miércoles, agosto 20, 2014

NO SOMOS TODOS IGUALES

Esta obra fundamental del conde De Gobineau, estigmatizada como una especie de biblia del racismo contemporáneo -que acaba de ser, nota bene, reeditada (en castellano) en la Argentina (...)-, cobra de pronto una sorprendente actualidad los días que corren. El postulado de la desigualdad que en esas páginas se formula y se defiende es tan admisible desde el punto de vista filosófico y tan defendible en el plano histórico como el dogma de la lucha de clases. Por mucho que se haya visto criminalizado y censurado en el mundo surgido de la posguerra en el 45
Los disturbios en Ferguson no dan indicio alguno de estar amainando sino todo lo contrario, pero algo lleva a pensar que la persistencia de la agitación violenta –ya más de diez días- traduzca no poco de frustración inversamente proporcional, en sus principales actores y protagonistas, al escaso eco que su protesta parece estar teniendo en el conjunto de los Estados Unidos, y en particular en otras zonas proclives al estallido de violencia racial como la que estamos presenciando ahora. La prensa española o un sector influyente si no mayoritario de la misma parecería que este aprovechando este trance para retratarse un poco más todavía. En su seguidismo, de la gran presna global y sus grandes mentores y magantes y también, y en su sectarismo ideológico, lo uno con lo otro se diría en una relación de causa a efecto, y viceversa.

El editorial del diario El País de hoy no tiene desde luego desperdicio, en una defensa cerrada del joven negro muerto a tiros, y en sus acusaciones no poco gratuitas e infundadas y en el análisis no poco sectario y adoleciente de parcialidad y de un exceso de moralina (de signo antirracista) que le sirve de justificativo o principal argumento. Todos los hombres son (somos) iguales, o en otros términos más familiares para algunos, el hombre es portador de valores eternos, con un alma capaz de salvarse y condenarse, palabra de dios, te alabamos señor.

Dos dogmas o verdades dogmáticas subyacentes en la educación que recibimos una inmensa mayoría de españoles que se fundamentan en el postulado (teológico) del mas allá, o en lenguaje antiguo, de los novísimos –del cielo y del infierno, del limbo y del purgatorio- y que arrastran no poca responsabilidad en los infernos en la tierra que surcan la historia de la humanidad y en particular nuestra era contemporánea.
Una de las obras cumbres de la literatura universal que fue y sigo siendo un campo de batalla al mismo tiempo. De las interpretaciones más contradictorias. Pero que no se equivocaban los que vieron en ella mucho antes del estallido de la guerra civil amercina una revindicacion o una justificación -y ni mucho menos una condena- de la organización social del Sur de los Estados Unidos, lo prueba e ilustra la acepción injurosa y peyorativa que el nombre que dio titulo a esa novela -oncle Tom- tiene hoy entre la minoría afroamericana
“La cabaña del tio Tom, una novela por la que vino el escándalo en su tiempo –a toro pasado la verdad sea dicha-, dejó plasmado en sus páginas ese choque de culturas y mentalidades que acabó desembocando en la guerra civil americana. La desigualdad de trato protegía a la minoría racial, como ocurrió en el feudalismo con las clases sometidas a servidumbre, que tanto contribuyó al desarrollo de la civilización europea. El negro, siervo o esclavo, formaba parte de la familia en las grandes plantaciones del Sur de los Estados Unidos –como ocurriría en las colonias españolas del Caribe- y en esa misma medida era intocable, por más que se viera sometido a una disciplina social que formaba la columna vertebral o el basamento del sistema.

Era democracia, por cierto, la de los sudistas pero una democracia a la antigua, a la ateniense, y no es arriesgado o gratuito el conjeturar –sin haberme leído la obra que ya mencioné ayer aquí de Dominique Venner que apuesto a que llega a concusiones iguales o parecidas a las mías- que en ese retorno tan radical a las fuentes del sistema democrático, de la democracia antigua entre los descendientes de los pioneros protestantes del Nuevo Mundo hubiera influido el ejemplo (al revés) de la revolución francesa, bien viva aun en los espíritus -ocurrida apenas sesenta años antes- cuando estallo el conflicto de mentalidades y de valores que iba a desembocar en la guerra civil americana.
En esta obrita emblemática de la Moral Majority de los tiempos de la era Reagan que me lei enla cárcel portuguesa se recogia la distnicion entre democracia del tipo Abel (léase la de los padres fundadores de la constitucion americana) y democracia de tipo Caín (léase la de la Revolución Francesa) en una vuelta radical a los origenes de la historia de los Estados Unidos. En la obra se contiene una disgresion comparativa de la inmoralidad del aborto y de la esclavitud pereo suena mas bien a coartada política e históricamente correcta en la pluma de su autor, porque su revidicacion de los padres/fundadores era grosso modo identica de la los sudistas confederados cuando la guerra civil americana
Leí estando todavía en la cárcel portuguesa una obrita que me hicieron llegar de Estados Unidos, “the Christian Manifesto” –de unas de las figuras más emblemáticas de la Moral Mayority, una corriente ideológica (y teológica) que alcanzó su cénit durante las presidencias de Ronald Reagan-, el pastor Francis Schaeffer, (fallecido poco después de leerme su libro)- que me marco innegablemente lo confieso, aunque hoy hace ya mucho que superé la mayor parte de sus conclusiones y postulados. Pero había algo en ese ensayo de fundamentalismo político protestante por llamarlo así, que retuve en la memoria hasta hoy y fue la distinción que en él se hacía de democracias del tipo Abel y del tipo Caín.

Una distinción (comparativa) un tanto anacrónica e incongruente en la medida que la biblia judía y la democracia clásica pertenecían a mundos y civilizaciones completamente distintos en las antípodas lo uno de lo otro. Pero en esa formulación tan radical sumaria y expeditiva se dejaba traslucir por todos los costados el problema ideológico –y de conciencia- que a los padres fundadores de la nación americana les plantearon los crímenes y los desmanes y el caos y el desorden y la anarquía que caracterizaron –en algunos de sus momentos o segmentos cronológicos por lo menos- la revolución francesa que reivindicaba la misma noción (nominal) de democracia que proclamo la Declaración de Independencia americana.

Y esa democracia a la antigua, a la ateniense -que no borraba la distinción entre el hombre libere y el esclavo- que acabaron erigiendo en ideal colectivo los Estados del Sur pretendía ser sin duda alguna un especie de exorcismo o de mentís de la democracia (a lo Caín) que acabaría ilustrándose –y manchándose de sangre- en el Terror de la manera que todos sabemos.
Principales jefes militares de la Vendé militar. Bonchamps, Lescure, De Charette (...) Y en un primer plano (abajo, en el centro), De La Rochejaquelein, el mas carismático de todos. El genocidio en Vandea -entre 300.000 y un millón de victimas- no tuvo parangón ninguno en la Independencia de los Estados Unidos, ni siquiera en la Guerra Civil Americana. Cualquier parecido con la realidad -del uno y del otro lado del Atlántico- pura coincidencia. Bajo una misma etiqueta "democrática"
Una democracia basada en la desigualdad entre unos grupos y otros, entre unos pueblos y otros. Y no es una coincidencia meramente trivial si unas obras tan significativas de dos personalidades de signo conservador o antirrevolucionario que no lo fueron menos, como del tratado de Tocqueville sobre la Democracia en América y el tratado sobre la desigualdad de las razas humanas del conde de Gobineau, amigo y discípulo de aquel aparecieran en el espacio de tiempo de veinte años que precedió al estallido de la guerra civil americana.

Comúnmente se considera a Tocqueville uno de los ideólogos del liberalismo y a Gobineau, a su vez, del racismo contemporáneo, El desenlace de la guerra civil americana y la evolución posterior de la historia de la civilización occidental les arrumbaría a uno y otro al cuarto de los trastos viejos pero no a las alcantarillas de la historia y tanto uno como otro parecen cobrar inusitada actualidad los tiempos que corren, como lo ilustra el episodio –con el telón de fondo de un conflicto racial-) que aquí estamos comentando.

Los hombres no somos todos iguales, ni mucho menos. Ni tampoco los pueblos y las naciones. Y el mismo fundamento en el plano histórico puede reivindicar el postulado de la lucha de clases como el de la guerra de razas, aunque el primero se encuentre endiosado –y entronizado a nivel de un dogma político en el mundo de hoy- y el segundo en cambio se vea hoy como ayer rodado de tabúes.
Cadoudal fue el último jefe militar de la Vendée, exponente de una Chuanería campesina (por contraposición a los jefes procedentes de la emigración anti-republicana) Dirigió un atentado (que se recuerda como el "de la maquina infernal") contra Napoleon que fracasó pero causó muchas víctimas. Acabó en la guillotina en 1804 durante el Consulado, fiel a su compromisos y a sus convicciones. Y confieso que su figura me fascinó de antiguo y me ayudó a hacer llevadero mi gesto de Fatima en el recuerdo (o en mi conciencia como preferirán decir algunos) Su enemigo fue Napoleon, el mío lo fue el que la prensa global, en el mundo entero, en un tono e intencionalidad propagandísticos innegables, llamaban "Emperador de las conciencias", entre humaredas de incieso desde el principio hasta el final de su interminable pontificado
Y que el primero se ve puesto en entredicho en la actualidad USA más candente y rabiosa de hoy lo ilustra la cautela que habrá mostrado hasta ahora en relación con la situación creada en Ferguson el presidente Obama después de haberse pillado ya los dedos en otro caso que algunos presentan como gemelo del actual o su precedente o antecedente inmediato, el caso Travon Martin, del que acabaría desprendiéndose una verdad judicial que el actual mandatario de la Casa Blanca no dudó en despreciar e ignorar olímpicamente aún después de que el veredicto del jurado que juzgo el caso se convirtiera en sentencia firme y alcanzara el valor de cosa juzgada, como están haciendo ahora –a sus ancas se diría- en relación con los sucesos de Ferguson y los hechos que les sirvieron de detonante, un sector considerable de la prensa española.

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