lunes, agosto 10, 2015

LA SUIZA Y YO

El coronel Fonjallaz -nacido en las inmediaciones de Lausanne- fue la figura más destacada de las corrientes fascistas o fascistizadas en Suiza francófona que fueron objeto de severa vigilancia por parte de las policías de los distintos cantones suizos en una tradición bien anclada en su sistema político que venía de antiguo  y que llevaría al escándalo de las fichas (en 1990) del que se vio blanco el Oficio Federal de Extranjeros –el organismo que dicto prohibición de entrada en territorio suizo en contra mía, en 1986- sometido después a profundo reajuste y reorganización. Curiosamente, esa obra, la única biografía completa del coronel Fonjallaz, fue publicada por Pierre-Marcel Favre, editor de mi libro “le Fou de Dieu” y posteriormente –después de conocerle yo- fundador y director del Salón del Libro de Ginebra. ¿Rivalidad política entre cantones subyacente a la persecución de la que me vi objeto en Suiza entonces?
De la lectura de mis entradas de estos últimos días los lectores de este blog aún los menos observadores se habrán percatado que su autor arrastra un problema “de cuidado” -como los portugueses le dicen-, de orden intimo y no sólo, con la Suiza (que no propiamente con los suizos, ni con las suizas) Y a fe mía que no yerran. La Suiza no me es indiferente en modo alguno, aquí algunos ya se dieron cuenta. No lo era ya ni mucho menos antes de mi gesto de Fátima por los cuatro años que pasé en el cantón del Valais, en el marco de la Fraternidad San Pio X de Monseñor Lefebvre, concretamente en el seminario de Ecône, a donde esta vez en cambio preferí no volver (ni de visita tan siquiera) por juzgar aquella época de mi vida un pasado muerto (y enterrado)

Y la Suiza no me seria indiferente tampoco –mucho menos aún- tras la prohibición de entrada que dicto en contra mía el oficio suizo de extranjeros en febrero del 86, encontrándome en Lausanne a donde llegué procedente de los Países Bajos y tras mi salida en noviembre –y un tránsito fugaz por España- de la cárcel poruguesa, y fue exactamente tras la publicación en el transcurso del mes de enero del 86 de una entrevista que me hicieron dos periodistas suizos por cuenta del diario “24 horas”, de Lausanne publicada con realce no poco sensacionalista en el diario mencionado, con una foto mía en la que se m veía vestido con el habito con el que comparecí delante del tribunal portugués años antes- con el telón de fondo (un tanto provocador, lo reconozco) del Muro de los Reformadores, situado en un parque público del centro de Ginebra. Uno de los periodistas que me entrevistó entonces del que aún recuerdo el nombre –del otro en cambio, no-, Alain Maillard, es hoy comentarista celebre de la radio difusión suiza francófona.

Aquella entrevista en la que no recuerdo haberme pronunciado en modo alguno ni sobre la actualidad suiza -de la que a fe mía no estaba entonces al corriente- ni sobre sus problemas o asuntos internos, sino mayormente sobre mi gesto de Fátima contra el papa Juan Pablo II, puso fatalmente en marcha un engranaje que llevaría a mi expulsión de territorio suizo, “manu militari” como quien dice, y fue tras haber ido un día de excursión estando aún residiendo en Lausanne -y mientras yo me encontraba en trámites de obtener una confirmación de la medida dictada en contra mía del Oficio de Extranjeros por medio del abogado de Ginebra que se ocupó de mi caso- hasta la localidad fronteriza, de Ferney-Voltaire junto a la frontera francesa y haber pasado unas horas del lado francés cuando al querer volver a territorio suizo se me notificó la prohibición de entrada, de manera un tanto expeditiva por parte del agente aduanero suizo en uniforme, que plantifico de forma ostensiva su subfusil reglamentario encima de la mesa del despacho en que nos encontrábamos mientras me hablaba.

Curiosamente, aquella entrevista periodística dio lugar también –antes de mi expulsión- a la publicación de mi libro “Le Fou de Dieu” (El loco de Dios) en el que yo explicaba las razones y motivos que me habían llevado a mi gesto de Fátima, tras firma de un contrato con Pierre-Marcel Favre editor de renombre de Lausanne y convertido después en figura del mayor relieve del universo editorial en Suiza francófona, gracias al Salón del Libro de Ginebra del que fue fundador, quien puso a mi disposición entonces los locales de su editorial situados en la rue de Bourg en el centro de Lausanne, para la redacción de mi libro, lo que cumplí acudiendo allí a diario durante varias semanas, en el transcurso de aquellos meses de febrero y marzo del 86. Fue precisamente Favre a quien puse desde el primer instante al corriente de mis problemas con el Oficio Federal de Extranjeros, por lo que me puso en contacto con el abogado que se ocuparía de mi caso.

Tras mi expulsión de la Suiza que no me dejo indiferente como aquí todos adivinan, traté (en vano hasta hoy) de olvidarme de aquello y le di la espalda al territorio suizo a donde nunca más volví a poner un pie, hasta hace unos días. Personas allegadas entretanto, me hicieron entonces ver con todos los indicios de credibilidad de su parte que la persecución de la que me vi objeto en Suiza entonces fue el fruto de presiones en contra mía de sectores estrechamente ligados a la Fraternidad San Pio X y entre los nombres que me oí citar entonces figuraba el de uno de los miembros de la Fraternidad, que había sido compañero mío en el seminario de Ecône, Abbé Denis Roch, suizo de Ginebra, hoy hace ya tiempo fallecido, y sobre todo del abogado (maître) Roger Lovey, gran biehechor del seminario de Ecône y hoy ya también fallecido, una figura de gran relieve del cantón de Valais, que llego a ser fiscal (procureur) de dicho cantón -creo que aún lo era entonces-, y como tal influyente en extremo al nivel nacional, cerca de las instancias de Berna, la capital federal, de donde emanó la prohibición en contra mía. Exactamente de la sede del Oficio Federal de Extranjeros (Taubenstrasse 133, 3003 Berna), como figuraba en la respuesta -con fecha del 18 de abril de 1990- a una carta que les dirigí residiendo yo ya en Bélgica, y que se me hizo llegar por intermedio de la Embajada suiza en Bruselas.

Significativamente, aquella misiva me llegó en el momento de estallar en la prensa suiza el llamado “escándalo de las fichas”, en el que se envuelto dicho Oficio de Extranjeros acusados de tener fichados a gran parte de la población suiza (unos 900.000 informes) y tras lo cual dichos servicios se vieron sometidos a un profundo reajuste y reorganización y a fuerte control parlamentario. Hoy sigo firmemente convencido que ninguno de los dos nombrados mas arriba fueron ajenos a mi expulsión de Suiza, tampoco les guardo rencor, eso es cierto, y pienso sin duda que lo hicieron de buena fe (hasta cierto punto al menos) por culpa de la atmosfera de escándalo que me seguía y perseguí invariable en los medios de la presa global tras mi gesto de Fátima.

Hay una consideración de orden político suizo no obstante que si entonces me abstuve rigurosamente de evocar, hoy en cambio me parece perfectamente pertinente y oportuno incluso el hacerlo. Y antes de abordar el tema pienso que hay que situarlo en un plano histórico innegable, y fue la neutralidad –fiel a su tradición diplomática secular- que observó la Suiza durante la Segunda Guerra mundial, una neutralidad que tuvo no poco de pactada –como lo tuvo la española- a favor de las potencias del Eje. El ejército suizo, nota bene, llegó a derribar aviones aliados en defensa de la integridad de su espacio aéreo, lo que España –que sí envió en cambio una división de voluntarios del lado alemán- nunca se permitiría en el transcurso del conflicto.

Lo que explica en parte aquella atmósfera surrealista -sin parangón ninguno en ningún otro país europeo- que se respiraba en Suiza cuando yo allí llegué por vez primera (noviembre del 73) con refugios anti-atómicos en muchos de sus edificios y en donde los suizos en trance de cumplir su servicio militar guardaban con la mayor normalidad (y tranquilidad) –y creo que lo siguen haciendo de lo que me fue dado ver estos últimos días- su armamento reglamentario –fusil ametrallador y demás- en casa y los lucían a la vista de todos en su idas y venidas (en uniforme o no)del cuartel a casa y viceversa (…) ¿Explicable únicamente por la idiosincrasia suiza o por el clima de guerra fría de la posguerra europea?

Es posible, pero nada ni nadie nos puede quitar de la cabeza que aquella particularidad suiza de cuando la Segunda Guerra Mundial contribuyó a reforzar el cuadro aquel de posguerra atípico en extremo en relación con los demás países europeos. Como venía a reforzarlo el paisaje político igualmente atípico del cantón del Valais, sin el cual no se explica en modo alguno el fenómeno tan atípico y tan insólito por tantos puntos de vista del nacimiento del seminario de Ecône.

¿La prueba? La primera noticia que me llegó de él, en uno de sus folletos de propaganda (fide) allá por 1972 fue una foto de la visita a las instalaciones flamantes, recientemente terminadas, del seminario, por parte del entonces presidente de la Confederación Helvética, Roger Bonvin, del partido demócrata cristiano, algo que a la vista de la presión mediática tan sofocante a favor del sector progre de la iglesia que reinaba entonces en los medios españoles –años del tardo franquismo (tardío)-, me hubiera parecido en España (mutatis mutatis) -ya solo el pensarlo-, algo perfectamente surrealista e inimaginable.

Y ahora caigo sobre una noticia biografía póstuma de Roger Lovey, que da cuenta de sus lazos –de aquellos años- con el Movimiento Conservador del Valais (MCV), una corriente del partido demócrata cristiano del Valais (largo tiempo hegemónico en aquel cantón) catalogados de ultra conservadores en los medios suizos, fundado en 1985, junto con aquél, por una figura política suiza del primer rango, Guy Genoud que fue consejero de Estado del Valais, (órgano de gobierno del cantón) también por aquellos años.

Con la Iglesia hemos topado, querido Sancho. Nunca mejor dicho. ¿Nunca lo hubiera hecho? No, eso tampoco. Porque sin aquellos problemas, no me hubiera quedado la marca impresa que Suiza me dejó hasta hoy, como lo tengo confesado (e ilustrado) en estas entradas recientes. Y que acabo llevándome –o felix culpa!- a allí volver, treinta años después. Sin arrepentirme de nada. Semper ídem

ADDENDA En las semanas que siguieron a mi expulsión de Suiza, recibí en Madrid a donde yo habia vuelto a residir -en el domicilio de mis padres (donde permanecí todavía unos meses antes de venirme a Bélgica)-, la visita de dos periodistas suizos, corresponsales respectivamente del semanario "Die Welt Woche" de Zurich, y del diario de distribución gratuita "Geneve, Home, Information" de Ginebra, que publicaron justo a seguir las entrevistas que me hicieron entonces con gran realce y acompañaiento fotografico de mí, y en las que denuncié la expulsion de la que me vi objeto

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