martes, septiembre 20, 2016

LUXEMBURGO O EL PASADO AÚN EN LA GARGANTA

El autor de estas líneas en Luxemburgo, capital del Gran Ducado. La foto es de hoy lunes (19 de septiembre) Era de justicia esa visita tras treinta años de residencia en Bélgica del autor de estas líneas. Y sin duda que el análisis introspectivo de esa alergia o inhibición que me llevó a aplazar hasta hoy mi visita hacia el más pequeño país de Benelux, que cristalizó de antiguo las fobias y obsesiones de muchos españoles -mayormente de una generación anterior a la mía- hacia la construcción europea y hacia su precursora -la Europa del Mercado Común- por el poder exorbitante y la capacidad de intriga (anti-españolas) -en tiempos del régimen anterior- que atribuían a la diplomacia de Luxemburgo con razón o sin ella, nos llevaría a llenar muchas paginas de estas entradas. Me sentí bien hoy, como sea, en en este antiguo bastión del poder español por cima de los Pirineos. Las cosas claras
Luxemburgo (Gran Ducado) El pasado que no pasa, que se nos quedó atravesado, en la garganta. Como a mí me ocurre, y conmigo sin duda a muchos otros españoles. Y lo sentía hoy más vivo que nunca en la visita que hice durante el día a la capital de Luxemburgo, erigida junto a la hoz de gran hondura que traza en su lugar de emplzamiento el río que la atraviesa, un afluente del Mosela, y viniendo a ser así fortaleza natural mas inexpugnable (e impresionante) en territorio europeo -(re) fortificada en gran parte por los españoles-, que llevó a los ingleses o a la propaganda turística -de sello anglosajón- a bautizarla (un tanto insidiosamente) de Gibraltar del Norte. Luxemburgo, la capital y el territorio del Gran Ducado fueron el bastión más seguro del Ejército de Flandes, el de los últimos leales también, donde al contrario que en otras zonas de los Países Bajos la lealtad a la causa de España estuvo siempre fuera de discusión desde el principio hasta el final de las guerras de Flandes (incluida la guerra de los Treinta Años) En Luxemburgo lo tuvieron siempre claro ("entonces") -a favor de España (y en contra de los insurrrectos holandeses)- lo que no fue siempre el caso en lo que es hoy Bélgica.

Y allí como lo recordaba Eugenio Montes en su memorable articulo de ABC de los años treinta (“La vuelta del Duque de Alba”) los Tercios españoles enterraron sus ultimas alabardas. El poder holandés consciente de la importancia estratégica de Luxemburgo y del reto formidable en el plano de la memoria de larga presencia española allí acertó en el momento de la revolución belga (1830) que dio nacimiento al estado belga independiente acertó a preservar -con ayuda nota bene militar prusiana- su soberanía (mas bien nominal)  sobre aquellas tierras, separadas -a gran distancia- del territorio bajo soberanía holandesa. Los mismos condicionamientos que le llevaron sin duda a la monarquía holandesa a conceder la independencia al Gran Ducado, al precio de su neutralidad (en un caso comparable mutatis mutandis al de Suiza) En Luxemburgo hoy se notaban mucha presencia francesa -de los miles de franceses que viene a diario a trabajar allí- y también portuguesa, el segundo Portual -deseo o realidad- como lo llaman los propios portugueses. Y esa presencia -y protagonismo por intimo o modesto que sea- de los portugueses en el antiguo dominio español era tal vez -¿para qué negarlo?- lo que más se me atragantaba paseándome por la ciudad en la visita que allí hoy hice.

Un fenómeno (cargado de interrogantes) de la primera magnitud -esa masiva presencia de inmigración portuguesa- de entre los que configuran el presente de Luxemburgo y que no deja de gravitar (de cerca) sobre su horizonte de futuro Una secuela lejana, como sea, de la Guerra de los Treinta Años y su desenlace que consagro a la vez la independencia de Holanda (Provincias Unidas) y de Portugal a costa el Imperio español por cima de los Pirineos. ¡Vértigos de la memoria en Luxemburgo ex- hispano (capital del Gran Ducado)! A la medida de los precipicios -propiamente de espanto- que a cada paso le acometen y rodean

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