domingo, diciembre 21, 2014

"INTENTÓ BESARME...Y LA MATÉ"

El vil asesinato de Isabel Carrasco marcó un antes y un después -aquí todos ya se habrán dado cuenta- en la línea de este blog, o si se prefiere en los grados y niveles de sensibilidad y atención y en los juicios que le merecerían a su autor en lo sucesivo ciertas problemática y ciertos temas, el de la (pretendida) corrupción política entre ellos, convertido en el fiel (intocable) de la balanza de jueces y políticos y legisladores en la política española los días que corren. Una especie de super crimen contra la humanidad o de pecado contra el espíritu, el de la corrupción política –sobre todo si en ella se ve envuelta “la derecha”- que consigue hacer sombra y relegar al olvido los mayores crímenes y los delitos de sangre más alevosos (como el que nos ocupa) Lo que nos lleva ahora a algunos a mirar en dirección del partido víctima y blanco (flagrante) del acoso –de los medios y de los demás partidos de la democracia/española- en petición de apertura en su seno de diferentes corrientes o tendencias –como es la regla en los demás países europeos- donde podamos sentirnos algunos medianamente a nuestras anchas en la defensa de reivindicaciones que nos son particularmente caras como la unidad y la integridad de la Patria o la legitimidad histórica del 18 de julio y la lucha “pari passu” –por todos los medios legales- contra la ley de la memoria histórica. Faltos de haber podido encontrar un sitio (al sol) hasta ahora en otros partidos españoles existentes, por minoritarios o insignificantes que ellos sean
“Cataluña ¡La maté porque era mía!”, exclamó Ernesto Gómez Caballero en una de sus intervenciones patrióticas de la inmediata posguerra –que tanto le inmortalizarían-, y muchos años después se reiteraba n  lo dicho que a todas luces tenía mucho más de ironía propagandística que de “boutade” (en español desatino) Porque ni a Cataluña la mató nadie ni el bueno de GC –por más que Umbral la tomara con él en sus novelas guerracivilistas- mató una mosca nunca en su vida.

Y me viene ahora a la mente leyendo las declaraciones recientes ante el juez de la hija de la asesina (confesa) de Isabel Carrasco, la presidenta de la Diputación de Leon (del PP) asesinada (y rematada) a tiros por la espalda en la vía pública –en medio de un puente- el pasado mes de mayo. Un caso en el que me pronuncié sin ambages ni tapujos y que me valió a no dudar enemistades y rupturas. Y por mi vida que me reafirmo en lo que dije.

Una de las distinciones fundamentales de nuestra civilización que nos viene del derecho romano es la de crímenes y delitos, y otra que les es pareja entre delitos de sangre y los que no lo son, lo que se ve traducido en los sistemas penitenciarios de los países occidentales de nuestros días en los que se reservan galerías en las prisiones de derecho común –en Bélgica, por ejemplo- o una parte de ellas, a los que se denomina presos de sangre, separados del resto de los reclusos. Por razones sin duda del mayor peso que incumben a las instancias directivas de esos servicios y organismo y que por lo general escapan al dominio del vulgo.
José Millán-Astray (Terreros) era hijo de José Millán Astray director de la cárcel de Ventas cuando el caso del crimen de Fuencarral (1888), que se vio imputado en el proceso y víctima de linchamiento en los medios de entonces por las acusaciones ante el tribunal de la principal acusada –que acabaría sufriendo la pena del garrote (último caso en España)-, y aunque al final se vio absuelto el mal estaba ya hecho. Y en la trayectoria de su hijo cabe sin duda detectar un sentimiento de honra familiar irredento que le llevaría a buscar la redención –por la guerra-, la suya propia y la de los hijos de la Muerte que en la Muerte buscaban redención (…) ¿Nuevo caso Fuencarral el asesinato de Isabel Carrasco?
Una distinción de la mayor actualidad en las aguas convulsas y agitadas de la política española las horas que corren. Por culpa de casos que habrán producido notable conmoción en la opinión pública como el asesinato de la edil leonesa o el que se acaba de producir –que comenté en mi entrada de ayer- de tentativa de atentado (o como se le quiera calificar) contra la sede del PP en la madrileña calle Génova. Intentó besarme…y la maté.

Eso es lo que ha venido a declarar ahora ante el juez la hija (y cómplice) de la asesina. Y aunque así fuera, aunque la victima del crimen se le hubiera insinuado –cuatro años antes del asesinato- como ella ahora afirma- la circunstancia no viene ahora más que echar agua al molino –leña al fuego que me diga- de los manipuladores de la opinión por cuenta de la corrupción de la cosa (res) pública.

Cuarenta años ya de democracia y a tenor de lo que se lee y de lo que se oye en los mentideros de la villa y corte y en los medios que dan cobertura informativa a lo largo y a lo ancho de la península el conjunto de la sociedad y de la opinión pública, los españoles no están mejor formados o educados que lo estaban antes de la transición política, en materia de moral me refiero, que no se limita al sexto mandamiento –como en la educación clerical que recibimos muchas generaciones de españoles de niños- ni a la corrupción que me diga a la trilogía maldita –en el anti-decálogo democrático- de la malversación que me diga de la falsificación documental, del fraude fiscal y del tráfico de influencias.

“Parece un delito de sangre” comentaba cáustico -y cargado de razón- el abogado de Iñaqui Urdangarín, marido de la princesa Cristina en respuesta a los diez y ocho años de cárcel –por delitos estrictamente financieros- que piden para su defendido. Diez y ocho años cárcel (…) ¿Saben algunos lo que es eso, ni unos meses preso tan siquiera? Si les sirve de comparación útil o aproximativa cuando menos, el autor de estas líneas fue condenado hace ya mas de treinta años en Portugal a una pena de siete, acusado de un crimen (sic) –que no cometí, y otro delito menor (de desacato a la autoridad)- de homicidio frustrado en la persona del papa Juan Pablo II con el agravante de tratarse (sic) de la persona de un jefe de estado extranjero.
Gamonal (13 de enero del 2014) Un episodio más del último capítulo de la guerra de los ochenta años (del 36) y coletazo el más reciente e importante de la movida de los indignados (del 15-M) con la que dio inicio aquel. Botón de muestra de unos episodios de violencia urbana –e incendiaria- por cuenta de la corrupción pero dirigidos por regla general contra el partido en el gobierno, léase contra la derecha (o derechona) vencedora de la guerra civil. Y que habrán servido sin duda de detonante principal de otros sucesos de violencia individual o “doméstica” de un sesgo político innegable (anti-PP)
He vuelto a seguir hoy en la red las reacciones a la tentativa de atentado de ayer delante de la sede del PP y forzoso es el concluir la existencia –inquietante y alarmante- de una franja ruidosa y con capacidad de hacerse oír –y leer- en la opinión pública española cualquiera que sea su peso e importancia numérica que no tiene claro en modo alguno a todas luces esa distinción fundamental de nuestra civilización a la que más arriba aludo, lo que les lleva a tomarse descaradamente a broma –pese a su innegable gravedad y a pesar del carácter frustrado de la agresión y de que (de un tris) no hubiera victimas- la tentativa de atentado de ayer y a poner el grito en el cielo cambio y entrar en trance y no exagero ante las revelaciones en cascada que vienen monopolizando los titulares de la prensa global y la atención de muchos por cuenta de los casos más emblemáticos que vienen surcando la actualidad política España –la Gurtel, el caso Bárcenas, el caso Fabra, el caso Nóos, etcétera, etcétera (…) en los últimos años, especialmente desde el comienzo de la actual legislatura.

¿Una vulgar reproducción, más de un siglo después, el caso de vil (y alevoso) asesinato que nos ocupa del caso del crimen de Fuencarral que tanto polarizo a la sociedad española entre izquierdas y derechas –como lo ilustraría la personalidad de uno de los procesados, José Millán Astray, director en el momento de producirse el suceso de la cárcel de Ventas, padre del futuro fundador de la Legión que llevaría a todas luces en su vida una memoria familiar irredenta a cuestas- que en ese sentido se puede decir que sembró semillas y intentos de guerra que desembocarían en la guerra civil del 36? Se diría que vamos camino, a tenor de la cobertura tan destacada que siguen brindando los medios a las palabras y los gestos de las asesinas confesas de Isabel Carrasco.

Sucesos de violencia, como el caso del crimen de Fuencarral, como los que aquí evoco escapan al marco de las páginas de sucesos y vienen en cambio a poner al destape si necesidad había el acoso innegable –en la calle y en los medios (nacionales y extranjeros)- del que se ve el blanco partido hoy en el gobierno de la nación y mayoritario hasta prueba de lo contrario –y conforme a las últimas encuestas-, un caso sin precedente o parangón alguno en los demás países occidentales. O por lo menos con la violencia (in crescendo) de la que se ve revestido en España.

El autor (frustrado) del atentado contra la sede del PP era hijo del que fue alcalde –desde el 2003, hasta el 2007- de su pueblo de Bronchales (provincia de Teruel), quiere decirse durante gran parte de la primera legislatura de los gobiernos Zapatero y no es gratuito pues ni temerario el conjeturar que una frustración del tipo familiar –la del padre que acabó transmitiéndosela al hijo- haya jugado de fuerza motriz determinante o desencadenante del suceso, en la medida que vendrían a culpabilizar a la otra España –léase a la derecha o a la derechona- de todos su males individuales y colectivos, de sus fracasos profesionales o de tipo político para lo que les servía –sin duda de (mal) ejemplo y a la vez de caldo de cultivo- la gestión y el mensaje dominante durante los gobiernos del mandatario socialista más arriba nombrado, que hizo a creer a algunos –mayormente entre sus correligionarios, estrechamente ligados a la economía subsidiada- que todo el monte era orégano en lo sucesivo, y que sembró vientos de discordia –y de guerra civil (con su ley de la memoria histórica, buque insignia de sus mandatos)- que no tardarían en producir sus frutos.

Los dos sucesos arriba mencionados se verían precedidos va a hacer ahora un año –a principios de enero- de los graves sucesos de violencia callejera de Gamonal, en la capital burgalesa que confirman en visión retrospectiva- la realidad del acoso anti-PP al que aquí vengo haciendo alusión, en la medida que no hicieron mas que elevar la temperatura ambiente en la sociedad española –en unas escenas de violencia incendiaria inéditas en la España las últimas décadas por cuenta de un problema puramente urbanístico- y a preparar los espíritus de algunos –muchos pocos- a aceptar como lo más normal –o explicable (y por ende justificable)- sucesos execrables de violencia individual de un innegable signo anti-PP como los que en estas líneas evoco- que se sucederían justo después y también los que sin duda en el futuro a corto plazo se avecinan (…)

Entre paréntesis –y con eso ya termino- llama la atención en esa falta de cultura moral por llamarla así de un sector de la opinión pública española que por mi cuenta y riesgo aquí denuncio, la ley del embudo que lleva a algunos a penalizar y criminalizar la corrupción política y a penalizar y criminalizar pari passu la interrupción del embarazo –como un crimen (sic) contra la vida- y a despenalizar o trivializar en cambio y disculpar si no a justifica (y canonizar) los crímenes y los delitos de sangre por cuenta de la corrupción (contra seres ya nacidos), y a erigir a la vez en ley (de inseguridad) ciudadana, la ley de la selva, léase el condigo de honor (sic) –al que leo (estupefacto) elogiar y ensalzar (a costa de Carlos Fabra) en un artículo reciente de Enrique de Diego, anti-ab artista de realce (él como la publicación en la que es cribe) ente/el/altísimo, e hijo (a confesión propia) de la Benemérita- vigente al interior de las cárceles españolas. Perdónalos porque no saben lo que dicen, ni de lo que hablan (…)

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