martes, octubre 11, 2016

DOCE DE OCTUBRE DÍA DE LA CONQUISTA

Alberto Ezcurra (hijo del historiador argentino nacionalista Ezcurra Medrano), fundador de Tacuara en sus años jóvenes (finales de los cincuenta), que acabó´por meterse cura, en la obediencia al papa más estricta, de la idea que de él me quedó de mi estancia en la Argentina, en el marco de la Fraternidad de Monseñor Lefebvre, donde no llegué a conocerle pero del que seguí oyendo mucho hablar como había oído (enfervorizadamente) en España de labios de un amigo mío de juventud repatriado de la Argentina donde habá nacido y crecido y donde había militado en aquel movimiento nacionalista (según los de la TFP, “más que nacionalistas”) Ezcurra descendía de una familia de criollos -de ascendencia española- muy antigua pero cabe presumir que no ponía en discusión el hecho de la emancipación, ni la responsabilidad histórica (abrumadora) de aquella en dar al traste con todos los frutos (de civilización) que trajo consigo la conquista y colonización españolas de la América (ex-) hispana. Como no lo hacían en modo alguno el conjunto del nacionalismo argentino en ninguna de sus figuras mas destacadas y emblemáticas. ¿Acaso por eso acabó rindiéndose, lo que vendría a simbolizar de una forma u otra su abrazar el estado clerical? La pregunta me parece perfectamente legítima
Mañana se celebra la efemérides del Doce de Octubre fiesta nacional desde la instauración de la democracia, también lo fue en el régimen anterior (desde 1958) pero en tono menor, comparada a otro fiestas mayores -de efemérides histórico/patrióticas me refiero- como lo eran el Primero de Abril y el Diez Ocho de Julio conmemorativos respectivamente del Alzamiento y de la Victoria del bando nacional en la guerra civil española. Y al lado de otra efemérides de nuestra historia que reivindica ese (supremo honor) -aunque no reconocida en el ordenamiento en vigor- desde los tiempos de la transición como el Dos de Mayo, debo decir que la primera goza de mis preferencias, aunque no sabría a ciencia cierta decir si fue siempre así en mi espíritu y en mi memoria.

Recuerdo por ejemplo el sabor agridulce o si se prefiere insípido más bien que me dejaron las celebraciones del Quinto Centenario -en 1992- que seguí desde Bélgica donde residía desde hacía ya siete años, lo mismo que las evocaciones cinematográficas periodísticas o de otro tipo que vieron la luz entonces. Y sin duda me habrá hecho falta un largo trabajo de recuperación de la memoria para venir a apreciar en su justo valor (o así me lo parece) esta efemérides que algunos -sobre todo por parte del catalanismo beligerante, y de la indignación anti-sistema- se habrán puesto a vituperar ahora y a ponen (injuriosamente) en entredicho. "Recuperar la memoria es recobrar la vida", así concluía Ramiro de Maeztu su articulo “Defensa de la Hispanidad”-publicado en al revista Acción Española (del 16 de febrero de 1932)- (que daría titulo a su obra célebre) Ramiro de Maeztu había estado -durante dos años- de embajador extraordinario (y plenipotenciario) en Argentina (de febrero de 1928 a febrero de 1930) Curiosamente, su llegada fue saludada en el número inaugural -del primero de marzo de 1928- de la revista Criterio, tribuna periodística de los llamados Cursos de Cultura Católica, principal incubadora por no decir matriz primera de la corriente nacionalista. Nacionalismo argentino, ¡aparte de mí ese cáliz!

¡Menudo quebradero de cabeza -y no solo- el que represento para mí en mis años jóvenes! Los rechacé -siguiendo las pautas y las tónicas de la TFP que levantaban la bandera de la Tradición (con mayúsculas) por tierras de la América ex-hispana- por filo marxistas, conforme al juicio histórico sin duda severo del fundador de aquellos, el brasileño Plinio Correa de Oliveira que les acusaba de haber frustrado a generaciones sucesivas de jóvenes por tierras del río de la Plata y de haberles llevado (progresivamente) hacia la izquierda. Como lo ilustraría -hay que reconocerlo- la (espectacular) metamorfosis del movimiento peronista, tras la vuelta sobre todo de Perón a la Argentina al cabo de su largo exilio español. Y como sucedió (mutatis mutandis) con los falangistas en la España de la posguerra. En el caso español, la clave de ese misterio de trasvase ideológico -como así lo definía la TFP- radicaba sin duda en capítulos cruciales de la historia de España en el siglo XX como lo fueron el estallido de la guerra civil -y la suerte trágica que se vería reservado del fundador de la Falange a pocos meses de estallar la guerra.

En el caso argentino en cambio el diagnóstico era mucho mas complejo en la medida que sus raíces se hundían en el terreno viscoso y resbaladizo de algunos capítulos decisivos -y mal conocidos- de la historia de la América ex-hispana como lo fue el de la llamada “emancipación” que vino a traducir como lo vengo defendiendo en este blog- una auténtica rebelión mestiza (léase criolla) de signo anti-español, y mas antiguo por el túnel del tiempo,  hasta los principios mismos de la Conquista de América sobre la que planearía rápido la llamada Controversia de Valladolid -irresuelta hasta hoy- entre los partidarios de la conquista y los debeladores de la misma a la cabeza de los cuales se encontraría el padre Las Casas al que hoy hoy -singo de los tiempos- vemos camino de los altares (vaticanos)

Y toda esa revisión histórica que habrá seguido su camino en mi mente dese hace décadas -tras mi estancia del otro lado del Atlántico a finales de la década de los setenta- brilla por su ausencia en la defensa que hizo de la hispanidad Ramiro de Maeztu en su tiempo, sin duda por ese sino fatal de muchas grandes figuras de la historia del pensamiento de acertar (plenamente) en las intuiciones, errando (trágicamente) en los postulados.

El lema de la Hispanidad que le habría inspirado al célebre escritor -figura emblemática de la generación del 98- el reverendo (después monseñor) Zacarias de Vizcarra (con el que aquél coincidió en la Argentina)  era sin duda una genial intuición -y no menos profética- en la medida que venia a ser una repica al lema del Día de la Raza que propulsó el presidente (radical) Hipólito Yrigoyen, de orígenes criollos -léase mestizos, de españoles y de indios (y negros, cabe en su caso también suponer)- al hilo de la azarosa evolución semántica que sufrió el termino antes y después de la independencia americana- que sin duda pretendía reivindicar a su manera el mestizaje en masa que acabaría siendo una de las resultantes principales en el balance histórico de la colonización española.

La Raza (sic) de Yirigoen pues -no nos engañemos- no era la raza blanca a la que los españoles perenecemos sino la raz mestiza resultante del mestizage en masa de los tiempos de la colonia (promovido y bencedido por la Iglesia) El racismo larvado anti-español reinante en la Argentina en los tiempos del presidente Irigoyen -herencia innegable de la emancipación (y de la revolución de mayo) que trasluce en el lema aquél- fue denunciado por un autor de lo que se da en llamar un Noventa y Ocho menor -la bohemia madrileña irredenta en suma tan mal conocida y estigmatizada a caballo de dos siglos-, a saber Nicasio Perales -exhumado por algunos en los últimos años-, en varias escritos suyos de carácter memorístico, uno de los cuales -sin duda el mas polémico e incisivo- llevaba significativamente por titulo el de “Atorrántida” -país de atorrantes (y que se me perdone la humorada, de prestado)- fruto agridulce sin duda de sus experiencia de emigrante (español y gallego) por tierras del Río de la Plata.

El nacionalismo argentino tan declamatoriamente pro hispánico obviaba no obstante ese problema histórico insoslayable que planteaba y sigue planteando a la memoria histórica de los españoles la independencia de la América (ex) hispana. Y de esa visión color de rosa de los nacionalistas argentino heredaría fatalmente Ramiro de Maeztu lo que contribuiría no poco sin duda a que su obra célebre esté tan olvidada y que la advocación que traducía el titulo de la misma en cambio haya tenido mejor suerte en la historia de España en la posguerra como lo ilustra el que el doce de octubre fuese llamado día de la Hispanidad ya en los tiempos del régimen anterior y que la misma denominación fuera refrendada tras la transición y la promulgación de la constitución del 78 (en 1981) para desperecer años más tarde, (durante la era felipista) Doce de Octubre aniversario del descubrimiento y pari passu del inicio de la Conquista de América.

Ese es el brillo -del buen nombre y de la buena reputación- que la leyenda negra habrá conseguido empeñado hasta hoy en la mente de la mayor parte de los españoles. La conquista de América fue una de las grandes gestas de nuestra historia, y su fracaso se acabaría gestando en la culpabilización que la predicación misionera inculcó en los espíritus de este y del otro lado del charco, y que se vería plasmada en un fenómeno del mestizaje en masa con lo que la iglesia pretendía hacer redimir a los propios descendientes de los conquistadores el (según ella) pecado original de la Conquista.

Tales aguas y tales lodos, y el mestizaje en masa acabó cristalizando en la rebelión anti-española que se vería bautizada -en el lenguaje política e históricamente correcto en vigor hasta hoy- de “emancipación americana” Ese es a mi juicio -como leo vengo proclamando en estas entradas sin pausa ni descanso- el eslabón perdido o la clave de explicación oculta o enterrada de esa pasado que no pasa de la presencia española en América (comprable mutatis mutandis a nuestra guerra civil del 36)

Y por eso me permito reivindicar quí sin complejos la fiesta del doce de octubre que brilla fija y da esplendor una vez que se ve limia y desempolvada de la minero traza de leyenda negra (de inspiración nota bene americana, a través del funesto y renegado -y conquistador fracasado- Bartolomè de las Casas, santo de la devoción del papa argentino

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