sábado, octubre 17, 2015

ALZAMIENTO EN BARCELONA TRAICIÓN DE LA GUARDIA CIVIL

Fotografía que fue publicada en el Paris Match. Destacamentos de guardias civiles aguardando en la Vía Layetana de Barcelona, la mañana del 19 de julio de 1936, el arranque de la columna que contribuyó decisivamente a hacer abortar el Alzamiento en la Ciudad Condal, haciendo sofocar los principales reductos sublevados en la plaza de la Universidad y en la plaza de Cataluña. Guardia Civil irredenta ante la historia y en la memoria colectiva de los españoles. A imagen de la dinastía borbónica bajo la que sería fundada

La batalla de Barcelona del 19 de julio del 36 y de la mañana del dia siguiente, me persiguió subliminalmente –como el asalto al Cuartel de la Montaña en Madrid, y antes aún, como la mismísima batalla de Stalingrado (...)- siempre hasta hoy en mis lecturas e indagaciones y reflexiones y conversaciones sobre la guerra del 36, rumiando y rumiando ese asunto en mi mente sin parar hasta hoy y sin atreverme nunca a hincar el diente –presa de una inhibición invencible (por lo que fuera)- al relato histórico pormenorizado (y cronometrado) de lo que realmente sucedió en la capital catalana aquella fecha tan fatídica y tan decisiva en la historia de la guerra civil española.

Y se puede decir que la habré vivido ahora tantos años después en propia carne –los nervios a flor de piel-, como viví hace cuatro años –en el 75 aniversario, en una serie de entradas que publiqué sobre el tema en mi anterior blog de periodista Digital y en el intercambio de comentarios al mismo y de respuestas que se siguió- el asalto al cuartel de la montaña que mi difunto padre adolescente –que residía entonces la calle Altamirano muy cerca de allí- vio con sus propios ojos asomándose al patio del cuartel la tarde del día 20 todo ensangrentado y cubierto de cadáveres, la misma instantánea grosso modo que daría la vuelta al mundo horas después gracias al agit prop de la Komintern que la difundió en cuestión de horas a las cuatro esquinas del planeta.

Y he vuelto a hora a revivir la batalla de Barcelona –al calor de la actualidad más reciente (y en particular la conmemoración anteayer por el conseller felón de la muerte de Luis Companys)- por mi cuenta y riesgo ya digo, sirviéndome de algunos documento privilegiados sobre el tema y en particular de un reportaje casi fotográfico por lo pormenorizado y fácil de lectura a la vez de la batalla (campal) de Barcelona entresacada de uno de los clásicos mas divulgados sobre la historia del Alzamiento y de la guerra civil –que gozó de grande boga en los últimos años del régimen anterior-, a saber “Tres días de julio” de Luis Romero, barcelonés de nacimiento, que tomó parte –en las filas de la Falange barcelonesa- al Alzamiento en la Ciudad Condal tras lo que fue recluido en el cuartel/fortaleza de la montaña de Montjuich y a punto estuvo de seguir la suerte de tantos otros, fusilados en los fosos de la fortaleza, y que tras la guerra civil combatiría voluntario en la División Azul.
El 19 de julio del 36 a las dos (en punto) de la tarde, en plena batalla campal por calles y plazas de la Ciudad Condal cuando la suerte no estaba aún  ni mucho menos echada el entonces coronel de la Guardia Civil, Antonio Escobar –católico meapilas y con una hija monja-,seguido (a prudente distancia) del jefe de la Guardia Civil en Barcelona y en Cataluña, el general Aranguren, avanzó -en direccion de la plaza de la Universidad y de la plaza de Cataluña tomadas por los sublevados- al mando de una formación motorizada de ochocientos guardia civiles de todos los acuartelamiento de la Benemérita en Cataluña, por la Vía Layetana y al pasar por delante del balcón de la comisaria de Orden Publico de la Generalidad donde se en encontraba Companys dando vivas a la República y a Cataluña, mandó alto y con el tricornio puesto se volvió del lado de aquél y le saludó militarmente al grito de “¡a sus ordenes señor “president!” Ese es el pasado de guerra civil que viene intentando contra viento y marea desenterrar el conseller felón empecinándose en rehabilitar a aquel del que se considera el sucesor institucional, y a aquel otro –el guardia civil traidor- del que se considera a todas luces heredero ideológico (y religioso y espiritual) ¡Enjuiciamiento ya del “president” por alta traición y por incitación al odio fratricida y al enfrentamiento entre españoles!
Y como siempre lo pensé en la idea confusa que arrastré hasta hoy de los acontecimientos aquellos, me veo en la tesitura de concluir –como lo hicieron ya tantos otros hasta hoy- que el fracaso del alzamiento en Barcelona es la crónica de una gran traición, la de la Guardia Civil de la capital catalana –y del conjunto de Cataluña- y de sus mando supremos el general Aranguren y el coronel Antonio Escobar católico –de comunión diaria hay que suponer (siempre se dijo al menos)- de una familia de derechas, de militares monárquicos y –para mayor inri- con una hija monja en la Adoratrices.

A las dos de la tarde del 19 de julio del 36 –cuando la suerte de la batalla de Barcelona permanecía aún indecisa- avanzó con una formación motorizada de unos ochocientos guardia civiles a su mando –procedentes de todos los acuartelamientos de la Benemérita en Cataluña- por la Vía Layetana en el centro de Barcelona y al pasar a la altura del balcón de la Comisaria de Orden Publico donde se encontraba asomado Luis Companys dando arengas y vítores a la República y a Cataluña, Escobar mandó alto, y con el tricornio puesto se vuelve del lado de Companys saludándole militarmente, al grito –hay que suponer en catalán- “¡a sus ordenes señor presidente!” (o president) A partir de ese momento la suerte de los sublevados que combatían valerosamente en plazas y calles de la ciudad- en la Plaza de Cataluña en la plaza de la Universidad, en el Paralelo, en Capitania, en las Atarazanas, y habían mostrado mucha más decisión y arrojo que los sublevados de la capital de España, estaba echada.

Los dos guardia civiles (en mando) felones, decidieron pues por su cuenta la suerte de la batalla de Barcelona, todo lo demás es grosso modo literatura y guerra de propaganda, por más que no haya que menospreciar el protagonismo (asesino) de los anarquistas, por su control nota bene del barrio chino de Barcelona (¡faltaría!) – a su entrada por las Ramblas- con lo que impidieron el enlace entra las unidades sublevadas que habían ocupado la plaza de Cataluña y posiciones colindantes, con Capitanía y el cuartel de la Atarazanas en la zona del puerto de Barcelona. Del relato de Luis Romero se viene a saber también que el general Goded tras verse perdido, pretendió pegarse un tiro lo que no consiguió, algo que sí consiguió en cambio en la noche del 19 al 20 de julio el hermano del general Mola, capitán Ramón Mola Vidal atrincherado en el cuertel de las Atarazanas.

Su gesto a él solo –sin contar con el heroísmo y la energía y decisión y coraje que derrocharon tantos sublevados en la jornadas aquellas- salvó el honor del ejército en la Ciudad Condal, el cual se vería puesto en entredicho en la posguerra, en la medida que el régimen de Franco a partir del 45 sobre todo antepuso el buen nombre y buena imagen –de fachada- de la institución castrense a una depuración completa de responsabilidades políticas –y militares, a todos los niveles y conductos de la cadena de mando- en el estamentos castrense por actuaciones en el alzamiento y en la guerra civil, y ni se investigó ni se intento aclarar todo el engranaje de complicidades que llevaron a que la Benemérita en bloque se enfrentase en toda Cataluña –y por vía de consecuencia, en todo el Levante español y en la región murciana- a los partidarios del Alzamiento.

Y en ese blanqueo sistemático y contra toda evidencia de la Benemérita puesta fuera de sospecha en la posguerra funcionó de cortada la actuación heroica del capitán Cortés refugiado con en el Santuario de Santa María de la Cabeza con guardias civiles acantonados en Jaén, la capital, de todos los pueblos de la provincia.

Pero la comparación no era acertada ni pertinente, ni por la magnitud de la traición catalana –y en todo el Levante español (…)- ni por el papel determinante y decisivo de esta última en el estallido de la guerra civil que sin aquella no habría acabado deflagrando.

Una institución irredenta ante la historia y ante la memoria histórica colectiva de los españoles, la Guardia Civil, como la dinastía borbónica a la que desde su fundación permanece indisolublemente unida aquella en la memoria

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