martes, julio 28, 2015

LE PEN EN ALZA LA SHOAH EN BAJA

Encuentro de Franco y Pétain (13 de febrero de 1941) de vuelta aquél de la entrevista con Mussolini en Bordighera. Pétain accedió al pedido de Franco del traslado de los presos republicanos españoles en Francia a campos de concentración en Alemania y Austria. La contrapartida obligada se echaría en falta en cambio después, cuando Franco acabó entregando -esa es la palabra, si, aunque ahora nos lo estén vendiendo como quieran- al jefe de gobierno del régimen de Vichy, Pierre Laval (julio del 45) Y lo hizo tras un nuevo reajuste ministerial en el que José Félix Lequerica, se vería sustituido en el ministerio de Asuntos Exteriores por Alberto Martin Artajo, hombre de paja de la nunciatura y del Vaticano. Un corolario apenas -el de la deslealtad flagrante de Franco con sus antiguos aliados (a saber los países Eje)-, de la rendición del régimen por mediación vaticana a las potencias vencedoras
La noticia acabada de caer (como una bomba) mientras doy inicio a esta entrada, de la decisión del tribunal de apelaciones de Paris a favor de Jean Marie Le Pen mientras el interesado se ve de nuevo acusado (léase imputado) en primera instancia por sus recientes declaraciones -en las que se reafirmaba sobre el detalle (sic) de las cámaras de gas-, banaliza o trivializa muchas cosas, se quiera reconocer o no la quiera. Banaliza la Shoah para dejarnos de eufemismos. La doctrina, que me diga el dogma reinante desde el final de la Segunda Guerra Mundial en la materia.

Porque por más que los medios de la prensa global se empeñen en lanzar cortinas de humo, el reto subyacente en la batalla desatada por la crisis interna del Frente Nacional francés, entre el fundador del partido y la actual presidente del mismo, su hija Marine, trata de eso precisamente, de criminalizar o no declaraciones referente a la Segunda Guerra mundial en particular en todo lo relacionado con el holocausto/judío, que se salgan (aunque sea solo por la mínima) de lo histórica y políticamente correcto. Y por si dudas cupieran, uno de los principales protagonistas de la crisis, el número dos del partido Philippot lo habrá recordado y remachado un día sí y otro también en sus numerosas intervenciones en los medios desde el estallido de la crisis al interior del Frente Nacional, secundado y refrendado por otras figuras destacadas del partido.

Lo que no se admite (non licet) es pronunciarse incorrectamente sobre la historia oficial de la Segunda Guerra Mundial, y eso no solo porque os nuevos dirigentes del Frente Nacional entienden deber acatar rigurosamente ls criterios establecidos –léase históricamente correctos- sino además porque ello forma parte de la nueva estrategia del partido de aspirar al poder, léase de llegar al Hotel Matignon (residencia oficial del jefe de gobernó en Francia), en el convencimiento pleno que comparten todos ellos que esa sea la condición esencial y sine qua non de aquel, sin la cual todo estrategia “ganadora” –buscando ganar a todo precio me refiero- se ve comprometido sin remedio y sus protagonistas condenados a perder el tiempo como dicen que lleva haciéndolo Jean Marie Le Pen desde la fundación del partido hace cuarenta años.

En otras palabras o en otros términos, no hay vuelta atrás ni un sentido ni en otro hasta antes del 45, como sí lo pretenden en cambio los indignados españoles en relación con el 14 de abril. La Segunda Guerra Mundial y sus desenlace son basamento inamovible, punto de partido irreversible del nuevo orden mundial y el admitir ponerla en revisión –en el plano histórico aunque solo se- supone un grave riesgo de desestabilización que las grandes potencias garantes de aquél no están dispuestas a consentir, ellos que se mostraron maestros consumados en materia de desestabilizaciones los setenta años ya transcurridos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Y ese es la bran baza en el órdago a la grande que el numero dos del Frente Nacional en la actualidad –un advenedizo en política- habrá echado a su fundador por intermedio de la propia hija del fundador. Estaba seguro de su jugada, no había ms que oírle o leerle pronunciarse a través de los comunicados oficiales del partido –que mayormente se le atribuyen- o en sus declaraciones a los medios. Ahora, después de esta nueva decisión judicial que da la razón (de nuevo) a su adversario irreductible es posible que ya no o esté tanto.

En realidad, en el fondo y en lo más hondo nos encontramos aquí, como ya lo tengo subrayado en las entradas que vengo dedicando en este blog al gema que nos ocupa, ante un problema irresoluble de conflicto de memorias. La memoria es individual y a la vez colectiva pero es por encima de todo una memoria paterna, la que se nos trasmite mayormente por la vía biológica. Jean Marie Le Pen tenía diez y seis años al final de la Segunda Guerra Mundial, demasiado joven para empuñar un arma por más que así lo pretendió entonces, como tanto lo habrá recalcado con el paso de los años.

Pero por detrás o por encima de su pubertad gravitaba sobre todo la memoria su progenitor que de una forma otra había aceptado colaborar con los alemanes, o había prestado adhesión que me diga al régimen de Vichy en nombre del Mariscal Pétain, héroe francés de la Gran Guerra y manzana de la discordia en el conflicto que opone ahora Jean Marie Le Pen a su hija. Y es que su progenitor no hizo más en suma que lo que hicieron tantos y tantos franceses entonces en abierta contradicción con la memoria oficial –entronizada por el General De Gaulle en la posguerra- que hacía de Francia por definición un país de resistentes. ¡A otro perro con ese hueso!

¿Nada que ver la actitud de muchos franceses al estallar la Segunda Guerra Mundial y ante la ocupación alemana con la guerra civil española? Todo hace pensar –como aquí ya lo dejé sentado- que nuestra guerra civil sirvió de lección a los franceses que escarmentaron con ella por así decir en cabeza ajena. Y fue lo que hizo que muchos vieran en la Segunda Guerra Mundial en su capítulo francés una continuación apenas de la guerra civil española, y actuaran en consonancia, con la lección bien aprendida ya digo

“La Ocupación fue un tiempo feliz” declaró en la década de los ochenta, levantando una gran polvareda de protestas -y de aprobaciones también-, un veterano cineasta y parlamentario europeo por las listas del Frente nacional en 1989, Claude Autant-Lara –vieja gloria del cine francés de los años de la segunda guerra mundial y de la posguerra inmediata , de ascendencia española como su segundo apellido lo indica. Y lo fue (es cierto) sobre todo en París la capital de la Francia ocupada, donde la industria del ocio –el cine y el teatro, los espectáculos de variedades, las manifestaciones deportivas- conocieron un auge insólito en la capital francesa los años aquellos, aunque la historia y la historiografía en vigor cubran cuidadosamente aquel periodo de los mas espesos tabúes y de los mas rigurosos de los interdictos.

Y no es casualidad el protagonismo tan destacado que cobraron republicanos españoles del bando de los vencidos del 39 que entraron en París en primera línea (agosto del 44), como si resistentes franceses de pura cepa anduvieron escasos a la hora de ocupar el centro de l escena, creíblemente me refiero, como consiguieron ocuparla aquellos rojos españoles entonces y muy a menudo después en la posguerra (hasta nuestros días)

El caso de Jean Marie Le Pen no es idéntico aunque sí comparable de ciertos puntos de vista al de Monseñor Lefebvre. De progenitores -tanto uno como otro- ligados ideológicamente a la derecha francesa del periodo de entreguerras como el grueso del catolicismo francés –salvedad hecha de los casos atípicos y contados) de los que tomaron partido por loso rojos en la guerra civil española- con sus obispos y cardenales al frente nota ben, firmantes todos ellos sin excepción de la pastoral conjunta del episcopado español sobre nuestra guerra civil apenas unos años antes.

El padre de Monseñor Lefebre era militante de Acción Francesa, el de Jean Marie Le Pen devoto del mariscal Petain. El primero jugó la baza no obstante aliada –como lo hizo un sector minoritario de nacionalistas maurrasianos- alojando tras la ruptura de hostilidades en el 40 un destacamento del ejército británico en las instalaciones industriales de su propia empresa en su ciudad natal de Lille junto a la frontera belga. Lo que le valió acabar siendo deportado a Alemania donde fallecería.

El de Jean Marie Le Pen falleció durante la Segunda Guerra Mundial en el barco pesquero del que era propietario al estallar una mina –atrapada la víspera junto con la pesca capturada- al amanecer faenando en alta mar en aguas de su Bretaña natal, contraviniendo así a todas luces las consignas de la Resistencia que desautorizaba y prohibía terminantemente cualquier acto susceptible de dar a la Ocupación –y a la Colaboración- una impresión de normalidad ciudadana cualquiera a la ocupación alemana.

Y es lo que llevaría a su hijo bajo cubierta de un compromiso histórico de memorias a guardar en permanencia respeto –y veneración- al régimen de Vichy y a la memoria del Mariscal Pétain, gran amigo de la España nacional con quien Franco se entrevistó en Montpellier durante la Segunda guerra mundial. Es cierto que los jueces que acaban de fallar ahora de nuevo a favor de Jean Marie Le Pen estatuyen conforme a derecho y no política o ideológica o históricamente, pero eso ya de por sí es un gran triunfo para la memoria de los vencidos de la Segunda Guerra MUndial. El derecho al reconocimiento por mínimo e implícito que sea.

Y a Marine Le Pen y a su compañero sentimental como al número dos del partido –la troika que dirige actualmente el Frente Naciónal- sin duda por razones diversas no tragan ese deber de memoria del que hace gala el fundador. Es el caso de Aliot, el compañero sentimental de Marine Le Pen –que arrastra el seudónimo del Sefardí (Louis le Séfarade)- por razones obvias, y lo es también el de Philippot que no oculto nunca desde que comenzó su ascenso en el FN su gaullismo incondicional y su aversión a la figura de Pétain.

Por lo que a Marine Le Pen respecta cabe prestarle un choque de memorias, la memoria paterna por un lado que acabo de exponer más arriba y la otra memoria, materna, una memoria griega (de la Segunda Guerra Mundial) por parte de su abuelo materno, memoria de resistente, –por todas las trazas- anti-fascista.

Por eso habrá jaleado –tan escandalosamente- el triunfo de Syriza y por eso también coquetea con catalanistas –con esos impresentables de Plataforma por Cataluña- lo que nunca se permitió el fundador del partido. Le Pen en alza, la Shoah en baja, la noticia más terrible y más extraordinaria (parafraseando a Nietzsche) de nuestra época

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