jueves, febrero 05, 2015

MAYO DEL SESENTA Y OCHO ESPAÑOL, UNA VISIÓN DE CLASE ( Y ANTI-MARXISTA) LA MÍA

Madrid, la capital de España y del antiguo Imperio español que llegaba hasta Bruselas, es como un viejo palimpsesto donde se escriben sucesivamente –con sangre- (y se borran) paginas de historia a cual más dispar las unas de las otras. ¿Qué tiene que ver el Madrid de hoy ni siquiera el de los jóvenes y menos jóvenes que votan a Podemos y aplauden a Pablo Iglesias, con la checa colectiva inmunda y sanguinaria que pinta Agustín de Foxá en su novela? ¿Con esa masa enfurecida, venidos todos o casi todos de los barios "castizos", que asaltó -con la ayuda preciosa de la aviación republicana que bombardeó repetidamente a los sublevados (viniendo de Cuatro Vientos), y de los cuerpos armados, el de asalto e incluso la guardia civil- el Cuartel de la Montaña, dejando el patio (una foto que el agit prop del Komintern hizo dar la vuelta al mundo en pocas horas) plagado de cadáveres como mi difunto padre –un adolescente de diez y ocho años- vio de sus propios ojos (espantados) la tarde del 19 de julio del 36, que vivía unas centenas de metros más arriba, en la calle Altamirano?
Llama poderosamente la atención el influjo y el poder de irradiación que sigue ejerciendo la figura de Ramiro Ledesma, especialmente entre gente joven. Alguien me comento un vez que Ramiro fue siempre un autor muy leído (tras su muerte) Y ya evoqué aquí en alguna ocasión la anécdota en tercer curso de la facultad de derecho de la Complutense –curso del 70-71- cuando en la clase medio vacía –sin duda por ser un grupo poco numeroso, y también por lo temprano de la hora- don Juan del Rosal catedrático de Derecho Penal, granadino, siempre muy pulcro –de chaqueta y corbata lo que le hacía aún más doctoral si cabe-, que nos impartía él personalmente las clases lo que no hacían otros, interrumpió el hilo de su disertación para exclamar “¡Ramiro Ledesma Ramos era un intelectual! ¡un gran intelectual! –recalcó- “Ustedes no le conocieron”

Y se me quedaría grabado hasta hoy el silencio sepulcral y el estupor que sus palabras produjeron en el auditorio. Intelectual lo era sin duda Ramiro, por su formación universitaria –estudió Filosofía y Letras en la rama de Filosofía pura que término y Ciencias Exactas que no terminaría-, por sus escritos, por sus frecuentaciones, de personalidades del mundo intelectual y de reuniones y cenáculos literarios e intelectuales de todo tipo. En los ámbitos universitarios y académicos sin embargo –en España y no digamos fuera de ella- el nombre de Ramiro hoy por hoy no dice absolutamente nada.

¿Por qué? Sin duda por su militancia política tan inequívoca, sellada con su muerte a comienzos de la guerra civil, que en la medida que esa guerra civil interminable sigue riñéndose todavía –como aquí ya lo dejé sentado- y que las universidades españolas siguen adoleciendo de una (clara) hegemonía de izquierdas desde los tiempos de la transición, es lógico (hasta cierto punto) y comprensible que Ramiro Ledesma su nombre y el conjunto de su obra –más bien breve por razón del poco tiempo que tuvo de vida- sigan siendo campo de batalla, por no decir escenario o teatro privilegiado de guerrillas o contraguerrilla urbanas.
Ernesto Giménez Caballero, retratado durante la guerra. Fue claro exponente de una visión de clase –“al revés”, anti-marxista- de la guerra civil, que vertió en alguno de sus testimonios sobre su experiencia –traumática en extremo- de los primeros meses de la guerra en el Madrid rojo donde se vio atrapado hasta que pudo escapar el mes de Octubre en una avioneta. En ellos zahería al populacho madrileño -de barrios bajos- que de crueles y capaces de todos los desmanes y salvajismos se volverían de golpe serviles y adulones en extremo –en especial las mujeres (…)- tras la Victoria
¿Sólo por eso? Está claro que no. Ramiro Ledesma era en gran medida hijo de su época, los años de entreguerras, y no podía menos de respirar el ambiente intelectual de su tiempo que en cierta medida le entraba por ósmosis -o por perfusión- lo quisiera o no lo quisiera. Y en aquellos años se puso de moda en toda Europa una corriente intelectual en distintos ámbitos o dominios, el ideológico inclusive por supuesto -que tras el 45 se vería objeto de execración y censura de las más rigurosas-, radicalmente contraria no tanto a las Luces como a la declaración de los derechos del hombre de la Revolución Francesa y demás producciones t textuales de las suyas (en el orden de los principios)

Y un mentís a esa amalgama tan corriente y de libre circulación en los ámbitos académicos y universitarios, entre las Luces y la Revolución Francesa lo orce el ejemplo de Joseph de Maistre, que ya evoque aquí repetidamente en mis últimas entradas. De Maistre era hijo de las Luces –llego a ser masón (iluminista)- y sin embargo acabó siendo el mayor debelador filosófico de la Revolución y de sus pompas y sus obras. Otro ejemplo e ilustrado “incorrecto” –y anti-moderno- lo ofrece el marqués de Sade, que conforme a la leyenda que le acompaña arengó –del lado de dentro de los barrotes- a la multitud que intentaba tomar el palacio de la Bastilla poco antes del asalto y que acabo encarcelado (otra vez) durante el Terror y vuelto a encarcelar –e internado en centro psiquiátrico- con Napoleón sin volver ya a recuperar la libertad hasta su muerte ocurrida un año antes de la caída del emperador de los franceses.

Y en la guerra civil española precisamente en zona nacional y entre falangista se dio una actitud y se vio plasmada una visión –de clase “al revés” anti-marxista- sin duda minoritaria pero significativa y de una importancia y un relieve indiscutible. Y pienso por ejemplo en el caso de Agustín de Foxá, amigo personal del fundador de la Falange y miembro (de honor) de su corte literaria, que Umbral rehabilita y entroniza (a su manera) de exponente destacado de los poetas falangistas y que en su libro inacabado “Madrid de corte a checa” –reeditado tras tantos años de olvido y ostracismo- recoge una realidad indiscutible y rodeada de tabúes durante décadas y fue el aspecto de lucha de clases –más allá de la ideología- que tuvo la dominación roja durante la guerra, y Foxá evocaba (y cito de memoria) “los enfermos los deformes, los resentidos, y todos los bajos fondos removidos por esas banderas siniestras” (de izquierdas)

Y otro botón de muestra inmejorable lo ofrece también la alocución radiofónica que dio por radio Burgos durante la guerra civil el escritor falangista Antonio de Obregón bajo el titulo Nuestros verdugos donde denunciaba una clase obrera madrileña –de barrios bajos (“castizos”)- “de café copa y puro los domingos y catecismo marxista en el bolsillo” y de economías “más saneadas” –y estables-que las debilitadas y traumatizadas clases medias de los años de la Republica.

Y se me ocurre sobre la marcha un tercer ejemplo de esa visión “clasista” o “de clase” de la guerra civil –vista desde el bando nacional- y es la de Ernesto Giménez Caballero que en uno de sus escritos de la posguerra inmediata zahería y fustigaba un populacho madrileño de barrios bajos que de crueles y amenazantes en el Madrid rojo se habían vuelto de golpe serviles y adulones tras la Victoria, las mujeres en particular por lo que contaba (…), y a los que GC despreciaba en lo más hondo por haberlos sufrido –y conocido- de lo más cerca los primeros meses de guerra, viéndose atrapado en el Madrid rojo hasta que pudo huir el mes de octubre en una avioneta (…)

Pero sin duda el ejemplo más emblemático de esa visión de clase “al revés” lo es la frase que se le atribuye a Franco en conversación con Harry Kissinger que España no volvería a repetir una guerra civil gracias a la clase media (sic) nacida en los largos años de su régimen. En lo que en parte erraba no obstante en la medida que descuidaba el factor histórico/ideológico y en definitiva el papel de la memoria. Durante muchos años prácticamente hasta hoy guardé registrado en mi mente un análisis del mayo sesenta y ocho español –en la Complutense madrileña en concreto (y en la Facultad de Económicas en particular) que fue donde me pilló- basado en un conflicto de generaciones entre los hijos y los padres (y abuelos) del bando de los vencedores. Hoy ya, como decía Nietzsche, nos volvimos mucho más serios en las cosas del espíritu y acabé decidiendo cambiar el fusil de hombreo, quiero decir que no veo ya aquello de la misma forma tan simplista y tan primaria y rudimentaria a la vez en la medida que mi análisis generacional lo explicaba todo y nada al mismo tiempo.

Hoy ya, es verdad, acabé llegando a la conclusión que en la revuelta estudiantil del mayo del sesenta y ocho español hubo mucho de lucha de clases en la medida que coincidió o siguió inmediatamente a la erupción en España de la universidad de masas, de la que el exponente más emblemático lo fue precisamente aquellos años –de mediados de los sesenta- la Facultad de Políticas y Económicas (“Galerías Castañeda”) y en esa afluencia en aluvión de nuevas clases a unos espacios universitarios que les habían sido vedado hasta entonces, había de todo pero la mayoría sin duda procedían del bando de los vencidos del 36, como parece ilustrarlo el caso de la madre del pablo Iglesias que fue la primera de su familia –como lo acabo de saber- en entrar a la Universidad, y como lo invalida un poco al mismo tiempo mi caso personal que también fue el primero en entrar en la universidad…de una familia de vencedores (…)

Y ese enfoque clasista –al pan y a vino, vino- que es en lo sucesivo el mío explica en parte sin duda que Pablo Iglesias con todo su pasado familiar a rastras llegase -tan joven- a catedrático vitalicio (o lo parece) y el que esto escribe lleve ya treinta años (casi) de auto exilio, y los que me quedan.

ADDENDA Recogo aqui la cita textual de Antonio de Obregón que reproduje de memoria más arriba. Se trata en realidad de un artículo -sin duda leído depués en programa radiofónico-, publicado en la revista Vértice ("de la Falange") en noviembre del 37. Sin comentarios. Y a fe mía que no los precisa porque esas líneas traducen y resumen sin duda mejor de lo que lo pueda hacer yo mismo, lo que en esta entrada decir pretendo.  

"En Madrid no existía la masa ciega y analfabeta de otras regiones, enfurecida por el hambre, sino un proletariado señorial y castizo, de copa y puro, de buenos jornales, pantalón ancho, cine, partida de dominó y folleto marxista en el bolsillo".../..."Todas esas gentes que vivían en una economía más saneada que el intelectual, el poeta, el sabio, son los que más nos odiaban" (Extraído de "Vanguardistas de camisa azul", de Mechtilde Albert, Madrid, Visor Libros, 2003, pp. 373-374)

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