viernes, septiembre 16, 2016

ESPAÑA Y EL NACIONALISMO ARGENTINO

El criollo Borges, que es lo que era en el fondo de su ser, por mucho que se sintiese inglés, y por mucho que hubiese asumido la cultura y la lengua y literatura anglosajonas -lo que ilustró en su momento con comentarios despreciativos hacia su propia lengua castellana- dignificó no obstante la lengua de Cervantes a escala del planeta, hay que reconocérselo. El autor de estas lineas (en lo que me sigue pareciendo un detalle todo menos trivial o anecdótico) se lo cruzó -durante la Segunda Junta militar argentina (general Viola) nota bene, en el verano austral de diciembre del 78, enero del 79- por la calle Florida, reservada al paso de peatones, en el centro de Buenos Aires, y lo visualizo perfectamente aún hoy, a pesar de tantos años como ya transcurrieron. De rostro muy atildado, vestido elegantemente de abrigo beige y corbata -y chaqueta sin duda por debajo del abrigo-, completamente ciego (por las trazas) y como transportado en volandas por su secretaria -mujer rubia y alta y corpulenta, de fisonomía europea (nórdica)- que le llevaba literalmente agarrado de los hombros. Borges era un retoño del nacionalismo argentino -en su versión anti-peronista nota bene- como lo ilustrarían los lazos de parentesco espiritual que él siempre asumió y reconoció con el escritor vanguardista (un tanto excéntrico y tributario del ultraísmo español) Macedonio Fernández, gran amigo del padre de Borges y notorio nacionalista
En mi última entrada en este blog (“Homero y la Falange literaria”) dejé sentado que el mayor poeta de la Antigüedad griega y su obra eran ilustres desconocidos de antiguo en la sociedad española, y a la vez convidados mayormente de prestado en el firmamento de las letras en lengua española, sobreentendido en el castellano de la Península. Una salvedad no obstante que me debería haberme tomado la molestia tal vez de formular de modo explicito -por lo que tenia de olvido mas o menos subliminal (léase inconsciente) de otras tradiciones literarias en lengua española, era en particular la que ofrecían las que se da en llamar -en lenguaje autorizado por la Real Academia- literaturas panhispánicas, del otro lado del Atlántico, en los países de la América hispana, o ex-hispana. Un lapso del que no me culpo en absoluto pero que se merece aquí  una explicación.sin duda alguna.

Y es la que me brinda a mi mismo y a los demás ese problema (sic) que arrastro de antiguo con la América ex hispana léase con el conjunto de países surgidos de la Emancipación Americana. Con algunos de ellos más que con otros, y entre todos, sea tal vez la Argentina donde residí grosso modo en permanencia el tiempo que residid (hace ya tanto) del otro lado del Atlántico el país que cristalizase tal vez mayormente ese problema (sic) al que aquí aludo. Y cuando hablo de Argentina me refiero sobre todo a un movimiento o corriente cultural con el que estuve en contacto directo por no decir plenamente inmerso en su seno el tiempo que allí residí hace ya tanto, a saber el nacionalismo argentino.

Un problema intelectual y del orden ideológico y espiritual al mismo tiempo el que me planteó el nacionalismo argentino -que ,po me planteóen cqmbio (nota bene) el helnismo paganizante de prestado (del modernismo francés) de un Rubén Darío- comparable al que arrastro de antiguo también con otros movimientos con los que se puede relacionar a aquellos en el plano de la genealogía, como lo son los nacionalismos peninsulares -el vasco, el gallego y el catalán- y también el nacionalismo flamenco del que que habré tratado en abundancia en este blog y también en algunos de mis libros recientes.

El nacionalismo argentino se distinguiría por aportaciones nada desdeñables en el plano cultural por mas que en el plano político nunca fuesen mucho más allá de un papel de comparsa o de segundo plano en el marco de la brecha fundamental -entre peronismo y anti-peronismo- que habrá marcado la historia argentina desde los tiempos de la inmediata posguerra tras el 45 y de la llegada al poder del general Perón (primera presidencia)

Y una figura en concreto un tanto atípico de la que siempre oí citar en los medios argentinos nacionalistas se caracterizaría por su labor de difusión y de recuperación del acervo de la antigüedad clásica griega y en concreto de Homero y de sus dos grandes poemas, y me estoy refiriendo a Leopoldo Lugones, helenista de relieve y que va de maldito de la historia argentina -por su adhesión al fascismo al final de su vida (antes de su suicidio en 1938)-, objeto no obstante de una rehabilitación gradual en las últimas décadas. Lugones era un heterodoxo -de juventud izquierdista y de ascendencia familiar laicista y librepensadora- que el nacionalismo argentino acabó recuperando -y reconciliando con la santa madre iglesia- de forma análoga a como la iglesia española acabaría rehabilitando y reconciliando (canónicamente) con Roma y el magisterio eclesiástico a una figura de perfiles tan heterodoxos como lo seria en vida Don Miguel de Unamuno.

En Argentina (aquí ya todos lo saben) me vi envuelto en un contencioso -en el plano ideológico y espiritual mas que nada- con el nacionalismos argentino y algunos de sus corrientes que me llevaría a entrar en conflicto abierto con algunos de sus representantes y a abandonar un tanto precipitadamente el país -sintiéndome amenazado- en los tiempos que inmediatamente precedieron a la guerra de las Malvinas. Hoy sigo pensando que la guerra de las Malvinas y su desenlace son algo a poner forzosamente en el pasivo del balance histórico del nacionalismo argentino. Como una conclusión del proceso histórico iniciado con la llamada Revolución de Mayo (1810) que daría la señal de arranque a la (llamada) Emancipación Americana y vendría a dar a luz a una rebelión mestiza -de un carácter primordialmente étnico/racial- de singo anti-español en abierta ruptura con el pasado español de América, y que en lo que tenia de nacionalismo criollo y mestizo estaba llamado a entrar en conflicto mas o menos directo con otras potencias hegemónicas europeas como Inglaterra, o heredera por los lazos de la genealogía histórica, de la civilización occidental como lo eran los Estados Unidos.

A todo pecador, misericordia, reza un dicho en francés. Y hoy veo al nacionalismo y a los nacionalistas argentinos desde un óptica un tanto diferente a como les veía hace treinta años. A saber, de meras victimas de aquella ruptura, y era en la medida que sus fundadores y principales protagonistas no venían menos a encarnar esas minorías -mas o menos importantes en el plano demográfico pero no menos minoritarias- de ascendencia europea -incluida la emigración española en Argentina de los dos últimos siglos- y de rehenes en definitiva de aquellos poderes “criollos” que habían operado en el omento de la forja moderna de la nacionalidad argentina una ruptura consciente con la memoria histórica de la presencia española por aquella tierras. Tal y como lo ilustra el perfil biográfico de algunos -por no decir la practica totalidad- de sus exponentes conocidos. Lo que les llevaría a ensayar un compromiso histórico -abocado fatalmente al fracaso- entre las secuelas (omnipresentes) emancipación/americana y la memoria de la conquista española de América y de su labor colonizadora -léase civilizadora- de aquellas tierras.

Un fracaso histórico que se vería consumado como digo en la guerra de las Malvinas. Y del que a fe mía que no veo más salida para ellos que a través de un proceso de reconciliación con España y su pasado histórico en América -y de superación (como paso obligado) de aquella ruptura histórica- en la que a los nacionalistas, léase los que arrastran ese legado histórico e ideológico les cabria un protagonismo del primero orden. Así quiero verlo, y así lo deseo (ardientemente) y así lo espero

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