domingo, agosto 10, 2014

Oda a mi idioma español (poesía en domingo)

¡Lengua de fe y vida (de coeur)
surgiendo de lo más hondo
del alma, del corazón,
de derrotas e infortunios,
entre todas, el español!

Lengua de almas ardientes,
de almas dolidas, heridas
del desprecio y la humillación
Lo que la realza en el mundo
y lo que hasta hoy la salvó
Motivo de vergüenza ajena
en extraños, extranjeros
¡Dios que duele! ¡Cómo me dolió!

Lo que me viene a la mente
llorando (sólo por dentro…
de poesía y de emoción)
oyendo cantar en “spanglish”
y rematando “cara al sol”
-el inglés como envoltorio,
el español como Oración (…)-
al joven cantor madrileño
(¡expatriados él y yo!)
en el campo de batalla
del mundo del “musical show”,
de un idioma amenazado
de rapto y adulteración
y de muerte (estrangulado)
en su propia tierra ¡Traición!

(¡“Una noche loca”, dicen!
La que viví hasta hoy -yo y algunos-
desde hace décadas ¡Siglos!)

De un mundo que perdió el sentido
de la medida, la razón,
sin que se nos diera el por qué,
del desvarío y la sinrazón,
como el niño obediente y bueno
blanco de injusta represión
que se agota en palabras (de niño)
y se desgañita de dolor
dando razones justas, sensatas,
sin merecer comprensión.

Esa fue nuestra ley de vida.
Mía y de muchos como yo
de los que me hago eco
en versos de guerra y amor
-que yo aquí recito gratis
asomado a mi balcón-,
que quieren prestarles mi pluma
y mi voz a algunos sin voz,
a una Voz muda e indefensa
blanco de escarnio e irrisión.

A un idioma que moría
Y que en mi (¡oh sorpresa!) revivió.
En mi monologo de poeta,
en el exilio y la expatriación,
en el choque de culturas
y en el enroque (¡mi salvación!)
En la travesía a solas
y en el oprobio y la exclusión.

Y que me apropié porque sí,
y te lo ofrezco a tí ¡Mi amor!


¿Qué sé yo, qué sabes tú,
pobre fantasma, amigo fiel,
de lo que se pueda cocer
en la mente de una mujer?

Hoy aquí mañana allí
con la vista o el corazón
y sin llevarla -¡aunque la maten!-
allí donde no quiere ir (…)

Así, me senté a mi puerta
a ver pasar, cadáveres,
sus sueños y sus quimeras,
y a mirarla sólo entonces
esperando ya verla quieta

Como un jilguero -¡no!-, una corza
cansada ya de trotar
que acaba cayendo en la red
que le tiende el fauno fatal

Que sabe ver (comprender)
y también sabe esperar
por viejo y no por diablo
la hora bruja (de la Verdad)

Igual que aquel doctor Fausto
que vendió al diablo su alma
y así poderse comprar
libremente, con “fair play”
el alma (azul) de una deidad

O como ese otro doctor
que supo jugar y arriesgar
y ganar y perder y ganar
y aun ganar justo al final
a punto casi de zarpar (…)

Así vendí yo mi verdad
a cambio de tu mirada,
lo único que pude dar,
ganando un tiempo precioso
y así poderte atrapar

¿Amor brujo el mío por tí
en esta hora “especial”
de retorno de los brujos,
sibila joven (junto al altar)?

¿Y qué sabéis vosotros,
fantasmas de la Tercera Edad,
y que sé yo, mujer, de tí
-¿ninfa Egeria, diosa del mal?-
de tu cuerpo, de tu alma?

¡Sino que te quiero adorar!

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