sábado, enero 03, 2015

¿SUICIDIO DE ESPAÑA?

Un título que está levantando mucho revuelo tanto en Francia como en Bélgica. Su autor embiste sin contemplaciones contra la tradición de mayo del 68. Y se me antoja que tendrían que leerlo muchos votantes potenciales en España de Podemos, nietos de los enrabiados aquellos, y presos de las mismas fiebres y de los mismos mitos por increíble que parezca. ¿Suicidio de España?
Un problema de paisaje en gran medida, la amenaza de sustitución o suplantación –en francés remplacement- que comienza acosar a a sol y sombra no pocos occidentales. Llevé una vida dura en Bélgica que no le deseo a nadie, pero en lo hondo de mi infortunio los paisajes urbanos y rurales me confortaban a manudo, sin darme yo siquiera cuenta. Como me ocurrió en vísperas de navidad del 91 –ya tan lejana- tras una noche propiamente derrengante tirado a altas horas de la noche haciendo auto stop a la entrada de la autopista que llevaba de Kortrijk -Cortrique en español antiguo, en francés Courtrai- a Brujas, a donde acabé llegando a altas horas de la madrugada tras mucha zozobra y fatiga.

Cuando el cuerpo falla físicamente todo se ve negro, un axioma psicosomático mas cierto que los mas elementales postulados de la aritmética. Y al revés, cuando el cuerpo encuentra reconforto todo los vemos de colores. En particular en Brujas, los españoles. Como me ocurrió entonces en aquel dulce despertar tras haber alquilado –por unas horas- una habitación en un albergue de juventud, a los sones de una música de carrillón que asomaba su silueta por la ventana delante mía. Y esos aldabonazos de la memoria común se diría que van sonando cada vez más raramente con menos frecuencia, a medida que pasa el tiempo y se van sucediendo la fiestas navideñas –y de fin de año- unas detrás de otras por estas tierras.

Y a medida que van cambiando insensiblemente el paisaje sin que (casi) nos demos cuenta. El tres de enero es efemérides particular en Bélgica, y en particular en Bruselas, por tener ya la navidades a la espalda –en un país que no conoce al revés de España las fiesta de los reyes magos- y por verse pues marcado por la llegada de los saldos de inverno (o rebajas), que este año se habrá visto caracterizado a ojos del observador avizor por una afluencia casi en aluvión de población inmigrante (musulmana en su mayoría) “Bélgica sin los belgas”, me placía de repetir a menudo (en broma) los años que llevo aquí resido.
Metro madrileño. Atropellamiento mortal de un policía nacional en Embajadores provocado por un emigrante musulmán (de raza negra) Ciertas estaciones de metro madrileña van perdiendo poco a poco su paisaje habitual como viene ocurriendo paulatinamente aquí en Bélgica (y en Francia y en otros países de Europa)
Y ahora empiezo a añorarlos esos belgas que están empezando –en ciertas ocasiones señaladas como la de hoy- a brillar (¡ay dolor!) por su ausencia en el paisaje cotidiano de su capital que no deja de ser también la capital de Europa. Se veían pocos belgas (de cuna) hoy en grandes almacenes y supermercados de la capital de la UE mientras los recorría el observador avizor buscando tomarles la temperatura. En Madrid no habré notado la misma impresión en mi reciente visita. Y por eso sin duda, la noticia brutal me conmueve en lo más hondo del incidente en el metro madrileño donde habrá perdido la vida un agente de policía a manos de un inmigrante (de raza negra y de confesión musulmana)

“Suicidio francés” ese es el título de una obra que estaba montando mucho revuelo en Bélgica por el anuncio de la venida a Bruselas los próximos días de su autor, contra la que se habrán insurgido ciertos colectivos musulmanes. ¿Suicidio español? Ahí todavía no llegamos, pero en estas fiestas de navidad se habrá hecho oír más que nunca los lamentos de que España va a su pérdida, por olvido de sus valores, los que hicieron de nosotros lo que somos y lo que fuimos a lo largo de la historia.

¿Podemos olvidar? Sin duda. Mucho más fácil y menos costoso desde luego que los esfuerzos de memoria. Y mucho más fácil desde luego si los que nos incitan a ello, esconden sinuosamente la memoria que les posee (y les devora) y que llevan a rastras y a cuestas sin que los demás nos demos cuenta

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