miércoles, diciembre 30, 2015

MILLAN ASTRAY O LA RELIGIÓN DEL HONOR

El General Millán Astray, durante la guerra civil (1938) ¿No fue franquista? Sin duda. Fue él mismo. Semper ídem, fiel a sí mismo hasta el final de su vida. ¿No participó directamente en la guerra civil tampoco? Eso ya se discute. Por más que su papel exacto –y la enorme importancia y transcendencia de su papel de primer fila (post mortem)- no puede ser más estelar desde luego en este nuevo episodio (el del callejero madrileño) de la guerra civil interminable
Millán Astray, otro de los blancos de la cruzada iconoclasta de la alcaldesa Carmena, es sin duda uno de los nombres que más están cristalizando esa masa crítica que puede acabar dando al traste con la ley de la memoria y con todo lo que con ella se relaciona de una forma u otra. Según leemos en la prensa digital de hoy, de arriba a abajo de la cadena de mando de la Legión se estaría produciendo una onda de reacciones de protesta las horas que corren por las supresión de la calle de Madrid que lleva el nombre del fundador de la Legión, en el marco de los cambios en el callejero madrileño impulsados por el nuevo equipo –podemista, de izquierdas- que llegó a la alcaldía madrileña tras las elecciones –que en realidad perdieron- del pasado mes de mayo.

Una reacción corporativa en exceso tal vez (ese prurito de salvedades anti-franquistas o no/franquistas de los actuales legionarios), lo que se explica, sin que nos sintamos obligados no obstante a asentir a esa afirmación que se vierte en el artículo mencionado más arriba, que el general Millán Astray no participó directamente (sic)en la guerra civil. Estaba retirado del mando de la Legión y se encontraba a la Argentina cuando se produjo el Alzamiento, eso es cierto, lo que no le impidió no obstante el incorporarse de inmediato a la zona nacional y al séquito del propio Franco al que no dejaría ya ni a sol ni a sombra por el resto de la contienda.

Y según cuenta Umbral en su novela “La Leyenda del César Visionario”, su papel en el plano de la logística fue a su vez de la mayor importancia en la maquinaria de guerra del bando nacional, a saber la recuperación de todo el material enemigo abandonado en el transcurso de los combates, como así cuenta Umbral que sucedió en la batalla del rio Alfambra y la reconquista de Teruel. No sólo eso, a creer a Umbral el célebre legionario desempeñó un papel del primer orden en la propaganda de guerra del bando nacional, y se vería erigido en un verdadero icono de la retaguardia.

Como sea, está claro que Millán Astray es uno de los personajes de mayor colorido sino el que más de la novela mencionada de Umbral -obra cumbre a juicio del autor de estas líneas, de todas las del célebre autor- la mas lograda sin duda y la mas emblemática de todas las suyas, dedicadas a la guerra civil española. Tres escenas donde culminan pasajes de los más logrados de la Leyenda del César Visionario tienen como por causalidad a Millán Astray de actor principal o protagonista.

La primera, es la escena de la firma de autógrafos a sus admiradoras en plena calle de una capital de la retaguardia de la España nacional, acompañado de su escolta jóvenes legionarios curtidos de una ferocidad tersa y reciente (sic) como de cachorros de loba” (op. cit. p.80) La segunda, en la página siguiente es su encontronazo con el grupo de los falangistas de Burgos –los laínes como les llama Umbral- y con él que entre ellos llevaba la voz cantante, Dionisio Ridruejo, que si fue tal y como Umbral lo cuenta, es algo que inmortaliza de por sí al jefe legionario ante la historia.

A Ridruejo, el “emboscado” –que acabaría renegando de todo lo que predicaba y defendía- invocando ante Millán Astray sus poderes (sic), esos miles de muchachos falangistas (sic) que caían en los frentes -no más, en la vulgata joseantoniana/pura que se divulgaría en la posguerra y que acabaría contando con la caución (autorizadísima) del célebre ex falangista, que un masa de arribistas, de oportunistas y de falsos falangistas en resuidas cuentas-, una clientela en suma manipulable y utilizable en la sucesión de intrigas que no dejaban de urdirse en torno al cuartel general del Generalísimo, Millán Astray le habría espetado: ”no te pongas histórico hijo, que hasta la intelectualidad vale en una guerra. Yo ya no soy el que gritó muera la inteligencia…/…Mañana me llevo a Franco al frente a morir tal vez por vosotros, los intelectuales, ya veis lo que yo respeto la inteligencia” "Y –concluyendo así esa parte del relato- escupe sobre la mesa su cigarro masticado” (op. cit. p. 81)

Donde se insinúa un papel de guarda espaldas, de ángel de la guarda incluso, en Millán, de confidente y confesor (laico) del que había sido su compañero en a Legión, aupado entretanto a la jefatura del nuevo estado y del relato tan logrado de Umbral se desprende esa bofe de desprecio (cargado de razones) del jefe legionario para todos aquellos comparsas tan brillantes de camisa azul, que habían hecho –endiosándolo- un fetiche de su líder (fusilado en la cárcel de Alicante) Y en la otra escena que protagoniza Millan Astray y que concluye significativamente el último episodio de la novela se le ve (como siempre) junto a Franco en el frente de Carabanchel, arengando a los trincheras enemigas, en su estilo inconfundible que en la prosa umbraliana se ve magistralmente erigido en modelo de esperpento.

¿No participó directamente el general Millán Astray en la guerra civil, como pretenden algunos de los celadores de su memoria? Parece contradecirles, como sea, el protagonismo post mortem tan estelar que venimos presenciando, y que viene siendo el suyo en ese episodio o capítulo de la guerra civil interminable que re encendió la ley funesta de la memoria.

Millán Astray, padre fundador de una (nueva) religión del honor, y de la lealtad. Lo que explica con creces su actualidad   tan enigmática y tan sorprendente

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