jueves, octubre 29, 2015

¿CASTIZA LA REINA CASTIZA?


La defensa de la memoria de Isabel II (de su régimen) tiene un testigo fuera de toda sospecha en la persona de Ramiro Ledesma el (nacional) revolucionario que sabía también vestirse de burgués (v de señorito), y que escribió aquello de que “los espadones del siglo XIX fueron lo único de valor político que produjo aquella centuria española” Todos o casi todos ellos –Espartero, O’Donnel, Narváez (“el espadón de Loja”), Prim, Serrano- gravitando en la órbita del longevo reinado (de treinta y cinco años) de la reina castiza
¿Castiza la reina castiza? Ese es el interrogante que planea en mi mente de antiguo y que resurge ahora tras el anuncio de la aparición de una biografía –“El diablo en el cuerpo”- sobre Isabel II, “el (monarca) Borbón más interesante” como glosa su autora. Isabel II, más tal vez que el resto de los monarcas de la dinastía borbónica en su rama española me planteó siempre un problema.

Un problema histórico esencialmente aunque también estrechamente asociado a la imagen que de aquella reina se nos legó a generaciones sucesivas de españoles. Soy madrileño y parece así a primera vista incurrir en contradicción el renegar (de una manera u otra) de una reina y de un reinado en el que tanto se agrandó y modernizo la capital de España. Madrid, el Madrid que yo tanto frecuenté y me recorrí en mi infancia y adolescencia y primera juventud (hasta que me fui de España) recuerda o evoca a cada paso a Isabel II y a su largo reinado (de treinta y cinco años)

La recuerda el paseo de la Castellana, la recuerda el Retiro, la recuerdan el palacio de la Ópera (o Teatro Real), el palacio de Oriente, la recuerdan y evocan el callejero y las estatuas del barrio de Salamanca, del de Chamberí, los barrios del centro, Chueca, Santo Domingo, la recuerda la plaza del Callao construida bajo su reinado, uno de los lugares –en eso estoy de acuerdo con Umbral- más sugerentes, mayormente por sus puestas de sol, de toda la geografía urbana madrileña.

Y la recuerda también ¡ay dolor! el reloj de la Puerta del Sol, testigo –un poco mirón (voyeur)- de tantos dramas y tragedias (y también tragicomedias) de nuestra historia contemporánea desde que se vio instalado, en el reinado de aquella reina, y al que reservé un poema -de denuncia (o a modo más bien de conjuro)- en mi anterior libro, Guerra del 36 e Indignación Callejera.
Caricatura anti-clerical del reinado de Isabel II. Tales aguas tales lodos. La reina castiza no creía a todas luces en muchas cosas ni en muchos de los que la rodeaban. No creía por ejemplo en Sor Patrocinio la Madre de las Llagas, intrigante y cortesana ante/el/altísimo a costa de sus llagas (…) Se limitaba a sufrirlos, a soportarlos. Víctima de la hipocresía clerical en todo lo relacionado con el sexo, Isabel II, más que otra cosa. Pero eso es más a poner en el activo de su reinado y de su persona que otra cosa. Y ese lado emancipado -en avance sobre su tiempo- de la reina/castiza es lo que hacia las delicias de la propaganda anti—clerical (y subversiva) y a la vez lo que se les atragantaba a los papas de Roma
Un problema de imagen el que me planteó de antiguo la reina castiza que es lo que traduce en mi mente sin lugar a dudas el conflicto irresoluble entre el compromiso histórico que se sello en la guerra civil entre las memorias antagónicas de cada uno de los dos bandos enfrentados durante las guerras carlistas por un lado, y por el otro, una memoria recalcitrante e irreconciliable del carlismo vencido que vendría a encarnar la figura y la obra de Ramón Valle Inclán, y en particular su obra inacabada –un detalle todo menos trivial- de “Ruedo Ibérico”, una sátira inmisericorde del reinado de Isabel II, de la reina y de todos los principales personajes de la corte durante su reinado.

A lo que vendría a sumarse una tradición republicana, cumpliéndose así una ley histórica que se puede definir con ayuda del adagio “los extremos se tocan”, o en otros términos, que el destino acaba aproximando a los sucesivos bandos vencidos que jalonan el curso de la historia, como ocurriría con republicanos y carlistas (recalcitrantes) Tal y como lo ilustra el episodio histórico de la tercera guerra carlista que se re encendió durante la I República y a la que solo se pondría fin tras el golpe de Pavía y del subsiguiente pronunciamiento de Martínez Campos que restauró la monarquía.

Y tal y como lo ilustran algunas trayectorias emblemáticas de algunos personajes de nuestra historia contemporánea o de la historia de nuestras letras, como Pedro Luis Gálvez, exponente de la bohemia del primer tercio del siglo XX -un Noventa y Ocho menor como Umbral los calificó- de ascendencia familiar carlista y que acabo destapándose como un gran asesino durante la guerra civil española –viéndose envuelto, por ejemplo, en, la muerte de Don Pedro Muñoz Seca-, o como el líder comunista (disidente) catalán Andrés Nin, de ascendencia carlista como el anterior, igual que Ignacio Hidalgo de Cisneros (y López de Montenegro) –descendiente en línea directa del último virrey español del Río de la Plata- que fue ministro de la Aviación roja durante la guerra civil, afiliado al partido comunista. O como el comunismo vascongado de la guerra civil, de extracción carlista –al contrario de lo que ocurría en el PSOE de aquella región- todos o casi todos ellos

Valle Inclán le hizo sin duda mucho daño a la memoria de la reina castiza. Un casticismo el de Isabel II del que lo menos que se puede decir es que tenía algo de extranjero –como esos turistas de países del Norte de Europa que se entusiasman (hasta el delirio) con el flamenco y el toreo mucho más que los propios autóctonos- y como tal de exagerado o carente de un punto de sazón o de equilibrio (castizos), de lo que carecía en su origen su propia dinastía.

Una reina a la que gustaban los toros, y a la que gustaban los hombres, lo que no es criterio determinante -en los baremos de la mentalidad de la mujer y del hombre de hoy- para condenarla, ni descalificarla, ni siquiera para poner en entredicho su honor femenino, como sin duda pretende probar ahora su biógrafa.

En el reinado de Isabel II –en eso se equivoca la autora- España había perdido ya el grueso de sus colonias, y se llevaron en cambio a cabo operaciones de prestigio en política exterior con suerte desigual, en el Pacífico y en el Caribe donde España consiguió la anexión (temporal, por pocos años) de Santo Domingo léase la parte de la isla Española que escapaba al control de la república (negra) de Haití vecina.

Y cuando un primer ministro –Narváez, el espadón de Loja (Valle Inclán dixit)- era capaz de poner en sus sitio de un par de guantazos (o de patadas) al mismísimo embajador de su Graciosa Majestad (inglesa) Un reinado en claroscuro de los más largos de nuestra historia (treinta y cinco años de duración) y de un balance contrastado, del que puede servir de glosa la frase de Ramiro Ledesma, que los espadones del siglo XX habían sido lo único de valor político (sic) de aquella centuria española. Espartero, O’Donnell, Diego de León, Narváez, Serrano, Prim, todos ellos a su manera rinden homenaje póstumo en la memoria a la reina castiza, la de los tristes destinos.

Incluso los carlistas vencidos que buscaron en mayor o menor medida todos ellos el engraciarse con Isabel II y con su régimen. Con una excepción notable, la del cura Santa Cruz, en el que los etarras veían el verdadero padre del nacionalismo vasco. Del enemigo el consejo (…)

Lo dicho, honor a la reina castiza que no era tan castiza y que se llevó al exilio –y para la posteridad- el honor y la buena fama de la España de su época, con el nihil obstat (sus detractores) del papa de Roma, de una iglesia que no tiene más honor (sic) que el de nuestro/señor –como rezan, en francés, cantos piadosos del pasado/glorioso, que fue precioso (y que nos miente, como cantó el poeta)

Y que tal vez por eso –y a tenor del juicio que (del decir de su biógrafa) merecía Isabel II el santo/papa Pio IX (el de la infalibilidad pontifica y del culto al sagrado/corazón)- se sentía en el derecho de arrebtar olímpicamente de honor y de fama a sus propios fieles, incluso a los más encumbrados en dignidad y honor. y  a paises y pueblos enteros, de entre sus más fieles. Como los españoles.

Un carlismo sin sotanas –Narváez dixit-, eso es lo que escocía al santo/papa de Roma de lo mejor de la España de Isabel II

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