domingo, abril 12, 2015

ANCIANOS O LOCAZAS EL DILEMA DEL FRENTE NACIONAL

Aquellos desfiles (triunfales) de la Victoria que jalonaron puntualmente la infancia y la adolescencia de muchos españoles (entre los que me encuentro) discurrirían a menudo a los acordes de las más célebres marchas militares francesas (y austriacas) como la Marcha Lorena que escucho ahora -los ojos empañados de lágrimas- mientras escribo estas líneas como si fuera francés sin serlo en esta hora de crisis para ellos. Que nobleza obliga hasta en el resentimiento: de la imagen falsa y caricaturesca que arrastran de nosotros muchos por cima de los Pirineos
La parábola del rey desnudo, que siempre oí evocar en francés sin saber que su origen era español (del infante Don Juan Manuel y de su obra el Conde Lucanor): lo que viene de golpe a la mente con la crisis del Frente Nacional pero no en relación con el fundador (y patriarca) como cabría a primera vista suponer sino con el delfín –o el alfil de la reina (Marine)- que se cree ya rey y actúa y pontifica y descalifica como si lo fuera ya, y me estoy refiriendo al número dos del partido en la actualidad, al que el fundador ha señalado con el dedo –y con su nombre y apellidos- acusándole de responsable principal de la crisis por la que el partido atraviesa en lo que ve (cargado de razones) un complot dirigido desde fuera.

Florian Philippot, actual número dos del Frente Nacional, es -secreto a voces- militante gay, y sin duda que esté en su derecho (en el mundo de hoy) El patriarca sin embargo, en un tiro escrupulosamente calculado de entrada, cabe imaginar, habrá decidido dejar de lado ese flanco por otro que le parece más vulnerable en su rival, el de alguien con un pasado político que no era ya en modo alguno (políticamente) virgen al ingresar en el Frente Nacional.

Sus razones tendrá, entre otras la espada de Damocles de la acusación de homofobia que se pondría de golpe a gravitar o a rondar por encima de su cabeza y que ya dio cuenta de políticos del mayor releve en un pasado no tan remoto, como el de un candidato italiano a la presidencia de la comisión europea –amigo íntimo del papa juan pablo II (para acabarlo de arreglar)- que tuvo que desistir por ese motivo, víctima de una campaña en los medios en la que no era difícil reconocer el peso y la influencia del lobby homosexual (y en la que el carisma/irresistible del papa/magno le ayudó poco la verdad)

No importa, no somos franceses, no vemos ni analizamos (exactamente) igual las cosas por muy afrancesados que (sinceramente) nos sintamos como aquí y saben y como me lo confirman los acordes de la Marcha Lorena y otras marchas militares francesas que a mi difunto padre –militar español tanto le gustaban- y que escucho (los ojos empañados de lágrimas) escribiendo estas líneas, viejos aires de familia por muy franceses que sean de aquellos desfiles (inolvidables) del Primero de Abril que jalonaron puntualmente nuestra infancia y adolescencia.
El teniente Jean Marie le Pen recibiendo la Medalla al Valor Individual de manos del General Massus, durante la batalla de Argel (1957) A los que ahora desde posiciones “patriotas”-entre españoles- hablan de un abuelo que chochea y que ha perdido la cabeza, habría que decirles que cierren el pico y se laven la boca. Y además se delatan ellos mismos. Jean Marie le Pen no es un político como otros. En España, de su generación, no tuvo equivalente desde luego. ¿Por qué habría que darles más crédito a nonagenarios (extranjeros) a los que los indignados españoles prestaron oídos como si fueran el Mesías, que a él? Como sea, entre octogenarios que dieron pruebas sobradas de lo que valen, y los que salieron del armario en estampida dispuestos a lo que fuera, las dudas no se admiten
Al pan y al vino, y expresándome así soy consciente de poner el dedo en la llaga de una falla de civilización –o cultural- de ese lado y del otro de los Pirineos, de esa estilo directo (typical spanish) nuestro que los franceses no comprenden y sin duda que no pueden comprender por razón de fuerza mayor de idiosincrasia cultural (invencible) que hace que lo que a nosotros ns parece castrense y viril a ellos les parezca -a veces- (grosera o ridículamente) fuera de lugar (…) ¡Que le vamos a hacer!

Con lo que vengo a decir que poner en solfa el lobby homosexual nos parece a algunos obligado, de cajón en esta crisis en la que se debate un partido que habrá conseguido arrastrar tras de sí un río de esperanzas entre franceses y también en menor medida –y aunque muchos no se atrevan a confesarlo ni a ellos mismos- entre españoles. La sombra del peso del lobby homosexual se hizo palpable con ocasión de la llamada primavera francesa en el 2013 en relación con la llamada ley del matrimonio homosexual.

Un movimiento de masas de protesta callejera (pero dentro de un orden) innegablemente espontaneo, y emancipado en gran medida de la tutela eclesiástica al contrario de lo que habrá sido la regla (hasta) hoy entre los anti-abortistas españoles, del que el Frente Nacional bajo el liderazgo de su actual presienta –secundada por su número dos- se mantenía escrupulosamente al margen, y a rubricar ese carácter emancipado y laico a la vez –sin laicismo (o laicité)- vendría en lo más álgido de las manifestaciones aquellas el gesto (de suicidio) del escritor Dominique Venner que Marine Le Pen honró públicamente nada más conocerse la noticia, quien se pegó un tiro en la sien delante del altar mayor de Notre Dame en París en un gesto (humanamente) desesperado en defensa de la civilización amenazada como él la veía –y lo denunciaba en el testamento que dejo sobre el altar- por la invasión silenciosa (de la inmigración rampante) que le parecía escurrirse por detrás de aquella ley en lo relativo sobre todo a la adopción y a la filiación que venía a suplantar –a “reemplazar”- la filiación sanguínea (el “jus sanguinis” de los romanos)

Y Marine le Pen, si consuma el asesinato ritual del padre que prece decidida a cometer aupada y azuzada por los medios –y empujada por el lobby homosexual a todas luces- estará escupiendo sobre la tumba del escritor auto inmolado al que rindió homenaje. ¿El muerto al hoyo y el vivo al boyo? Lo que algunos están pregonando ahora destapándose a la vez –entre líneas o escondiéndose entre los comentarios de sus foreros- vendiendo además la piel de oso antes de tenerla en mano.

Jean Marie Le Pen tiene ochenta y siete años, es cierto, y a los que se frotan las manos viéndole ya en el asilo de ancianos se les puede replicar fácilmente que otros gurús, nonagenarios ellos, gozaron de un protagonismo fuera de lo común estos últimos años de este como del otro lado de los Pirineos, hasta el punto que toda una generación de (jóvenes) indignados españoles les creyeron a pie juntillas y les siguieron (a ciegas) al borde ya de la tumba (y de echo se diría que fue su ultimo suspiro), y pienso en el francés Hesselt autor del manifiesto “Indignaos”, el español Sampedro que lo prologó en su traducción española y en el oriundo Jorge Semprún amigo del francés, que murió a las pocas semanas de producirse el 15-M, camino él también de los noventa años, y que hasta el final de su vida estuvo dando la vara en los medios de este y del otro de los Pirineos (y a fe mía que sé de lo que hablo y no miento)

¿La hora de los enanos? En ciertos medios españoles que le hicieron no poco la rosca de antiguo al Frente Nacional se eleva ahora un murmullo, qué digo ,un rugido de comentarios despreciativos y socarrones en befa y escarnio del fundador de aquél movidos no pocos de ellos por oscuros sentimientos de envidia o de resentimiento o de inferioridad de no haberle estado nunca -por muy francés que aquel fuese y tal vez por eso también- a la altura del zapato, y fue por que si él supo recoger el guante de los desafíos que se le habrán presentado a la sociedad francesa y a su destino como nación en las últimas décadas –como el fenómeno de la invasión silenciosa que en España no habrá alcanzado (hasta ahora) la agudeza y la gravedad que cobra en Francia los días que corren, entre nosotros nadie hasta ahora –nadie, digo bien- supo recoger el guante del desafío de esa guerra civil (del 36) interminable que dura ya más de ochenta años y que no tiene visos de ir a acabar nunca.

Me expatrie geográficamente y también lingüísticamente como aquí todos ya lo saben y no reniego de esa deuda de gratitud que les debo a los franceses con os que me crucé en mi singladura de expatriación, de los cuales la mayor parte -por no decir todo ellos- se encontrarían en la órbita de Jean Marie Le Pen y del movimiento que él fundo (o muy cerca de ella)

Gratitud, lo único que les debo que cuando crucé los Pirineos de resultas de aquel enroque que experimenté en mis años de la Universitaria madrileña buscando una luz, a la escucha de una voz, solo las oi en lengua francesa, y porque encontré entre ellos una comprensión y un respeto –y veneración incluso- a una memoria histórica (española) que era la mía propia que en España tenían entregada desde hacía un rato a los puercos, esa es la pura verdad. No sé a fe mía lo que dará de si esta crisis desatada en el seno del Frente Nacional francés, quien saldrá triunfador, quien ganara o si perderán todos al final.

Pero entre ancianos (respetables) y locazas metidas, que me diga salidas del armario desatadas y prestos a todo, hasta a meterse (por encargo) en política, mi apuesta va ojos cerrados por los primeros, por muy decrépitos y desahuciados que algunos les vean. Que nobleza obliga, hasta en el resentimiento. De esa imagen falsa (y ultrajante) que algunos arrastran de nosotros por cima de los Pirineos

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