martes, abril 07, 2015

¿FRANCO DICTADOR? ACADEMIA DE HISTORIA Y LEY DE LA MEMORIA

“En un Burgos salmantino de tedio plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte” Así da comienzo Francisco Umbral a la Leyenda del César Visionario en una frase (lograda) que sin duda la inmortalizaría. ¿"Dictador de mesa camilla" Francisco Franco ante la historia (y la literatura)? Como sea, ni fue un verdugo ni un tirano ni un asesino. Y que esa fórmula tan umbraliana –y esperpéntica- venía a servir en el fondo de exorcismo ultra eficaz contra esa leyenda de infamia (negra), era algo que no se le escapaba a la izquierda sectaria (y guerracivilista) española o extranjera –o de lo que acabaría percatándose a la larga-, lo que da cuenta sobrada del boicot tenaz del que Umbral se sigue viendo objeto en las universidades, sobre todo por cima de los Pirineos, por ejemplo en Bélgica. La actual presidenta de la Academia de Historia, umbraliana de pro, tiene sin duda todo el derecho del mundo a servirse de esa fórmula de su maestro de hábil coartada, ante la presión guerra civilista. No la tiene en cambio la institución que ella dirige a seguir guardando ese silencio cómplice y escandaloso que es el suyo sobre la ley (funesta) de la Memoria
Primeros de abril. Tiempo de memoria histórica, o lo que es lo mismo, de reencender la guerra civil como aquí lo vengo denunciando. En España como en Bélgica. Y el golpe del despertar o el ruido del despertador -en algunos me refiero que otros llevamos hace mucho tiempo despiertos- lo viene armar ahora una institución fuera de toda sospecha, la Real Academia de Historia.

Aquí ya embestí y partí más de una lanza en defensa del idioma (español) frente a lo que me parecía y siguen pareciéndome graves omisiones y dimisiones no menos escandalosas de la Real Academia de la Lengua frente al estado (endémico) de postración que sufre el español (hablado y escrito) de España –léase el castellano de la Península- a expensas del castellano transatlántico (americano) en los ámbitos universitario, científico, académico y en el mercado editorial en lengua española dentro y fuera de la península, un fenómeno innegable de raíces históricas y en el que influirían innegablemente factores de índole política e ideológica, que se verían agravados y acentuados tras la terminación de la Segunda Guerra Mundial en el 45 en un proceso o línea de evolución persistente e inalterable desde entonces que experimentaría un tremendo acelerón con el llamado boom latino americano de la década de los sesenta, que puso –hasta hoy- a autores y editores españoles (frente a los latino chés) contra las cuerdas, como lo denunciaría repetidamente Francisco Umbral fuera de toda sospecha.

Y digo fuera de toda sospecha y digo bien, porque una de sus panegiristas (ilustres) lo fue la actual presidenta de esa Real Academia de Historia por la que viene el escándalo ahora (o al menos la controversia) He estado d buscando y revolviendo en mis papeles ya antiguos hasta dar con un texto que escribí a modo de descargo o de justificación del trabajo de tesis de doctorado sobe Umbral que estuve preparando en la Universidad Libre de Bruselas (ULB) – ya petición del decano de su facultad de Filosofía y Letras- cuando la suerte de mi trabajo se veía ya seriamente comprometida por la negativa resuelta del promotor del mismo –el titular (belga) de Lengua y Literatura Española de dicha universidad- a seguir caucionándolo o patrocinándolo.
Calvo Sotelo, diputado electo, líder de la oposición parlamentaria en las Cortes de la República, no tuvo derecho ni al “enterado” ni a una sentencia tan siquiera –aparte de la que algunos (amenazándole de muerte) pudieron proferir contra él en público justo antes de su muerte. Sólo al tiro en la nuca, a manos de uniformados al servicio de la república. Franco, en la merienda o donde fuera, firmaba por lo menos
Y era por la cita que en él recogí de la actual presidente de Academia de Historia, de una intervención que había tenido justo antes de yo redactar aquel texto en un coloquio en homenaje a Umbral celebrado en el marco de los cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo (Santander, julio del 2008) “Unos estudios posibles, se me ocurre como historiadora cuando escribo estas líneas quizás en tesis doctorales u otros estudios históricos tendrían que ser alrededor de temas como por ejemplo ‘Umbral y su visión de la historia de España’ o ‘Umbral y la historia de una contemporaneidad’” (del texto de su intervención publicado en su integridad en el suplemento de verano del Mundo, del 8 de julio del 2008, p. 49)

Y se me ocurre ahora de pronto que la corrección que se habrá permitido ahora la augusta institución que ella dirige de la definición que se daba en el diccionario publicado bajo sus auspicios de la figura de Franco lleva una huella o marca umbraliana indiscutible. Como a modo de coartada, y me explico. De todas o casi todas las escenas o episodios que deja Umbral plasmados en sus novelas sobre la guerra civil, no cabe duda que se destaca con mucho la que da inicio a la Leyenda del César Visionario en la que se ve al anterior jefe de estado firmando penas de muerte al calor del brasero de la mesa camilla, y a la hora de la merienda.

El cuento de nunca acabar entre historiadores y aficionados más o menos neófitos o profanos a la historia de la guerra civil española, de si Franco firmaba o no firmaba las sentencias a la pena capital. Umbral en su estilo tremendista llega afirmar que los mataba (sic) mientras merendaba (chocolate con soconuscos) Es obvio que firmar una sentencia a la pena capital no es matar por muy literario (o tremendista) que resulte, y por mucho que se empeñen algunos guerracivilistas recalcitrantes –como se empeñaba en convencerme un profesor, español, de literatura española de cuyo nombre prefiero no acordarme en unos cursos de traducción literaria que seguí hace años en Bruselas- y sin duda consciente de la enormidad de lo que dejaba escapar, el propio Umbral hace decir al caudillo unos párrafos más lejos – o lo dice él mismo más bien a título de “intervención de autor”- aquello de que allí no había crueldad ni injusticia sino simplemente (sic) burocracia y orden.

Es históricamente cierto como sea que a partir de un momento dado –Abril del 37- se encargaría él mismo –con el objetivo de evitar arbitrariedades y abusos cometidos en los primeros meses de guerra- de dar el “enterado” a las sentencias a la pena capital de los consejos de guerra –a las que ponía una E (mayúscula) con letra roja (reza la leyenda)- y a la vez, de decidir de las conmutaciones de las penas de muerte –a las que ponía una C con letra azul (siempre según la leyenda)-, lo que hasta entonces había correspondido a las gobernadores militares de las plazas respectivas. O a añadir a las de la letra C la coletilla de "Garrote y prensa" como lo pone de realce, Umbral siempre tremedista. Lo que dicho sea en honor de la verdad (historica) se veía  por lo general reservado a crímenes considerados particularmente odiosos, como las violaciones o los asesinatos de eclesiásticos.

Que lo de la merienda (y el chocolate con soconusco) sea verídico o no, es algo de lo que se admiten apuestas, como la de la veracidad de la fuente que verosímilmente sirvió a Francisco Umbral de motivo de inspiración, a saber las confesiones del muy locuaz (y no menos fantasioso) Pedro Sáinz Rodríguez –Don Pedro, como se refería invariablemente a él Eugenio Vegas en sus tertulias, delante del autor de estas líneas, siempre en tono afectado de respeto, jocoso y divertido y alborozado y rebosante de ironía en el fondo y sin tomárselo nunca muy en serio a del todo- que así lo cuenta aquél en sus memorias.

Y dé aquél también –el humor y la ironía en menos-, lo debió tomar prestado el historiador británico Paul Preston, exponente sin igual de esa pasión/española (guerra civilista) de la izquierda internacional que ya tengo convenientemente denunciada y radiografiada en estas entradas. Comparaciones odiosas, reza el refrán, no dejan de ser inevitables a veces no obstante. Con las muertes de la otra zona me refiero, incluso con las más emblemáticas tal vez de todas ellas, y pienso –no a titulo exhaustivo- en figuras como Calvo Sotelo o José Antonio Primo de Rivera.

Al primero, el “enterado” se lo dieron sus captores directamente en la nuca, vestidos de uniforme (de la República) y al segundo es cierto que le dio el “enterado” un consejo de ministros de zona roja presidido por Largo Caballero y del que formaba parte Indalecio Prieto, después de que ese mismo gobierno rechazara un pedido de conmutación de la pena por mayoría de votos en contra entre ellas –además de los de los cuatro ministro anarquistas-, la de Indalecio Prieto en el que algunos “azules” siguen viendo un patriota -o incluso un falangista sin saberlo (o a pesar suyo) que las estupideces sin cuento al respecto habrán sido para todos los gustos (durante hace décadas)

Lo que Franco no firmaba desde luego ni aprobaba era el tomarse la justicia por su mano, ni en la ejecución per se, ni en las modalidades de la misma: en ensañarse con vivos y muertos como a todas luces le sucedió, a manos de sus verdugos -y secuestradores- anarquistas, al fundador de la Falange. Un “azul” fuera de toda sospecha relata en una comentario reciente publicado en la red cómo los habitantes de su barrio barcelonés en la posguerra inmediata –obreros y antiguos miembros de la CNT todos ellos (según él mismo asegura) leían complacidos los textos “revolucionarios” de Ramiro Ledesma –muerto también sin que se diese “enterado” aluno- que les distribuían sus propios hijos alistados (qué remedio!) en el Frente de Juventudes, “un refugio de hijos de rojos en la posguerra”, a creer a Umbral que así lo retrata en una de sus novelas guerra civilistas, “Madrid 1940”

Y la pregunta viene a la mente irresistible si aquella actitud complaciente –caso de ser sincera- de los padres (cenetistas) con los hijos (falangistas) no tradujera un complejo de culpa colectivo de las muertes –asesinatos que me diga, atroces y salvajes- que los suyos perpetraron, la de José Antonio y con él la de otros muchos. José Antonio tuvo derecho al “enterado”, se me dirá y es cierto, a lo que no tuvo derecho en cambio fue a una autopsia por somera o protocolaria que fuera, como sí la tuvo Moisés Tshombe en las cárceles de Argelia cuando una docena de forenses al servicio del nuevo régimen de entonces, certificaron solemnemente rubricándolo con su firma –como lo contaba León Degrelle en sus memorias- que el líder congoleño había muerto debido a que el corazón había dejado de funcionarle. Como lo oyen.

José Antonio no tuvo derecho ni a eso tan siquiera. Por no tener, no tuvo derecho ni a un certificado de defunción que solo sería expedido por el régimen triunfante en la inmediata posguerra. ¿Fue Franco un dictador? ¿Y eso que significa? Deberían haberlo aclarado o explicado o ilustrado (un poco) en la definición del diccionario de la Academia so pena de verse sujetos a la fuerza vinculante de las definiciones dogmáticas, sectarias y lapidaria por igual del profesor Pablo iglesias, por cuenta de lo ideológico y políticamente correcto.

Mientras no lo hagan, algunos seguiremos sintiéndonos en el derecho de considerar a la Real Academia de Historia cómplice de la escalada guerra civilista que vienen llevando adelante algunos fanáticos en los planos cultural, académico, universitario y periodístico. Por su silencio cómplice sobre todo en relación con la ley (funesta) de la Memoria. Quien calla otorga

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola, Soy Julio Sanz

No soy experto en "franquismo", pero he oído decir a gente veterana que Franco nunca firmó penes de muerte. Se limitaría a darse por enterado, pues era el Juez quien condenaba, como en cualquier Estado de Derecho.
Los amigos de las leyendas negras inventaron aquello de
"Garrote y Prensa"
..Yo supongo que esa campaña de resucitar los odios guerracivilistas se volverá como un boomerang contra sus instigadores.
Saludos