando llegué al final de la bajada aquella, me di cuenta que las casas que iba a dejando a un lado todas con las puertas y ventanas abiertas estaban llenas de turistas alemanes sentados en corro en medio de su silencio que tenía más de fúnebre que de veraniego. Y se me ocurrió de pronto que ningún país en el mundo podía ofrecer un espectáculo semejante, tan contristador a la vez y desconcertante.

Timidez de los niños alemanes. Algo que no dejo de sorprenderme y de llamarme la atención, en repetidas ocasiones. Lo son solo fuera e Alemania, es posible, pero se me ocurre que no entre todos los colectivos extranjeros no vi nunca tampoco algo semejante.

En un discurso al que aludí en mi entrada de anteayer, del jefe de gobierno griego (de izquierda radical) sobre el problema de las reparaciones alemanas a Grecia en relación con la deuda publica griega, que aquel convirtió en un encendido alegato de memoria histórica (revanchista) se reconocía con ayuda de citas de un historiador de ascendencia judía alemana –y de etiqueta marxista- Eric Hobsbawm, la situación por la que atravesaron los alemanes tras la primera guerra mundial de resultas de profunda humillación (colectiva) que les infligió el tratado de Versalles, lo que para el jefe de gobierno griego que lo decía sin duda en guisa de concesión- sin querer justificar nada no obstante (como así lo afirmó expresamente)- daba una clave de explicación del auge del nacionalsocialismo y de todo lo que se seguiría.

Humillación alemana ¿una reliquia del pasado apenas? A otro perro con ese hueso. Alemania puede ejercer en el mundo de hoy un papel de liderazgo y un protagonismo del primer plano en la política internacional, lo que no rebasa no obstante el plano de las simples apariencias si se piensa que políticamente siguen siendo un país sometido y que su potencia económica real no dejarían de convergirla en un gigante de países de barro a merced de los caprichos del gran Hermano del otro lado del Atlántico.

Y lo ilustra la triste suerte que se ven reservada con frecuencia los alemanes fuera de su propio país, por ejemplo en los países de cultura anglosajona –en Estados Unidos y el Canadá por ejemplo-, como lo ilustra el caso de un célebre autor revisionista de origen alemán emigrado al Canadá y a los Estados Unidos que llevó a cabo campañas de denuncia de la situación de discriminación y explotación flagrante en la que se encontraban los alemanes oriundos en esos pises, en los inicios de su trayectoria antes de darse a conocer por sus posturas revisionistas (y negacionistas) El copiloto de del avión de Germanwings del que se suceden desde ayer las revelaciones en cascada arrastraba un historial de lo más cargado en materia de tratamientos anti-depresivos.

Y ciertos medios se aprovechan de ello para acusar ahora a la compañía madre (Lufthansa) de haber obviado ese historial tan comprometedor de uno de sus pilotos. Problema de Lufthansa o de la sociedad alemana dodo entera? ¿Indicio o síntoma el caso del copiloto alemán suicida de un (‘serio) problema de depresión estrechamente ligado a la derrota alemana en el 45 y a sus secuelas colectivas y hereditarias? Vivir para ver fantasmas míos

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