domingo, marzo 22, 2015

BRIGADISTA BELGA, JUDÍO Y COMISARIO POLÍTICO

Judíos jasídicos ultra ortodoxos (hassidim), habitantes del barrio judío de Amberes, contiguo al de los diamantes, donde vivió –años treinta- el brigadista ahora homenajeado, y donde el autor de estas líneas residió un año –Lange Kievistraat- tras su llegada a Bélgica. Una estampa habitual, cuando allí viví (a finales de los años ochenta) la de la foto. No había solo judíos en aquel barrio, ni eran todos ellos miembros de aquella comunidad, pero en conjunto eran gente pacífica y laboriosa (y negociantes) No tuve mayormente problemas con ellos y guardo cierta nostalgia del tiempo que allí viví, de aquellas estampas insólitas, los domingos sobre todo cuando salían a pasear con sus familias numerosas y se desparramaban por el barrio y le daban una nota innegable de colorido que transportaba fatalmente al transeúnte por los caminos de la memoria (laberíntica y procelosa) muy atrás en la historia del Occidente, y a zonas geográficamente un tanto indefinidas del continente europeo. Los bajos fondos, sean judíos, moros o cristianos, ese es otro tema
Israel (Piet) Akkerman fue un brigadista internacional de ascendencia polaca y judía refugiado en Bélgica –en Amberes con su familia- en los años treinta, del que se acuerda ahora el foro de la memoria (de los vencidos) con ocasión del aniversario de su muerte.

Ocurre que su nombre no me era desconocido de los años largos que llevo ya en Bélgica porque lo vi mencionar en los miedos belgas siempre asociado al grupo terrorista de extrema izquierda CCC (Células Comunistas Combatientes) que desataron una campaña de atetados contra bancos y edificios públicos en Bélgica francófona en la primera mitad de los años ochenta de manera que cuando yo aquí llegué –en marzo del 87- se encontraban ya desarticulados y presos todos sus miembros tras haber ocasionado dos muertos por explosión de una bomba en el último de sus atentados, y era que con el nombre del brigadista judío aquel –luchador anti-fascista caído en la guerra civil española” como lo explicarían escrupulosamente en sus folletos y carteles de propaganda- habían bautizado precisamente su primera capaña de bombas.

En el librito que tengo ya a punto de publicación abordo ese problema tan espinoso y enigmático y tan silenciado de los focos de guerra civilismo latente –por cuenta de España y de la guerra civil del 36- que persistirían en Bélgica a través del tiempo (en forma endémica), de lo que habré sido testigo de primera mano los largos años que aquí llevo residiendo, y de lo que se diría que a falta de resistentes belgas durante la segunda guerra mundial –de renombre me refiero- siempre tenían a mano la guerra civil española del 36 para fabricar o resucitar héroes y mártires y mitos y leyendas, en lo que les serviría de preciosa ayuda la emigración española –en su mayoría- de la década de los sesenta.
Homenaje celebrado hace unas horas al brigadista belga -y judío- Israel (Piet) Akkerman, caído a finales del 36 en el frente (y no en la batalla) de Guadalajara. Botón de muestra, uno más, de los focos de guerracivilismo (español) siempre latentes en Bélgica –como un mal endémico- y haciendo erupción intermitentemente a través del iempo, desde que aquí resido
Y no es puro azar si las zonas urbanas de la aglomeración de Bruselas donde la propaganda a favor de eses grupo terrorista extinto –donde la liberación de sus detenidos- se concentraría mayormente siempre después, lo fueran barrios caracterizados por su nutrida representación de emigrantes españoles.

Las CCC acabarían viéndose desarticuladas en Bélgica pero llegaron a crear un enjambre considerable de simpatías y complicidades en ciertos sectores periodísticos, especialmente en los medios. Y siempre arrastré el sentimiento tenaz que de la sordina que acabaron viéndose impuestas la simpatías y complicidades no poco generalizadas hacia aquel grupo terrorista de extrema izquierda en Bélgica, pagó un poco el pato el autor de estas neas con los fregados judiciales en los que aquí me vi envuelto y por el linchamiento del que me vi objeto entonces en los medios, por culpa precisamente de la etiqueta (de extrema derecha que invariablemente se me colgaban.

Del brigadista judío/belga aquel cuenta hoy la prensa española que su celo anti-fascista no solo le llevó a alistarse en las brigadas internacionales sino a acabar siendo nombrado comisario político (un respeto) y a acabar llevándose un golpe de bayoneta en combates de resistencia tras la toma de Sigüenza por los nacionales, en zonas adyacentes de la provincia de Guadalajara. Lo que trae de nuevo a relucir el protagonismo (beligerante) de la comunidad judía en Bélgica durante la guerra civil española –o para ser exacto de una parte de ella con el consentimiento tácito del resto-, un tema tabú aquí pero en el que me permití embestir en numerosas ocasiones, por escrito.

François Furet, historiador francés y marxista desengañado en su obra tardía “El final de una ilusión” hablaba de la pasión española de la izquierda internacional, de la que hay que convenir que ofrecía no pocos parangones con esa otra pasión andalusí de los integristas islámicos, o de la pasión sefardí de los judíos, de una España disputada –Sefarad para unos y el Andalus para los otros- por culpa de la cual se verían fatalmente envueltos en un conflicto de memorias con los habitantes (españoles) de la península, que fue mayormente la razón de esa beligerancia judía tan típica y tan ruidosa durante la guerra civil española.

En el caso que nos ocupa el enigma se complica y a la vez se aclara repasando la biografía del ahora homenajeado y es por el detalle que había vivido en el barrio de los diamantes y diamantistas de Amberes –en cuyas inmediaciones residido un año al llegar a Bélgica el autor de esas línea, donde casi no se veían cuando yo allí viví mas que judíos ortodoxos ataviado a su manera tradicional y asiáticos del subcontinente hindú.

Informes de policía de la época que recogen reseñas biográficas de los propagandistas de este brigadista judío/belga dan cuenta que tanto él como su hermano estaban fichados de agitadores habituales del barrio aquel que no era como los otros, sino como un cuerpo extraño y a la vez emblemático de la vieja ciudad portuaria. Cuando yo viví allí, los domingos –de preferencia en tiempo de invierno- eran como una viaje por el túnel del tiempo exactamente a la España medieval y del Siglo de Oro aunque en la medida que aquello parecía retrotraer al transeúnte varios siglos atrás a un lugar un poco indefinido del continente europeo –como dejado en suspenso en la memoria-, de la Europa del Este de preferencia con su guetos densos y hondos, refrescaba la memorias de un soplo de aire fresco por paradójico que parezca.

Pero el brigadista judío de este cuento no era sin duda como aquellos judíos (pacíficos) -de lengua yidis y anti-sionistas- en caftanes (grises o negros) y gorros de pieles típicos de su comunidad ("shtreimmel") y tirabuzones, y de familias numerosísimas con los que yo me cruzaba por las calle hace ya tanto en el barrio judío de Amberes sino unos judíos bolcheviques –o sionista como se prefiera- que acabaron como tenían que acabar por más que se me pueda tratar de cínico por demás al afirmarlo, a saber con una bayoneta en el bajo vientre, como haciendo realidad aquella consigna que a decir de Umbral presidiría la actuación de Franco durante la guerra, limpiar a España de su bajos fondos, judíos o gentiles, moros o cristianos o lo que fueran

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