miércoles, agosto 19, 2015

¿FUNDACIÓN JOSÉ ANTONIO A SUELDO DE PABLO IGLESIAS?

El general Sanjurjo en el momento de tomar la avioneta que debía conducirle a España, en Lisboa, el 20 de julio de 1936, momentos antes de su muerte. Sanjurjo se veía reconocida por los conspiradores y en particular por el principal de ellos, el general Mola, la jefatura suprema del Alzamiento, y sin duda por ese motivo José Antonio acabó entrando en contacto con él, por sugerencia –según fuentes y testimonios concordantes- de Adolfo Hitler en persona con el que se había encontrado en Berlín en la primavera del 35. En los meses preso en la cárcel de Alicante no obstante, José Antonio se distanciaría y desmarcaría progresivamente del Alzamiento, presumiblemente hasta renegar de él en la entrevista a Jay Allen (3 octubre 1936), que nunca se dio a conocer en España en su versión original. La lealtad a las alianzas guerreras –como lo fue el compromiso de adhesión al Alzamiento sellado con la sangre derramada de tanto miles de falangistas- fue no obstante uno de los principios fundadores del Imperio romano y presidió la historia (plurimilenaria) de la civilización europea
No creo en las meigas pero hay las. Veía brujas pero no acertaba a poder decir dónde. Y me estoy refiriendo a esa querencia (irresistible) en algunos –más fuerte que ellos- que ya denuncié aquí repetidas veces y que se deja notar en los medios azules ya de antiguo en relación con el 15-M y más reciente (como la copia y el original) para con Podemos. Y ya digo que no sabía bien cómo centrar el abordaje del problema hasta no hace mucho sin poder ir mas allá de fijarme en algunos ejemplos concretos por lo general poco representativos, o de soldados de a pie o si acaso de alguna que otra vieja/gloria o histórico (como le dicen ahora) del movimiento falangista pero ya jubilados o puestos -por su edad avanzada- un poco en el cuarto de los trastos viejos.

El caso que me ocupa ahora es distinto en cambio, y es que se trata de un histórico –hijo o sobrino (a tenor del apellido) de un histórico para ser exactos- de la falange (asturiana) del que no se puede decir en cambio que esté arrumbado o jubilado (del todo) como otros históricos y es en la medida que viene presidiendo desde hace un año apenas un instituto o asociación tan emblemática –a falta de ser plenamente representativa, que no sabría ni negarlo ni afirmarlo- como lo es la Fundación José Antonio. Iba dejarlo pasar, lo prometo, y me refiero a la entrevista que le acaban de publicar en el diario (semanario) digital “incorrecto” “Alerta Digital” a José María García de Tuñón y Aza (Tuñón a secas entre los componentes del mundillo azul como lo puntualiza el autor de la entrevista) si no hubiera sido por el guiño (descarado) que les dedica al final de su entrevista a los de Podemos.

Un integrista joseantoniano, asi se puede definir sin ánimo peyorativo alguno a este falangista histórico a tenor de su invocación de lo que a no dudar le parecen referentes supremos e inamovibles, a saber las Obras Completas del fundador y los veintisiete puntos de la Norma Programática de la Falange. Como lo muestra esa acusación –como un lamento secular- que no deja de lanzar él también en su entrevista (memoria del fundador obliga)  –contra Nadie (en concreto)- de “tergiversar, calumniar, falsear y difamar y mezclar (al movimiento falangista y a su líder) con personas y cosas con las que nunca tuvo nada que ver” Y el cargo mayo en su pliego de acusaciones lo es sin duda la del secuestro (sic) del pensamiento del fundador.

La soga en casa del ahorcado, no me digan. José María Garcia de Tuñón, por la semblanza que ofrece de él su entrevistador, es escritor -economista e historiador de formación- y además de ello lector (insaciable) No podemos creernos pues que no esté al corriente de la actualidad en la prensa impresa y en la red, y en concreto de la existencia y del contenido de estas entradas (diarias), máxime cuando figuró entre los visitantes de mi anterior blog de Periodista Digital en el que llegó a colgar incluso –cosa que le agradezco (a pesar de todo) - algunos comentarios o preguntas más bien, en tono crítico (e inquisitivo) creo recordar.
En esta obra, continuación de otra anterior–“La pasión de José Antonio”- su autor se reafirma en la versión que se exponía en el libro anterior que José Antonio fue víctima de un fusilamiento particularmente cruel en el que sus asesinos tiraron a no matar apuntando a las partes menos vulnerables del cuerpo, y que se vería rematado al final. Sin que se hiciera autopsia alguna del cadáver ni se hiciese público certificado de defunción alguno. Una versión que no habrá suscitado réplicas mayores ni desmentidos en los medios (propiamente) azules. ¿En esas circunstancias se puede honestamente pretender seguir haciendo creer –como un dogma de fe o un postulado histórico e ideológico inamovible- en esa leyenda o visión piadosa e iconográfica y color de rosa a la vez de un José Antonio muriendo con dignidad y entereza (sic) frente a sus verdugos?
Y a fe mía que no puedo creerme tampoco que no esté al corriente de mi reciente libro “Guerra del 36 e Indignación callejera” donde dedico todo un sendo capitulo –y otras muchas alusiones o referencias esparcidas a lo largo del libro-, a lo que doy en llamar el mito joseantoniano. Ni tampoco de todo el largo análisis que dedico en las referidas páginas a la explicación de ese fenómeno de mitificación política e ideológica con pocos precedentes por no decir ninguno en nuestra historia.

Y en particular, de ese aspecto de la misma que convine –por mi cuenta y riesgo- en llamar síndrome de la cárcel de Alicante en alusión a las circunstancias -oficialmente ignoradas y desconocidas- que rodearon las últimas semanas de vida de José Antonio preso, y su muerte el 20 de Noviembre del 36. Y no puedo creerle ignorante en concreto de mi aserto de que José Antonio se vio secuestrado (sic) dentro de la prisión provincial de Alicante de resultas del golpe de mano del que aquel establecimiento se vio blanco –en el transcurso del mes de agosto del 36- a manos de milicianos (más o menos incontrolados) anarquistas de la FAI (y de la CNT), algo de lo que oí hablar por vez primera en junio del 2009 al escritor, biógrafo de José Antonio -y antiguo falangista y miembro del Frente de Juventudes- Adriano Gómez Molina. Porque cuando García de Tuñón afirma, marcando así el paso detrás de tanto devoto y turiferario de la figura del fundador de la Falange, que el pensamiento joseantoniano fue secuestrado (sic), sobre entendido por el régimen anterior y por su máximo responsable, el Generalísimo Franco, no podemos remediar el establecer un lazo entre ambos secuestros.

Me explico, entre un secuestro físico –con su corolario fatal de lo que en la posguerra se convendría en llamar síndrome de Estocolmo-, y una apropiación –o “secuestro” como Tuñón lo llama- de carácter ideológico, más o menos explicable y justificable si se tienen en cuenta las contradicciones manifiestas que reflejan ciertos textos joseantonianos y en particular las que ofrece una comparación por somera que sea entre lo que se conviene en llamar el último José Antonio –preso en la cárcel de Alicante-, el de los papeles póstumos de los que García de Tuñon se hace eco en su entrevista, el de las declaraciones al tribunal popular y (más que presumiblemente) el de la entrevista perdida (y enterrada) –a su versión original me refiero- al periodista norteamericano Jay Allen, corresponsal de los mas importantes diarios de Chicago, un mes y medio apenas antes de su muerte- por un lado, y por el otro el pensamiento del José Antonio anterior a su detención y encarcelamiento que se vería grosso modo plasmado en las obras completas (en realidad, incompletas), léase en sus versiones “canónicas” editadas –y reeditadas- bajo el régimen anterior, por el aparato de prensa y propaganda del Movimiento.

Una evolución –en sentido obrerista y anti –capitalista (o anti-sistema como se le dice ahora) que ya era perceptible en el José Antonio del discurso del Cine Madrid, es cierto –y en la interpretación que vertió entonces del símil de la invasión de los bárbaros (que contradicen otros textos suyos más recientes y también otros más tardíos)- pero que se saldría de madre por así decir a partir del estallido de la guerra civil y en los últimos meses de vida del fundador peso en la cárcel de Alicante, en particular en lo referente a su posición en relación con el Alzamiento.

Se puede epilogar lo que se quiera sobre las palabras de José Antonio en todo aquello (no poco) que dijo y que dejó escrito donde se reflejaba su distanciamiento progresivo del Alzamiento. Hay como sea, un principio elemental que gravita por encima de todo ello y es el de la lealtad debida a los propios aliados y el respeto (escrupuloso) de las alianzas guerreras como lo fue a no dudar el compromiso de José Antonio -que pocos por no decir nadie se atreve a cuestionar- con el Alzamiento y con los principales cerebros o dirigentes del mismo en su fase de preparación de antes de estallar la guerra, como Mola o el general Sanjurjo.

Y mucho más sagrada e inviolable aún, lo es la lealtad debida a sus propios camaradas que se lanzaron cuerpo y alma desde el primer momento a la lucha en uno de los bandos enfrascados en la guerra civil –y que registraron un lote tan elevado de caídos (muertos y asesinados) en los primeros instantes del Alzamiento como en el trascurso de la contienda- siguiendo las instrucciones de aquel y sus consignas.

En uno de sus escritos póstumos no obstante del mes de agosto del 36 (“Germanos contra bereberes”), José Antonio llegaba incluso a predecir o pronosticar la derrota del bando con el que él y su movimiento se habían comprometido, cuando se refiere al bando que va a triunfar ahora (sic), en clara alusión al de los rojos. ¿Fruto de la incomunicación tamaño acto (o signo) de derrotismo flagrante (e inadmisible e injustificable), del aislamiento, o simple secuela de la situación de secuestro –de rehén y no de simple preso político- en la que a partir de un momento José Antonio (trágicamente) se encontraría?

Las excusas o atenuantes no faltan desde luego, y no somos nosotros a fe mía los más reacios a darlas por buenas o aceptarlas, ni mucho menos, pero no nos imponen menos comedimiento y circunspección y sobre todo retención (y reflexión) a la hora de continuar indefinidamente por las vías de los reproches y de las acusaciones (más o menos infundadas, más o menos hipócritas y sibilinas) al bando con el que José Antonio se había claramente comprometido, siempre en descargo y en provecho del bando de los que le asesinaron –y de sus herederos y descendientes ideológicos (e incluso biológicos)- y que a todas luces se ensañaron con él y profanaron su cadáver.

¿Afirmaciones gratuitas o temerarias las que vengo sosteniendo en este punto? Me reconocerá como sea García de Tuñón que se ven mas que justificadas ante el silencio y la confusión y la oscuridad que sigue reinando en lo tocante a las últimas horas de la vida de José Antonio y a sus últimos momentos delante del pelotón de fusilamiento y a las circunstancias por someras y escuetamente detalladas que se vean que rodearon su muerte, y que en ninguna de las obras (varias) publicadas en los últimos tiempos al respecto se ven esclarecidas, bien al contrario.

¿O es que acaso hay que dar por buenos los testimonios judiciales –siempre bajo caución por tratarse de personas que se encontraban presas- u otros que a falta de credibilidad se habrán mostrado lo suficientemente novelescos y explotables de los puntos de vista periodístico y literario que se recogen en uno de las obra mencionadas (las que más difusión y éxito de ventas habrán tal vez tenido hasta ahora) de individuos que se vieron relacionadas con el encarcelamiento y la muerte de José Antonio.

Como ese del director del establecimiento penitenciario alicantino que ante las amenazas que según él mismo confesaba, planeaban sobre la integridad física de José Antonio por personas ajenas (sic) al establecimiento, habría pasado toda una noche en vela (sic), de facción él y su señora (sic) para que a José Antonio no le ocurriera nada lo que quiere decir –relatos novelescos aparte, por lo ridículamente floridos o lacrimógenos y faltos de credibilidad-, que el control del acceso a las instalaciones por dentro del establecimiento le escaparon a aquél a partir de un momento dado de la estancia de José Antonio allí.

¿O el dar por normal que quedaran siempre huérfanas de la menor investigación, y siquiera de la menor glosa o explicación o investigación, informaciones aparecidas en la prensa nacional las primeras semanas de la guerra –en agosto del 36- que daban cuenta de la agresión física (sic) que había sufrido José Antonio dentro de la cárcel, haciéndose así eco de un despacho difundido por la prensa portuguesa en la que se presentaba al líder falangista recobrándose (sic) de sus heridas. ¿Cómo explicar pues esos silencios, esos testimonios bajo sospecha -sino en el marco de ese proceso de mitificación- sin la gestación pari passu de esa leyenda o esa visión color de rosa –d’Epinal como los franceses le dicen- de un José Antonio que soportó la muerte con dignidad y con entereza (sic), como se lee en la entrevista que aquí nos ocupa.

No sabemos nada. Continuamos sin saber nada a ciencia cierta casi ochenta años trascurridos de su muerte. Nadie puede obligarnos -en conciencia- pues, a creernos esas versiones edificantes (y piadosas) de la muerte de José Antonio a las que vienen seriamente a poner en entredicho tantos indicios y signos contrarios, y nos los menores esos datos irrefragables de la ausencia (clamorosa) de autopsia y de un certificado de defunción cualquiera, lo que todos admiten. Y que vienen fatalmente a caucionar en cambio la parte ms discutible -y mas problemática en las circunstancias actuales- de su mensaje del fundador, que algunos ahora se empeñan (interesadamente) en re exhumar.

Superstición joseantoniana. A fe mía que no se me ocurren otros términos, ese erigir en motivos de fe o de creencia datos históricos o versiones de hechos históricos para los que se reclama un asentimiento de fe –al pan y al vino, vino- a falta de motivos de credibilidad racional por mínimos o nimios o escasos que sean. El guiño a Podemos de la Fundación José Antonio al que aludí más arriba destapa no obstante un síntoma elocuente y revelador en extremo de toda esa visión supersticiosa que reflejan las declaraciones de José María de Tuñón, tan maximalista (léase abusiva) en el plano de las creencias como lo es la de erigir en artículo de fe (en la práctica, a través de la presión de los engranajes del aparato eclesiástico y sus ramificaciones en los medios)  –dicho sea (intencionalmente) de pasada- el momento (léase "el primer instante de la concepción") a partir del cual se puede hablar de vida humana (y de alma racional) en la teología católica y en el magisterio/de/la/iglesia. ¿Pro abortista el autor de esas líneas? No más –y me curo en salud de inmediato- que Pablo Iglesias y sus correligionarios y partidarios y corifeos. Sintomático ese guiño sobre todo, del síndrome y colectivo hereditario “de la cárcel de Alicante” al que vengo desde hace un rato refiriéndome.

Que lleva a los herederos del legado joseantoniano, como movidos de una querencia irresistible, a inclinarse (sectariamente) del lado de los asesinos (confesos) del fundador, y de los herederos y legatarios no menos confesos de aquellos, y a erigir –a modo de coartada intelectual e ideológica invencible- toda la la parte digamos social del mensaje joseantoniano en la versión radical del último José Antonio, y en particular esa trilogía o trinidad que no dejarían de repetir (como loros) y de esgrimir sus adeptos desde hace décadas como lo vuelve a hacer ahora García de Tuñón, de la nacionalización de la banca y de la reforma agraria, etcétera (sic) Y ese tercer miembro de la trilogía –al "etcétera" me refiero- vendrían a traducirlo o a interpretarlo (a su manera- sus adeptos y sus devotos en décadas de posguerra mayormente por la autogestión de la empresa a manos de los trabajadores, todo lo cual les permite ahora el bautizar, qué digo el canonizar la epidemia indignada –anti-capitalista y anti-sistema- por cuenta del nombre de José Antonio.

José Antonio, la Falange, pudieron no ser “ni de izquierdas ni derechas”, la guerra civil no obstante y su desenlace ligaría indisociablemente el legado y la memoria de aquellos al bando de los vencedores de una guerra civil que fue mayormente una confrontación ideológica entre izquierdas y derechas, en la que la Falange se vio (libremente) comprometida del lado de estas últimas. Y entre la fuerzas componentes del bando nacional, figurarían los partidarios del ideal monárquico lo que les confiere una forma de legitimidad histórica, se quiera reconcoer o no se quiera.

El republicanism (falangista), diga José María García de Tuñón y Aza lo que quiera, fue un sub producto de la pos guerra mundial –a partir del 45- mayormente resultante de generaciones sucesivas del Frente de Juventudes integradas mayoritariamente por los hijos de los vencidos de la guerra civil. Hasta entonces, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial –y emplazo a García de Tuñón y a quien sea a contradecirme- no hubo entre falangistas reivindicación alguna de la república o del ideal republicano como lo proclaman y enarbolan ahora de bandera (guerra civilista) los de Podemos. La revolución (sic) -léase nacionalsindicalista- de la que hablaba Ridruejo y reivindicaban los falangistas entonces -de lo que se hace eco Tuñón- se distinguía poco a decir verdad de la revolución (rivoluzione) fascista que se mostró compatible en cambio hasta bien avanzada la segunda guerra mundial con la forma monárquica (sic)

¿García de Tuñón apuesta hora acaso como los de Podemos por el cambio de régimen y por una segunda república bis (y un proceso constituyente)? Sin duda que esté en su derecho (un decir), pero que no lo haga en nombre de José Anonio ni del legado falangista ni de los miles y cientos de miles de falangistas que cayeron muertos y asesinados por los antepasados ideológicos (y biológicos) de los indignados (y de Podemos), en la guerra, en la lucha contra el maquis -particularmente en Asturias-, en la División Azul y durante la segunda república

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