viernes, junio 17, 2016

MARIO CONDE ¿QUÉ PENSAR?

Instantánea del nombramiento en 1992 de Luis Ángel Rojo (a la derecha de la foto) -profesor mío de Teoría Económica (III)- de gobernador del banco de España por el gobierno presidido entonces por Felipe González y del que formaba parte el ministro Solchaga (tambien en a foto), viejo conocido también de mis tiempos de la facultad de Económicas de la Complutense (horresco referens) Un año después se produciría la intervención de Banesto en el origen de todos los problemas y sinsabores de su presidente de entonces, Mario Conde, que cargaría hasta hoy con el sambenito -injustificado- de haber provocado la bancarrota de aquella institución financiera. Un dato histórico insoslayable a la hora de emitir un juicio ecuánime sobre el controvertido banquero y su trayectoria
¿Qué pensar de Mario Conde? A fe mía que no lo sé. Sigo sin saberlo y sin querer dejar no obstante de confesar que el estruendo mediático montado por cuenta suya (y en su contra) me habrá dejado impresionado hasta no hace mucho por momentos. Mario Conde simboliza para mí una España -de los ochenta y principios de los noventa- en la que él alcanzó el cénit de su gloria y de su estrellato y que yo no viví por razón de una expatriación a la vez semi/voluntaria y semi/forzosa.

Y tomé sólo contacto directo con el personaje hace ya algunos años -tras su caída- durante una de mis fugaces visita a la capital de España en un acto en el CEU -antiguo colegio mayor San Pablo- en el que se veía anunciada su participación y al que asistí con el propósito ex profeso de escucharle y conocerle, y confieso que me impresionó por su (elevado) nivel intelectual, por el aliento incluso poético que respiraban sus reflexiones y tal vez más que nada por la cargazón dramática que arrastraba fatalmente su testimonio de lo vivido en propia carne, en particular de su experiencia carcelaria, en la que no dejé fatalmente de reflejarme como todos aquí se figurarán fácilmente o de mirarme al espejo, si no completamente, sí en parte por lo menos.

Y el verse ahora de nuevo en el ojo del ciclón, nos habrá obligado a algunos a parar mientes (de nuevo) en su persona y en su trayectoria polémica y puesta en entredicho. Soy economista -y licenciado en Derecho- vaya dicho de entrada, de secano más bien, me replicarán de inmediato en mi entorno mas o menos inmediato y sin duda que no andarían errados, no me conozco pue al dedillo el contencioso que arrastra el célebre banquero, aunque confieso haber arrastrado yo hasta hoy, por culpa del estruendo en los medios en torno suyo una convicción, que en conversación con allegados un poco más al corriente que yo del tema se habrá demostrado errada o sin fundamento, a saber que habría sido él quien hundió Banesto por una evasión de capitales que provocó la bancarrota de aquella entidad financiera, banco estrella de la España de entonces.

Esa es grosso modo la imagen -en negro- que Mario Conde arrastra entre muchos españoles. Él nunca lo admitió desde luego y nunca dejó de proclamar su inocencia, achacando su desgracia a operaciones (y maniobras) de alta política. Económicas o financieras. Felipismo interminable ¡lagarto lagarto! Fue precisamente -caigo ahora (sólo) en la cuenta pasando en revista el historial del caso Banesto- en los años de Felipe González cuando se produjo la intervención de aquel banco dirigido entonces por Mario Conde a manos del Banco de España del que era gobernador entonces, el que fue catedrático de Teoría Económica (III) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Complutense y profesor del que esto escribe -aunque no lo tuve directamente en mi grupo- Luis Ángel Rojo. ¡Lagarto lagarto, lagarto!

Figura emblemática de una Facultad de Económicas de la que salí prácticamente huyendo tras licenciarme en ella (no se pierda de vista), que fue teatro de la experiencia piloto del mayo del 68 español y de la mutación cultural -doblada de un adoctrinamiento ideológico radioactivo y asfixiante (de innegable signo marxista)- que se produjo en la sociedad española, y en particular en sus estamento universitario, a partir de la segunda mitad de la década de los sesenta. Rojo era uno de los gurús de la Facultad en aquellos años convulsos, adulado y celebrado por todos o casi todos allí dentro al contrario de lo que ocurrió con otros de sus colegas de docencia como el profesor Castañeda, víctima de escraches (y miserias y perrerías sin cuento el tiempo que fue decano) Incluso de Velarde Fuertes, que fue también mi profesor, guardé una impresión de (mucha) menor complicidad (o tolerancia) con el rojerío estudiantil -que imponía su ley en el campus y al interior de las facultades- que la que dejó en mi hasta hoy Luis Ángel Rojo (Rojo a secas como todos le llamábamos)

No sabría decir más de él, si no es el keynesianismo más o menos difuso que despedía el texto de su autoría que me vi obligado a meterme en la cabeza para aprobar su asignatura. Un Keynes política y económicamente correcto y expurgado por cierto de su imagen filo fascista de antes de la Segunda Guerra Mundial, co/artífice del nuevo orden monetario y financiero mundial resultante de los acuerdos de Bretton Woods, intervencionista y socialista (fabiano) y como tal perfectamente de recibo para los prebostes socialistas en una España, la de entonces, de la que se vieron confiadas las riendas en todos los planos -del poder político como del del funcionamiento de su sistema económico y financiero-, tras el inicio de la era felipista (marca PSOE) interminable.

Banquero de Felipe González, Rojo, la estrella de los rojelios (y rojelias) de la facultad de económicas de mi época (horresco referens!) Y como tal artífice directo en la suerte que se vio reservado el banco Banesto, y que sigue gravitando de cerca -como echándole el bofe en la nuca- del infortunado banquero, hoy otra vez puesto en picota de los medios. Y eso aunque sólo sea me mueve fatalmente a introspección y a suspender mi juicio a cuenta de Mario Conde, de su persona y de su trayectoria. Y a seguir concediéndole por supuesto el beneficio de la duda. Y por respeto o empatía además -por qué debería negarlo- a sus años preso

¡Por delitos financieros! Lo que me extraña y me admira es que Mario Conde siga profesando esa fe tan entusiasta e inquebrantable en el sistema democrático -e impartiendo tan altruistamente lecciones en la materia-, y por ende, en ese principio o postulado igualitario que le anima, léase expropiador, confiscatorio, y nivelador (como la guillotina), desde la Revolución Francesa

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