domingo, agosto 09, 2015

VIENTO DE PROFECÍA JUNTO A LAGO LEMAN

El lago Leman hoy al anochecer visto desde el parque de Valency a las afueras de Lausanne donde la mayor parte de mis paseos de día y de noche iban a parar el tiempo que allí pasé (enero, febrero, marzo de 1986), abriéndome paso en la nieve, entonces pintado de blanco, hoy sábado al anochecer en cambio lleno de luces como un cuadro de Van Gogh. ¡Magia extraña de Lausanne, de su futuro cargado de promesas y de su pasado medieval (que nos es común a los españoles)!
¡Qué misterio o qué milagro -de urbanismo- el de Lausanne en su parte más antigua sobre todo, pero casi tan recóndita y secreta en el resto de su casco urbano. Varias ciudades o villas o ciudadelas medievales superpuestas -y semi enterradas las unas en las otras- en una sucesión (vertical) de planos horizontales dispuestos en forma de terrazas geologicas y en una tónica general que es la que le da la pendiente tan escarpada sobre la que esta capital del cantón suizo de Vaud se vio construida, obligada a superar un desnivel de cerca de seiscientos metros entre las alturas que la circundan por su parte norte y los bordes del lago Leman, en su base meridional (situada en pleno centro del lago)

Lo que explica en parte que mis recuerdos se hubieran vuelto ya tan confusos, poniendo a prueba la memoria de elefante de la que me jacté siempre (y lo sigo haciendo) Perspectivas e instantáneas visuales -de vistas a menudo encajonadas- de vuelta obsesivamente todos estos años, como especie de lugares geométricos de mi memoria -de la ciudad y del tiempo que en ella pasé- más que lugares concretos o etapas detalladas al completo: lo que aún recordaba yo de Lausanne del tiempo que allí residí y de las etapas o estaciones del vía crucis que fue para mí la estancia allí entonces, no por culpa de Lausanne –ya lo tengo aquí largo explicado- sino de la fatalidad y de las circunstancias por las que mi vida atravesaba entonces.

Plaza del Chauderon (el Caldero en español), Bel-Air, Saint François, rue du Bourg, el Castillo (le Chateau), la Estación (la Gare), Montelly, el parque de Milán, la colina de Montriond (y el bulevar de Grancy), y en fin Ouchy junto al lago –al final del metro teleférico que cruza Lausanne de Norte a Sur-, etapas de los diferentes recorridos que repetí una y otra vez -un tanto sonámbulo- los meses que allí pasé, en busca de abrirme caminos, y en espera (¡ay dolor!) de que se me abrieran puertas donde fuera. Entre el hielo y la nieve y el viento helado que bajaba la temperatura interior –la sensación de frío quiero decir- de un montón de grados aunque la temperatura ambiente de aquellos meses de invierno –un invierno excepcionalmente frio por lo que colijo de testimonios cogidos estos días al vuelo de viejos del lugar- no fuera en realidad tan fría, en comparación (…)

Y una nube o un magma confuso de recuerdos en revoltijo en mi mente desde entonces, donde se mezclaban callejuelas en cuestas, escaleras y escalinatas por todas partes, pasillos y pasadizo, miradores pintorescos y excepcionales, rellanos y rincones recónditos e inesperados donde se quedaron a dormir siglos y siglos de historia (común) –mientras que en la flamenca Brujas ven pasar el tiempo por sus puentes y canales- y subidas y bajadas en pendientes escarpadísimas que dotan a la mujer suiza y en particular a la población femenina de Lausanne –sólo ahora caigo en la cuenta y que nadie se escandalice- de piernas de lo más formadas y pari passu de robustas y resueltas pantorrillas. Y presidiéndolo todo –sólo ahora treinta años después habré también caído en la cuenta- el lago Leman y el mecido suave de sus aguas tranquilas, que confieren al temperamento de los habitantes de Lausanne y del resto de la Suiza de una nota de tranquilidad con pocos parangones (de lo que conoce al menos el autor de estas líneas)

¡Qué bella estaba Lausanne estos últimos días, en el atardecer estival mirándose en las aguas de su lago tan señorial, como un espejo color de azul turquesa! Como si del espectáculo de tanta magia que ofrecía a los visitantes –y en concreto al autor de estas líneas- se desprendiera un tufo de nostalgia de esa tranquilidad perdida de tiempos antiguos, de siglos pasados, que ni Europa ni el mundo pudieron volver a reencontrar nunca más hasta la fecha.

¿Lausanne, capital cultural y espiritual de Europa sin que pretenda disputarle su prioridad –política y administrativa- a la capital de la UE? Algo me barrunté siempre al respecto y así lo di a entender en prosa como en verso. ¿El alma dormida de Europa junto a las orillas del lago Leman, dando signos ahora de irse a despertar?

Esa es la impresión que me llevo de aquí desde luego, de estos días inolvidables que se me pasaron rápido como una ráfaga de viento. De un viento de profecía

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