domingo, agosto 30, 2015

EL CAÑÓN DE RONDA


El Cañón de Ronda, donde fueron despeñados desde una casa situada al borde del precipicio quinientos presos políticos –afectos al bando nacional- en los primero meses de la guerra civil. El despeñamiento en masa fue –sin discusión alguna- panacea exclusiva de la zona roja, e ilustraría con creces del salvajismo y del ensañamiento de las muertes y asesinatos políticos –como el que de José Antonio Primo de Rivera- perpetrados por el bando de los vencidos, que lejos de constituir circunstancias atenuantes de aquellos como lo defiende (empecinadamente) la historiografía políticamente correcta, los agravaría y los haría particularmente odiosos y abominables. ¿Disculpables por incultos y atrasados –como reza la vulgata piadosa (de izquierdas) sobre la guerra civil- o doblemente culpables precisamente por eso, por lo que tenía de síntoma –de maldad y de iniquidad- la incultura y la incuria y el atraso (y la barbarie) que perpetuarían en la memoria? Aquí ya saben todos mi respuesta
Veranos cruentos de guerra. De la guerra de memorias de la guerra civil (del 36), desde la promulgación de la ley funesta hace ya cerca de diez años, en los que la ausencia de noticias propia del periodo estival se habrá visto (anchamente) compensada en los medios por episodios a cual más cruento y truculento de la memoria histórica “recuperada” de los vencidos. Hasta ahora mayormente, este blog siguió en esos temas una tónica defensiva limitándose a replicar los culebrones que destapaban los medios por impulsión mayormente de los mentores y activistas de la memoria de los vencidos. En esta entrada en cambio me voy a permitir el pasar al ataque (si se puede hablar así) sacando a relucir un episodio que y desconocía y que habrá salido a relucir en la discusión suscitada por un artículo reciente sobre la presencia de los restos de Franco en el Valle de los Caídos, en el marco de la nueva iniciativa parlamentaria del PSOE en la materia.

Y me estoy refiriendo al trágico -y tétrico- episodio de la guerra civil que tuvo como teatro el cañón de Ronda, donde fueron despeñados del orden de quinientos prisioneros políticos (quinientos) –afectos al bando nacional- durante la dominación roja de la provincia de Málaga. La vulgata reinante sobre la guerra civil reza que la violencia de los buenos –léase de los rojos- fue menos mala, léase menos condenable que la de los malos, léase los fachas, porque concurrían en la suya atenuantes -de incultura de espontaneidad, (sic)- que no existían en el bando de los otros donde la violencia respondió (sic) a un plan premeditado de imponer el terror a los adversarios.

El hombre es bueno por natura, léase que nace libre (sic) y por doquier se encuentra encadenando, así reza en su primeras líneas el Contrato Social, obra célebre de ese hombre nefasto que fue Juan Jacobo (Jean Jacques) Rousseau (José Antonio Primo de Rivera dixit) Y a fe mía que la versión histórica de la memoria reconstruida de los vencidos de la guerra civil ofrece todos los rasgos de una figura que en filosofía lleva el nombre de petición de principio y que los franceses rebautizarían de “círculo cartesiano” –en el que sus detractores pensaban que incurría la obra celebre de Descartes “El discurso del método”, en su tentativa de probar racionalmente la existencia de Dios-, donde la conclusión se ve (un tanto escandalosamente) incluida en las premisas.

Los rojos, léase el pueblo (así reza la vulgata guerra civilista) eran buenos por naturaleza –como el Emilio de Rousseau o el Hombre con mayúsculas de la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa- e incapaces por consiguiente de todas esas atrocidades que los fachas (a toro pasado) les endosarían por cuenta de una guerra civil (fratricida) que fue en la óptica históricamente correcta –léase la de los vencidos del 36 y en gran medida también la de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial (en el 45)- una guerra del pueblo contra el Ejercito, y si cometieron atrocidades (per accidens) lo fueron en mucho menor escala y gravedad –y perversidad- que las que cometieron los otros, por donde se viene a ilustrar esa mitología del pueblo (sic) -del pueblo español- que se fabricó durante dos siglos la izquierda española en un caso un tanto atípico comparado a la idiosincrasia cultural de otras grandes naciones occidentales donde esa noción de pueblo no se revestiría nunca del carácter sectario, beligerante, guerra civilista que le imprimiría (indeleblemente) el liberalismo español decimonónico o no se vería al menos llevada a esos extremos, como lo denunciaría de forma clarividente y tanto más elocuente si se tienen en cuenta las circunstancias trágicas que acompañaron su redacción, José Antonio Primo de Rivera en su texto tardío –recogido en los "papeles póstumos"- “España germanos contra bereberes”

La maldad pues en su esencia solo podía ser “de derechas”, exterior, ajena al pueblo (soberano) y no podía verse mejor encarnada por lo tanto que en la institución castrense -y otras instituciones u organismos cómplices (sic) como la monarquía, la aristocracia y la iglesia (del orden)-, un organismo, el ejército español pues, enemigo (secular) del pueblo y encargado de la tarea histórica de reprimirle (sic), tal y como así se vería cumplido de nuevo durante la guerra civil.

La memoria no obstante de los vencedores –perdedores a la larga como aquí ya lo tenemos explicado- en el terreno de los hechos de la investigación y comprobación empírica desmiente no obstante a cada paso ese postulado populista –por empelar una expresión (no poco ambigua) cara a Pio Moa- como ocurre en el episodio que aquí estamos evocando y que pone a la luz la particular saña y crueldad de los asesinatos individuales o colectivos en zona roja, por ese método o procedimiento de ejecución –el despeñamiento- que fue panacea exclusiva (o casi) de los rojos. Despeñamientos –en una cifra comúnmente admitida de quinientos- en el cañón de Ronda, despeñamientos –¿cuántos? ¿centenas?- en el Cabo Mayor de Santander, y despeñamientos –por centenas- en la mina de Camuñas, en la Mancha toledana.

Aquí ya evocamos en una anterior entrada sobre el tema griego esa particularidad tan salvaje de ejecución que emparentaría a la izquierda española en la guerra civil con la izquierda griega de la Resistencia anti-alemana, contraria a godas las convenciones internacionales y a todas las leyes de la guerra en un salvajismo que se diría que viene a revalidar hoy el fanatismo islamista, pero que la supera si bien se mira.

El hombre es bueno por naturaleza, postulaba la ideología de las Luces como vendría a predicarlo urbi et orbe la Revolución francesa. Los hombres son malos, perverso, pozos sin fondo de maldad y fuente de iniquidad (inagotable) y sólo la Ley el Orden y la Civilización con mayúsculas les redimen, les replicaría la reacción contra-revolucionaria, con la lección bien aprendida de las hogueras que encendió la revolución francesa y de las guillotinas y los cadalsos que levantaría, y de las ejecuciones en masa –como en la Vandea (Vendée), un verdadero genocidio de un millón de victimas- que los revolucionarios perpetrarían.

Un debate milenario el que aquí (un poco) esbozar pretendo que vendría a resucitar los tiempos modernos y que se remontaba al conflicto primordial e irreductible entre el cristianismo (sic) y la civilización antigua por parafrasear el titulo de una obrita –densa y documentada ene extremo- que me leí de un tirón mis primeros tiempos de estancia en Bélgica del profesor Louis Rougier, uno de los ideólogos de la Nueva Derecha (Nouvelle Droite) El pecado original, acorde a los padres de la iglesia –y entre ellos en particular Agustín de Hipona- postulaba una gracia (sobrenatural) regeneradora de raíz judeocristiana que venía en el fondo a camuflar y a desvirtuar (y disolver) la auténtica y necesaria regeneración que solo la Civilización (con mayúsculas) lleva escondida en su seno.

Y ese fue sin duda el fondo o el poso de verdad del regeneracionismo español que fue a no dudar uno de los ingredientes ideológicos primordiales del bando vencedor de la guerra civil: la regeneración del cuerpo social por la vía quirúrgica de la extirpación de los miembros corrompidos –léase asociales y criminógenos- o en estado de gangrena. “Parecerá inclemente la mano que nos cura sin opio ni poción edulcorada, en nuestra amanecer de hiero y azucena vibraban miles de alas como hilos de alambre, era una muchedumbre ávida. Sed y hambre”

Así rezaba –y lo he citado de memoria- el final del poema (un tanto autobiográfico) "Falange 1936" del escritor y poeta mallorquín Lorenzo (Lorenç) Villalonga recogido a título póstumo en su “Dietario intimo” que publico -acompañándolo de comentario críticos precavidos y circunspectos y cautelosos- el diario el País hace ya una quincena de años y que me leí -sorprendido y emocionado- viviendo ya aquí en Bélgica. Y a fe mía que ilustra de forma poética e inmejorable lo que aquí decir estoy queriendo. La violencia del golpe quirúrgico (sic) del cirujano de hierro del regeneracionismo español frente a la erupción cataclísmica de un violencia criminal, subterránea, de bajos fondos que se apoderó en los inicios de la guerra civil de la zona roja, como lo ilustrarían los episodios particularmente atroces e inhumanos que evoqué más arriba.

Y como se ve plasmada en la novela –rebosante de genio literario- de Agustín de Foxá “Madrid de Corte a Checa que Umbral –sólo contra todos- sacó del olvido y del ostracismo pocos años antes de su muerte, como lo recordaba un comentario (agradecido) en una discusión digital con motivo de la resurgencia de su figura en la esfera de la publicación editorial de un tiempo a esta parte. Una lectura –esa novela de Austin de Foxá sobre la guerra civil- propiamente estival, de verano caliente, my apropiada y oportuna y nada intempestiva que aquí brindo a mis lectores, que nadie se extrañe pues. Y que os sea leve

No hay comentarios: