jueves, octubre 24, 2013

SINDICATO DEL CRIMEN EN SOMOSAGUAS


Javier Verdejo, uno de los muertos en el armario que se saca ahora el Sindicato de Estudiantes sobre la marcha, era hijo de Guillermo Verdejo, alcalde de Almeria con Franco. No fue un caso único (de transbordo ideológico generacional por llamarlo así) Él, como Dulce Chacón, hija del alcalde franquista de Zafra, o Benavides, uno de los abogados laboralistas muertos en Atocha (nieto del general Ordaz) o Restituto Valero de UMD, "el niño del Alcázar", o Enrique Ruano, niño bien de Serrano (del colegio del Pilar) Pío Moa no está de acuerdo -así me lo hizo saber a mí- que España perdió también la segunda guerra mundial en el 45. ¿Qué sintoma o símbolo más cegador de desmoralización colectiva y en suma de derrota no obstante, que aquel fenómeno de abrazarse en masa a las banderas del bando opuesto, de los hijos y descendientes de uno de los bandos beligerantes en la guerra civil, como ocurrió en el tardofranquismo (ya desde finales de los cincuenta)?
¿Para que sirven las universidades? Una pregunta en el aire que se respira desde hace un rato, signo (se diría) del tiempo que vivimos, que cobra de pronto inusitada actualidad con la movilización de la que están siendo teatro los campus y universidades españoles orquestada por el llamado Sindicato de Estudiantes. ¿Para qué me sirvió a mi la universidad de que me sirvió mi paso por ella? Una pregunta a fe mía de difícil e incierta respuesta. No me atrevería no obstante a dar taxativamente la negativa por respuesta.

Es cierto que la universidad de mi tiempo -un poco como la de ahora- era terreno siniestrado o campo de batalla más que otra cosa, en particular -en mis últimos años de facultad- el campus de Somosaguas (hoy como ayer), y que cargamos un poco muchos de mis compañeros de generación en la Universitaria de entonces -de forma inconsciente o subliminal aunque solo fuera- con los deseos frustrados y los sueños y las esperanzas -que proyectaban fatalmente sobre sus descendientes (sus hijos y los hijos de sus hijos)- sin duda un tanto descabelladas vistas desde fuera de las generaciones que nos precedieron, en particular de la de nuestros progenitores, hijos de una época anteriores a la eclosión de las universidades de masas que fue el fenómenos mas tal vez más sobresaliente (puestos a analizar) de la generación que fue la mía.

Así, arrastré toda mi vida títulos universitarios -que no me regaló nadie, a costa del tiempo y del esfuerzo que le dediqué y también del sacrificio económico de los míos- con el sentimiento intimo y frustrante no obstante que no me habían valido la pena o que no me habían servido (prácticamente) para nada, y con un innegable sentimiento de inferioridad ante otros que sin títulos o sin tanta graduación o titulación como la mía habían encontrado de seguida -algunos de ellos mientras yo me debatía en la Universitaria aquella, siempre en medio de la tormenta- su puesto o su camino en la sociedad en los ámbitos laboral y profesional me refiero, por el que acabarían avanzando despacito y buena letra o ascendiendo a pasos de gigante algunos de ellos, y con la sensación también que la vida les había madurado a ellos más (y mejor) sin ese contacto como fue el mio con el ámbito universitario que tanto tuvo de traumatizante y empobrecedor (desde ciertos puntos de vista) como lo habré dejado sentado a menudo en mis escritos.
Una historia del SEU con un capítulo particularmente brillante y heroico, el de la División Azul. Su autor, del SEU heroico de la II República, acorde a testimonios concordantes que me llegaron en su momento no se dejó arrastrar por los cantos de sirena del tardo/franquismo y permaneció fiel a las lealtades, juramentos -y antagonismos- de sus tiempos de divisionario en Rusia (contra el comunismo)
Todo eso es cierto, lo pensé y lo sigo pensando, y sin embargo (...) No me arrepiento, no, asumo mis años de paso por la universidad por la experiencia tan fuerte para bien y para mal que para mí representaron, y sobre todo porque me dejaron -como señal de ungido- un afán (inmenso) de saber que me habrá acompañado toda mi vida y que tiene no poco que ver sin duda con esa pulsión memorística y un tanto grafómana tal vez (no sé) -que tanto parece intrigar a algunos-, y de la que habré dado tantas muestras desde que me puse a escribir en público y a diario como llevo haciéndolo ya desde hace unos cuantos años.

Como sea, las universidades siguen siendo fabricas de cerebros para la sociedad que las ve nacer en su seno y augura mal desde luego de un país, de una sociedad, de una civilización el que ese estamento tan crucial y tan critico a veces entre de pronto en crisis como ocurrió en mayo del sesenta y ocho, y como vendría a ocurrir -aunque de forma menos directa o más tangencial- con el movimiento de los indignados hace ahora dos años y medios de los que la agitación que están viviendo las horas que corren los campus españoles no vienen a ser -a mi juicio- mas que una de sus últimas secuelas o coletazos.

El Sindicato de Estudiantes, la organización (única por lo que parece) por la que llega ahora otra vez el ruido y el escándalo, que viene orquestando la agitación estudiantil, ahora y supongo que desde hace ya un buen rato -y hablo por conjeturas porque como todos aquí saben o se adivinan llevo una eternidad alejado de la Universidad española y de sus ambientes y cenáculos- arrastra un nombre cargado de resonancias aunque solo sea. En mi época el sindicato con vocación hegemónica lo fue "el Sindicato democrático de estudiantes" -conocido en Madrid con las siglas de SDEUM- del que el actual sindicato cabe suponer que sea el heredero natural por más que haya dejado caer el epíteto (como una apelación o marca de origen) de "democrático", que como el valor del soldado en las ordenanzas de Carlos III, se diría que hay que suponerles o sobreentenderles.
El enterrador mayor del SEU lo fue uno de sus fundadores, Dionisio Ridruejo, principal instigador de la revuelta estudiantil del 56 (sucesos de San Bernardo), modelo matricial u original de la que vendría a prender una década más tarde. En el 56, tuvo en frente suyo a un joven falangista auténtico (y ardiente, entonces) Francisco Umbral, colaborador estrecho de Juan Aparicio, como el propio interesado lo da entender -en clave autobiográfica un tanto complicada de descifrar- en su novela guerracivilista "Madrid 1940" La hostilidad a penas disimulada que Umbral reservó siempre en sus libros y escritos a la figura del célebre falangista disidente venía de allí precisamente
También podrían ser vistos -por la vía de la filiación espúrea e ilegítima (léase no reconocida ni asumida tampoco, ni en todo ni en parte)- como retoños del otro sindicato ("español) de estudiantes, el SEU, la rama universitaria de la Falange, que perduró en el franquismo en fase languideciente tras el final de la segunda guerra mundial y que se vería enterrado con los sucesos de San Bernardo (febrero del 56) aunque sus certificado de defunción vendría en el tardo/franquismo sólo, una década más tarde. Hijos putativos del SDEUM de mi época o descendientes biológicos en cambio del SEU falangista, está claro que este sindicato de estudiantes escogiendo o apostando por la vía de la confrontación y de la recuperación de la memoria de los vencidos se cierra fatalmente las puertas del futuro, a largo y corto plazo.

Como lo ilustran las pancartas (tan aparatosas) que sacan ahora a relucir en sus manifestaciones -contra "la contrarreforma franquista en la educación" (léase la LOMCE del ministro Wert)- y sobre todo esa querella que acaban de interponer -en plena movida de agitación- delante de la juez argentina (de la que ya me ocupé no hace mucho en este blog) que aceptó las querellas de los llamados "crímenes del franquismo", con lo que destapan el mismo signo -o sello -de manipulación ideológica- de la que adolecieron sus antepasados ideológicos (los de mi época)

Banda de delincuentes (políticos), esa es la imagen que da el (denominado) "sindicato de estudiantes" Sobre todo -a tenor de las escenas que nos están llegando por la red- en el campus (¡ay dolor!) de Somosaguas

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