martes, marzo 24, 2015

BÉLGICA NO ES SIRIA NI EL LIBANO RÉPLICA A ABOU JAHJAH

El cuerpo sin vida del cineasta Theo Van Gogh asesinado a tiros por un fanático musulmán de origen marroquí en plena vía pública en Amsterdam, que (casi) le decapitó a seguir y le plantó un cuchillo de cocina en el pecho (4 de noviembre de 2004) La víctima había protagonizado tiempo antes un incidente en un debate en público con el activista musulmán libanés que se hace oír ahora de nuevo –con gran estruendo- en Bélgica flamenca
Abou Jahjah –no sé si lo escribo correcto-, de cuarenta y tres años es una figura emblemática de la inmigración musulmana en Bélgica (zona flamenca) intermitentemente en el centro de la escena al compás de sus idas y venidas entre Bélgica (y los Países Bajos) y el Oriente Medio y concretamente el Líbano de de donde es originario. Me vuelco ahora un poco sobre la marcha en la lectura de su curriculum y doy un pequeño bote en mi asiento cuando me entero que tiene menos antigüedad en Bélgica que yo, y que es hijo de un universitario musulmán chií –licenciado de la Universidad Saint Joseph de Beirut (fundada y regentada por los jesuítas) y de una maestra maronita.

Y que se vino del Líbano con su familia en 1991 huyendo de la situación de inseguridad –léase la derivada de la guerra del Líbano entonces a todo arder- lo que volvió hacer en el 2013 en la resaca de las primaveras árabes y en plena guerra civil en Siria- y si se tiene en cuenta su confesión chií y la postura que su comunidad habrá seguido en bloque, a favor del régimen de Bachar el Assad puesto en jaque por una rebelión islamista de confesión suní, y que la guerra en Siria vine lanzando chispazos sin parar al otro lado de la frontera con el Líbano, entre suníes –mayoritarios en el Norte del país- y chíies del Centro y del Sur no se ve muy claro el perfil de este activista y agitador musulmán (profesional por lo que se ve) que acaba de acusar ahora al actual alcalde de Amberes, el nacionalista flamenco (moderado) Bart de Wever de racismo por comentarios de este último en un programa televisivo el domingo pasado sobre la comunidad marroquí en Bélgica de origen bereber.

Cien mil, esa es la cifra que dan los medios las horas que corren de marroquíes (bereberes) en Amberes, y para una población total que no supera o superaba no hace mucho el millón de habitantes, de aquella gran urbe portuaria, el desafío o el reto que plantean -de integración me refiero- es considerable, y aun mayor el que plantean los que pretenden erigirse –como el caso que nos ocupa- en sus portavoces o tribunos de la plebe (no poco incendiarios)

A caballo entre dos mundos por partida doble, este emigrante libanés en Bélgica. O puesto en medio de la falla, si se prefiere, del gran choque de culturas al que asistimos entre el mundo musulmán y los países occidentales.

El protagonismo tan considerable que entre tormentas y bonazas, entre idas y venidas y entre juicios y condenas y recursos y absoluciones ese activista musulmán moderado -en la etiqueta que arrastra en los medios- viene ejerciendo en Bélgica flamenca me plantea ya de entrada un reto de orden personal desde luego, y el contencioso que ahora viene a provocar más aun, como español en Bélgica y tributario además de una memoria trágica en lo que al Rif bereber –de donde proviene los bereberes de la ciudad Amberes- se refiere, remontándose al desastre de Annual y a la guerra de marruecos.

La tensión entre comunidades es patente en los últimos tiempos como lo ilustra la manifestación –prohibida precisamente por el actual alcalde nacionalista- de la rama flamenca de Pégida, el movimiento anti-islámico nacido en Alemania a finales del año pasado, y como lo corrobora la reacción de ese activista libanes que tiene convocada para mañana una sentada en el mismo lugar en el centro de Amberes delante del edificio del Ayuntamiento –lugar emblemático de una memoria común a belgas y a españoles- después que celebraran otra hace unas semanas los militantes de Pégida (en Flandes) tras verse prohibida una manifestación por el mismo alcalde por el que viene ahora la polémica.

Viví un año en Amberes –entre 1987 y 1988- tras mi llegada a Bélgica y después no habré vuelto más que de forma esporádica aunque bastante a menudo también, es cierto, sin llegar no obstante a poder cogerle la temperatura a aquella urbe como si estoy en medida de poder hacerlo –por muy relativamente que sea- con la aglomeración de Bruselas, donde resido ya hace mucho.

Esa cifra de cien mil inmigrantes impresiona ya de entrada en la medida que pone de manifiesto lo serio de la presión demográfica musulmana y de lo fundado y justificado de las aprensiones de muchos que ven en esa crecida una bomba de relojería o de efecto retardado, si se tiene en cuenta además una presión demográfica análoga en la comunidad marroquí residente en los Países Bajos. E impresiona un más al que esto escribe en la medida que desde el tiempo que residió allí el autor de estas líneas visto así ojo de uen cubero se pude estimar fácilmente que ese colectivo inmigrante haya multiplicado por dos o por tres sus efectivos.

En esas circunstancias esa nueva campa de agitación del libanés carismático –entre la inmigración musulmana me refiero- plantea un reto mayo y pone a la vez en la mirilla de los medios y de la atención mediática a su protagonista, y así –sin dejar de leer su curriculum a toda prisa- nos enteramos de detalles de su trayectoria reciente que dan cuenta de la protección que a godas luces goza en ciertos sectores de de lado flamenco de la frontera lingüística de lo que da idea el que disponga de una columna semanal –como viene de denunciarlo ahora el propio alcalde- en el diario De Standaard, principal diario belga flamenco, de orientación conservadora (y en la órbita de la iglesia católica belga y de su jerarquía)

Unos tanto y otro tan poco. ¿Más credenciales, más derechos un libanés musulmán que un español en Bélgica, sobre todo en zona flamenca? Lo restos de los cien mil soldados de los Tercios de Flandes caídos en el sitio de Ostende (1601-1604) y de los que no se conserva –doy fe de ello de los tres años allí vividos- la menor traza o vestigio de recordación, se habrán removido ahora (de nuevo) dentro de sus tumbas.

Las palabras de Wever por las que viene el escándalo mayormente entre el colectivo inmigrante musulmán, fueron pronunciadas en el marco de un programa televisivo bajo el leitmotiv que el racismo no es causa sino consecuencia, que no es la raíz exclusiva sino más bien pretexto o coartada en el contencioso en que se ven envueltos ciertos colectivos inmigrantes por sus (altos) grados o niveles de integración malograda. Y en eso tiene razón.

No le viene mal no obstante una sacudida en el plano de la memoria como ésta al alcalde nacionalista flamenco de Amberes conocido por sus simpatías notorias hacia el nacionalismo vasco y cómplice –o así se diría a veces- de una visión histórica que hace de los españoles, del pasado español en Bélgica -o del “régimen español” como dicen ciertos autores belgas- causante (y chivo expiatorios como tal) de buena parte de los males de los belgas y en particular de los belgas flamencos, y es en la medida que la amenaza y el desafío les viene ahora de una comunidad que sostuvo un grave contencioso- con los españoles en un pasado relativamente reciente (en el siglo pasado) Y a fortiori lo mismo cabe decir de la situación de polarización creciente en los Países Bajos de un tiempo a esta parte.

La agria polémica en la que el alcalde (burgomaestre) de Amberes se ve envuelto desde hace unos días con la comunidad musulmana –en su vertiente berebere (que son mayoría dentro del colectivo musulmán en Amberes)- se produce en un contexto que los medios ahora parecen perder de vista que es el de los centenares (oficialmente más de trescientos) –proporcionalmente la más importante con mucho de las corrientes de afluencia de voluntarios desde el continente europeo- de jóvenes belgas de confesión musulmana y de origen inmigrante marroquí habiendose ido a tomar parte (y partido) en la guerra civil siria del lado de los islamistas, y la línea argumental del alcalde de la ciudad portuaria esta cargada de razones por más que algunos se rasguen ahora las vestiduras, cuando dice que la causa de esa radicalización no es el racismo contra los musulmanes en los países europeos –como lo pretenden los islamistas y sus compañeros de viaje y sus corifeos- sino problemas específicos de determinados colectivos de inmigrantes y es donde señalaba con el dedo a la comunidad berebere –el ochenta por ciento (según sus propias cifras)de la comunidad inmigrante marroquí en la ciudad - que acusaba de vivir encerrada en sí misma y desconfiando de todo tipo de autoridad.

Los pueblos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla, y el actual regidor de Amberes –historiador nota bene de formación- parece haber escarmentado en cabeza ajena de loa historia española en, el siglo XX, si no de todos sus capítulos (¡ay dolor!) sí de ciertos episodios –como el del desastre de Annual- particularmente trágicos de la misma

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