jueves, diciembre 03, 2015

EXPULSIONES EN BÉLGICA ¡CRUEL DESENGAÑO!

Nunca, digo bien nunca, recibí la menor señal de solidaridad –con una excepción, la de una colaboradora (a todas luces muy joven) del semanario español (desparecido en el 2002) “El Sol de Bélgica” que se apiadó un poco en la páginas de esa revista de mi suerte- de españoles aquí en Bélgica o de sus descendientes, en las repetidas ocasiones que me vi puesto en la picota en los medios belgas –como se muestra en la foto-, o transitando por los canales –un tanto infernales- de la reinserción social y profesional que me vi obligado seguir por razones de fuerza mayor (sin derecho siquiera al célebre “artículo sesenta”), si quería seguir residiendo en Bélgica donde aquellos estaban bien presentes (siempre del otro lado por cierto de la barrera (léase de la mesa o de la ventanilla) ¿Por culpa de mi gesto de Fátima, por facha,-en la imagen que daban invariablemente de mí tanto lo medios españoles como los belgas-, o por no ser uno de ellos, del colectivo emigrante quiero decir de los sesenta, o por mi apellido alemán (de Krohn) tan visible y tan sonoro? Todo eso junto y bien revuelto mas bien, se me antoja. Como fuera, hoy me parece hasta cierto punto comprensible que un facha tan apestoso a sus ojos –con un apellido alemán además para más inri- no gozase de muestras de solidaridad (ninguna) entre los miembros del colectivo emigrante español en Bélgica (tan guerra civilistas ellos), pero a fe mía que el caso de esas centenas de jóvenes indignados –los cachorros en suma del 15-M-, víctimas de esas expulsiones (administrativas), y tan de izquierdas como aquellos, y a todas luces abandonados a su suerte, me interroga y me sorprende. ¿Guerra civilistas como los otros pero no lo suficiente? La historia de un gran desengaño como sea, el idilio del 15-M con Bélgica y con los belgas
A mojarse (otra vez) tocan. Expulsión de españoles -por lo general muy jóvenes, aunque algunos, no tanto- de Bélgica. Una serpiente de mar que salió a flote en los medios desde que en el 2003 empezaron a darse esos casos que acabarían totalizando entre el 2013 y el 2014 unos cuatrocientos entre las cuatro mil expulsiones de europeos (UE) para el mismo período. Y ahora, el tema sale de nuevo a relucir por el activismo de una plataforma - Asamblea 15-M de Bélgica/Marea Granate (o algo así)- que acaba de recibir una respuesta del parlamento europeo a una queja que presentaron el pasado año sobre el tema.

Me he estado leyendo con la mayor atención y todo detalle las declaraciones de la portavoz del mencionado colectivo, Sara Lafuente, doctorando de Sociología en la Universidad Libre de Bruselas –augusta/señora-, fotografiada en la terraza de un bar en cabeza del reportaje, que me invitan a mostrarme circunspecto y precavido por no decir escéptico en extremo. A confesión de parte eximición de prueba, de todas formas Y si fuera yo, por mi cuenta y riesgo, quien apuntara a la coloración política –indignada (innegable por lo demás)- de ese fenómeno de éxodo colectivo que se dio en los últimos años, en la resaca del fenómeno de indignación callejera que tuvo su auge en el 2011 y el 2012 en las calles y plazas de las principales localidades españolas, se me acusaría de partidismo o de ideas preconcebidas de inmediato.

El activismo y el protagonismo en cambio que vienen a mostrar los supervivientes de la movida aquella en defensa de las victimas de esas expulsiones politiza una causa justa, se me replicará tal vez, a algunos se nos antoja en cambio que viene a destaparla (por si falta hacía) En claro y en crudo, fue el grueso de los batallones del 15-M los que optaron (irresponsablemente) por la espantada, por dar el portazo al conjunto de la sociedad española- y por largarse más allá de los Pirineos sin importarles ni poco ni mucho la imagen de su país de puertas afuera, en busca de más libertad, de más justicia y de más democracia, lo que echaban de menos en casa (me refiero dentro de España) en un gesto de desafío colectivo, y de reacción de despecho y de respuesta airada a la vez –no nos duelen prendas- a la damnificación colectiva que la crisis inmobiliaria (y financiera) infligiría a ciertos grupos sociales circunscritos y fácilmente identificables, léase comprendidos dentro de esas nuevas clases que creó el régimen democrático en los últimos cuarenta años y que prosperaron –y treparon- a  costa de otras clases decadentes o en declive, en relación al menos a la situación que había sido  la de ellas en décadas de posguerra, o dicho sea para ahorrarnos eufemismos, durante el régimen de Franco.

Posgraduados con dos o tres idiomas, y con una fe en la democracia y en los valores democráticos a toda prueba y con toda la vida por delante y llenos de aspiraciones y de una fe en el futuro inquebrantable y con unas ganas de ir a comerse el mundo y unas fiebres de firmar hipotecas sin cuento, como nunca los suyos –vencidos de la guerra civil (una o dos generaciones atrás)- se habían visto en una igual hasta entonces. Y de la noche a la mañana en cambio, viéndose en el paro sin perspectivas, y desahuciados o a riego serio de serlo, sin comerlo (decían) ni beberlo. Y con pocas perspectivas además que la democracia/real que tanto anhelaban fuera algo ya de mañana mismo. El que esté libre que tire la primera piedra, porque sin duda que era mucho pedirles que aguantasen el temporal dentro sin acabar dando la espantada (como al final acabaron haciendo)

Igual que tú, me replicará aquí alguno. Mi caso es un tanto aparte, por lo atípico, pero no arrastré a nadie tras de mi, y a lo hecho pecho, escogí el exilio –que me diga el auto/exilio- y me comí yo solo el pan negro del exilio (y la comida de los perros) Y no lo hice tampoco en desdoro o menoscabo de mi país y de su imagen de puertas afuera (o de la marca España como ahora dicen)

Bien al contrario. Mi honor individual y familiar –el de mis dos apellidos, que llevé siempre de bandera bien alta-, fue lo único en juego en mi expatriación, o mejor dicho siempre a salvo, y a buuen recaudo. Los clisés denigrantes del pasado reciente como del remoto, en cambio, saldrían a relucir de nuevo (doy fe de ellos) con el éxodo de los indignados, en particular ese que se divulgó tanto en décadas de posguerra (triste secuela de la derrota en el 45) -y que esgrimiría tanto el exilio rojo/español por cima de los Pirineos, y reforzaría tanto la actitud de muchos de los protagonistas de las corrientes migratorias aquellas-, de un país de emigrantes, de gentes que huían de la dictadura (fascista) y a la vez del atraso y  del hambre (sic) y de la miseria.

Un espectáculo deshonroso –de vergüenza patria- parecido (mutatis mutandis) al que dio la emigración portuguesa en la misma época (huyendo de su país en guerra) Como sea, los casos que habrán venido saliendo a relucir en los medios en los dos últimos dos años, de españoles o españolas en Bélgica que se habrán visto blanco de medidas e expulsión piden ser mirados con lupa, caso por caso uno por uno y con el mayor de los escepticismos ya digo.

¿Bélgica conculca acaso derechos elementales o se habrá limitado a combatir la picaresca? La duda (legitima) se admite, desde luego. El motivo invocado en muchas de esas expulsiones (administrativas) lo habrá sido el abuso de las ayudas sociales. Y según la portavoz "morada", el simple, pedido de las mismas.Y por ahí se entra en un terreno que se presta a generalizaciones abusivas o a desinformación en los medios españoles, en la medida que el sistema de seguridad social belga es bastante diferente del de España, donde la asistencia pública hasta ahora se vio en manos de instancias u organismos no estatales, como Caritas, al contrario de Bélgica donde esa función asistencial se ve –desde el final de la Segunda Guerra Mundial- puesta a cargo de organismos de derecho público (los centros públicos de ayuda social, CPAS) y donde existen mecanismos, ausentes (hasta hora) en el sistema español, de ayuda e incentivo a la reinserción social y profesional como lo es el artículo sesenta –de la ley del CPAS- que en el reportaje que aquí comento se menciona sin más abundamientos que a fe mía que merece, y en el caso de que esto escribe, más si cabe todavía.

En claro y en crudo, me vi en el 96, tras nueve años de residencia legal en Bélgica, privado de los beneficios de esa disposición legal del derecho social belga que otorgaba –y pienso que lo sigue haciendo en iguales términos o parecidos- un derecho a toda persona desempleada a acceder a un empleo –por lo general modesto (trabajos manuales, o servicios administrativos)- en régimen de jornada completa y con vistas a poder acumular las horas necesarias –equivalentes grosso modo a un año de trabajo legal declarado o a dos años a partir (‘y dolor!) de una cierta edad- a fin de poder empezar a cobrar el subsidio de paro, algo que se prestaba –doy fe de ello- a bonificaciones o exenciones descaradas incluso, a partir del momento que se seguían los canales –legales- de la afiliación sindical (en Bélgica, o para los españoles que aquí afluían, en España), lo que en Bélgica no es obligatorio, ni en España tampoco (creo) y a lo que siempre me negué , por razones de principio que les serán fáciles de adivinar aquí a algunos. Como fuera, no era preciso afiliación sindical ninguna -y menos carnet de UGT o de Comisiones Obreras en el bolsillo (en teoría al menos)- para poder beneficiar del célebre articulo sesenta.

En mi caso no obstante, no fue así, no tuve derecho a trabajar por el  articulo famoso, porque se me me privó lisa y llanamente de él por culpa de “mis antecedentes”, algo en lo que cabía ver una decisión de tipo político o discrecional al menos de los responsables municipales de la “comuna” de Ixelles (aglomeración de Bruselas), en la medida que en los canales alternativos –y propiamente infernales algunos de ellos- de reinserción que fui obligado a seguir tras la negativa aquella, vi varios casos de personas con antecedentes (judiciales) que habían podido no obstante disfrutar de las ventajas del articulo sesenta, lo que en suma venía a ser la regla.

Excusado el decir que en todas esas fatigas en el plano social y laboral que fueron  durante bastantes años mi sino en Bélgica, no beneficié nunca del menor gesto de solidaridad de españoles aquí residentes, ni de sus descendientes tampoco –segunda o tercera generación de la emigración de los sesenta- muy presentes en los engranajes de la administración laboral y social en Bélgica y en particular en Bruselas donde mayormente habré residido desde que aquí llegué (en marzo del 87) Y que así ocurriera con un facha apestoso como yo debía serlo a los ojos de aquellos emigrantes ( o descendientes de ellos) marcados de guerra civilismo de la cabeza a los pies a todas luces, se explica (hasta cierto punto), y no me lo explico mucho en cambio, la verdad sea dicha, en el caso de estos centenares de jóvenes indignados que a todas luces se habrán visto abandonados a su suerte en tierra extranjera.

La portavoz de los expulsados se queja ahora que el recurrir a la ayuda del artículo sesenta fuera el pretexto legal para las medidas de expulsión. Dura lex sed lex. Y no tan dura ,si se piensa que se trataba de un beneficio legal inexistente en el sistema español, y herencia, eso es cierto, del peso político y social de la izquierda en Bélgica -en un caso un tanto atípico en relación con otros paises circundantes, como Francia, Holanda, Alemania o Inglaterra- en décadas de posguerra.

Bonito balance de fracasos, como sea, el que llevan a rastras los herederos del 15-M –voceros de su celebre eslogan “sí se puede, si se puede”- a la hora de pedir el voto, y de prometer amaneceres que cantan a los electores españoles, y en particular a los más jóvenes. ¡Oh cruel desengaño! (Bélgica y el 15-M)

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