martes, marzo 24, 2015

MARION LE PEN O EL MITO DE JUANA DE ARCO

Un verdadero festival de la raz blanca y pari passu de cierta imagen de la mujer francesa aun hoy dominante en el resto del mundo, el ascenso fulgurante de la nieta (favorita) de Jea-Marie le Pen en los medios. Hija natural de un periodista francés ya fallecido que nunca quiso reconocerla y al que solo alcanzo a conocer llegada al uso de razón, el ascenso de Marion Maréchal-Le Pen resucita nollens vollens nada mas ni nada menos que el mito –“terrible como un ejército en orden de batalla” (reza el Apocalipsis)- de Juana de Arco la doncella (“puccelle”) de Orléans quemada por los ingleses durante la guerra de los Cien Años. El mito de Juana de Arco unificó a Francia, el ascenso de la (joven) Ninfa Egeria del Frente Nacional ¿dará fuerza a los franceses para poder superar la terrible crisis de identidad que atraviesan? Lo que no dejaría de ayudar pari passu a los países que la rodean
Marion Maréchal-Le Pen, estrella ascendente del Frente National francés. Como todos me llevé una gran sorpresa de su irrupción fulgurante en la política francesa, a su edad y por todo lo que representa. El semanario “L’Express” le dedica en su último numero todo un reportaje de varias páginas e incuso la portada, bajo un título rayano en la ofensa y en la difamación gratuitas. “L’effrontée nationale” un juego de palabras con la denominación del Front National y deel calificativo (peyorativo) “d’effrontée”, lo que da grosso modo en español, “la descarada del Frente Nacional”, sin comentarios. Un fenómeno de orden mediático -mas incluso que desde un punto de vista estrictamente político- el ascenso irresitible de la (agraciada) nieta de Jean Marie le Pen, lo que viene a destapaar o a pner de relieve ese reportaje tan beligerante y agresivo.

Marion Maréchal-Le Pen -ya lo tengo dicho no hace mucho en alguna de mis entradas - arrastra un drama personal relativo a propios sus orígenes que hace pensar –un poco (comparaciones odiosas)- al de Francisco Umbral. La nieta (favorita) de Jean Marie le Pen es (vox populi) hija naural de un periodista francés que acabaría de embajador en Eritrea bajo la presdenca Sarkozy fallecido (de cancer) en septiembre del año pasado que tuvo una relación fugaz con la madre de la joven político, Yann (Jeanne, en dialecto bretón) Le Pen, quien contraería nupcias más tarde con un dirigente de las juventudes del Frente Nacional- del que hoy se encentra divorciada- que reconocería a la hija de su esposa. Y al que su hija solo llegó a a conocer ya alcanzado el uso de razón.

En el reportaje del semanario L’ExPress se revelan detalles inéditos o poco divulgados de la biografía de Marion Maréchal-Le Pen, de sus años de infancia y adolescencia, en extremo sintomáticas del destino tan singular –y tan poco fácil- de aquella y también de ciertos aspectos de la vida en Francia en particular en el plan de la enseñanza. Así, el semanario (de izquierdas) divulgó en su reportaje que Marion empezó primero en la escuela pública y que acabo operando popr presión de la propia dirección de la escuela o del colegio en la que estudiaba un enroque análogo mutatis mutandis –así me lo parece riesgo de resultar pretencioso o petulante- al que experimentó a una edad un poco más tardía y por propia impulsión el autor de estas líneas, y fue que la directora de la escuela a la visa del verdadero acoso –en inglés creo que le dicen “mobbing”- de la que la nieta de Le Pen era a todas luces víctima, de sus compañeros varones esperándola a la puerta de los servicios del centro para tratarla de anti-semita y otras lindezas peores aun (me figuro)- acabó aconsejando a su familia de ponerla “a buen recaudo” cambiándola de escuela, sacándola de allí cuanto antes quiero decir para evitar problemas, que eso es lo que se me antoja que se acaba leyendo un poco entre líneas de reportaje de ‘L’Express” que mencioné mas arriba.

El resultado fue que la nieta de Le Pen –un detalle de su biografía que yo ignoré hasta ahora- acabo aterrizando (un decir) en el Instituto san pio x (un respeto) la niña de los hijos -en un barrio super elegante de París, el XVI- de los integristas franceses en español “lefevristas” (en jerga transicional) para entendernos. No estuvo allí mucho tiempo, por lo que se lee en reportaje, pero hay recorridos y experiencia s que imprimen carácter, y esa –de la enseñanza a tiernas edades- es sin duda una de ellas.

Lo que contribuyó en fuerte proporción a la etiqueta que Marion Maréchal-Le pen arrastra hoy al interior del Frente Nacional y en los medios franceses que practican con gusto el deporte de oponerla a su tía, Marine Le Pen, presidenta del partido. Como lo ilustrarían desavenencias in crescendo –reales o aparentes váyase a saber- entre una y otra y en particular con ocasión de la crisis que desataría en Francia -a escala del país entero- la ley del matrimonio homosexual y toda una problemática con el relacionada, y con la reacción subsiguiente de un sector de la opinión publica que cristalizaría en manifestaciones callejeras multitudinarias y en la irrupción de todo un movimiento organizado, “la Primavera Francesa” –“le printemps français”- que contaría con la presencia visible de Marion en las calles mientras que Marine Le pen prefería abstenerse, lo que le valió fuertes críticas al interior de su partido y acusaciones de connivencia con un lobby homosexual al interior del Frente Nacional incluso.

La movida de “la primavera francesa” de hace dos años fue un fenómeno de análisis un tanto complejo y resbaladizo que escapó por supuesto a la mayor parte de los medios -y no digamos a los españoles- que lo presentaron mayormente como un ataque contra el matrimonio –la legalización del mismo que me diga- entre homosexuales (en ambos sexos) pero el caballo principal de batalla de aquel movimiento de protesta lo era el tema, que corría parejo con el otro de la filiación, que venía a mezclar churras con merinas, la adopción con la filiación sanguínea y a convertirse así en una especie coladero o de rifa o lotería de no saber de donde viene cada cuál por aquello que de noche todos los gatos son pardos como dice el refrán, y así el hijo adoptivo o por inseminación artificial de un emigrante o un ciudadano de la otra esquina del planeta pasaría en lo sucesivo por un francés de pura cepa lo que venía a incidir (gravemente) en la problemática de la inmigración siempre en ascuas en la sociedad francesa como todos ya saben.

Y que el reto mayor contenido en aquel proyecto de ley tan controvertido (que al final se aprobó) lo era ése precisamente, era lo que quiso denunciar –rubricándolo con su muerte- el escritor nacionalista Dominique Venner que se suicido por aquellos días pegándose un tiro en la sien con un revolver de su propiedad delante del altar mayor de la catedral de Notre Dame. El espantajo número uno para los manifestantes de “la primavera francesa lo era sin duda la ministro de justicia francesa, madame Taubira, de raza negra, y de un temperamento vivo y de una lengua más suelta (y larga) aún, que explicaba su proyecto entono de desafío –ante el abucheo de una pare del hemiciclo- en la asamblea nacional francesa-, lo que luego correría en la red (en una nota de humor cáustico “ a francesa”) con aires musicales de “¿qué podrá salvar el amor” (“qu’est-ce qui pourra sauver l’amour?”) la canción famosa del extinto Daniel Balavoine (homosexual notorio)

Y entre la exótica madame Taubira y la rubia/azul galo/normanda Marion Le Pen se alza de pronto mientras escribo estas líneas el recuerdo de Juan de Arco un mito que emerge de nuevo entre franceses, encarnado precisamente por la joven político nacionalista de prometedores resultados en su circunscripción en las elecciones del pasado domingo- , a la que los medios franceses dan más posibilidades a medio plazo de llegar a la presidencia francesa que a Marine Le Pen, actual presidente del partido.

¿Venganza femenina por etapas –o por entregas- de una hija en contra de un padre ingrato e irresponsable –un protegido del presidente Sarkozy- que no quiso reconocerla, en primer plano de la escena política francesa los tiempos que corren? ¡Vivir para ver fantasmas míos!

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