ARRIBA ESPAÑA Y QUE SE J...PUIGDEMONT!!!

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SEMPER IDEM

sábado, marzo 12, 2016

TURCOS ¿QUÉ TIENEN QUE NO TENEMOS?

Hugo de Moncada, caballero valenciano de la Orden de San Juan de Jerusalén (“por la lengua de Castilla”) Participó nota bene -a las órdenes del emperador Carlos V- en el Saco de Roma. Él como todos los grandes capitanes españoles que actuaron en el Mediterráneo midió sus fuerzas (sin complejos) con el Imperio Turco.  Un fantasma que sigue soliviantando de nuestros días
Estamos ante una nueva invasión musulmana, bienvenidos. Eso es en sustancia lo que acaba de declarar, reiterándose así en gestos y palabras suyas anteriores en el mismo sentido, el papa Francisco (ítalo/argentino) Se diría que cada día se lo pone un poco más difícil el actual pontífice a un (eventual) proyecto de visita a España que sin duda deben echar de menos sus seguidores españoles -que a no dudar los tiene pese a todo- tras tres años ya transcurridos (cumplidos precisamente hoy) del inicio de su pontificado.

Y sus palabras vienen a servir de telón de fondo del proyecto de acuerdo que acaba de firmar la canciller alemana Merkel -en nombre y por cuenta de de los demás países de la UE-, en materia de refugiados con el gobierno turco, lo que crea desconcierto y división en la clase política española tanto del lado del gobierno (en funciones) como de la oposición. ¡Que vienen los turcos! Bienvenidos sean debe decirse su/santidad las horas que corren.

El proyecto de acuerdo -algo en en lo que concuerdan los comentaristas- es una concesión mayor de la canciller alemana que no hace así mas que agravar la amenaza rampante que nos viene al conjunto de los países europeos del lado de la frontera turca precisamente. Un intercambio de refugiados legales y no legales y a cambio, nuevas ayudas de millones de euros a espuertas para que el autócrata gobernante turco (islamista) actualmente en el poder pueda continuar con sus proyectos y realizaciones faraónicas -otomanas que me diga- en exaltación de la memoria del Imperio turco, gran amenaza para la civilización europea hasta no hace tanto.

Y a cambio también, la puerta abierta -sin necesidad de visado- para que los turcos que lo deseen (que en Alemania son ya más de tres millones) puedan instalarse libremente en los países de la UE, ellos con sus familias (tan numerosas)

¿Queríais arroz? ¡tres tazas! ¿No queríais sirios (ni iraquíes)? Ahí os van turcos (musulmanes) todos lo que queráis y muchos más. En mi último viaje a España coincidí en el avión, en el asiento de al lado, con una belga aún joven, mujer encantadora y profesional brillante, residente en Barcelona y casada -como acabó por confesarme- con un francés de origen turco, nacido y crecido en Francia con toda su familia turca.

Y los casos de turcos casados con mujeres belgas -y no al revés (yo por lo menos no oí ni vi otra cosa hasta hoy)- son cada vez más frecuentes, por lo que habré venido pudiendo observar en mi entorno desde que aquí resido, a favor sin duda de la fuerte proporción de inmigrantes de dicha procedencia que constituyen -a falta de datos oficiales exactos y actualizados- uno de los tres principales colectivos inmigrantes en Bélgica -junto con italianos y marroquíes- llegados las últimas décadas.

No hay que exagerar ni dramatizar sin duda alguna, y es un hecho que la comunidad turca en Alemania por ejemplo, se habrá (curiosamente) mantenido al pairo y al margen de la polémica que sacude a la opinión pública de aquel país tras dar inicio a principios del pasado año el aluvión de inmigrates de Oriente Próximo, debido a la agravación del conflicto en Siria. La especial relación de Alemania con la Turquía viene de antiguo, de la Primera Guerra Mundial y de antes incluso, de las honduras del siglo XIX -y de las guerras balcánicas de entonces (que enfrentó a turcos y occidentales)- y que no es un fenómeno artificial ni superficial en la historia de Alemania en la posguerra o ilustra el encariñamiento del que da muestras en cuanto que la ocasión se presenta la canciller Merkel con ellos, aprovechado la menor ocasión para manifestarlo, como le ocurría con Özil, figura emblemático de la selección nacional alemana de fútbol (y antiguo madridista), de origen turco.

Como sea, una pregunta revolotea en mi mente de antiguo y hace ya casi tanto como tiempo llevo residiendo en Bélgica. En la mia y sin duda en la de muchos otros aunque no se dignen siquiera planteársela a sí mismos. ¿Qué tienen los turcos que no tenemos nosotros? De dónde ese sex appeal que les acompaña irresistible (en apariencia) entre muchas jóvenes (y no tan jóvenes) de los países occidentales -en casi todos ellos- que cuentan con emigración de ese origen?

Aquí ya me referí en entradas anteriores a esos fenómenos de erotismo colectivo que cambian de bando -y sin duda de un país a otro- al vaivén de los acontecimientos históricos, de un periodo a otro y de una guerra y otra como lo ilustrarían los fascismos triunfantes en el periodo de entreguerras, y tras la Segunda Guerra Mundial, los izquierdistas universitarios en diferentes países occidentales, en la onda de choque que trajo consigo en todos esos países España incluida el mayo francés del 68. Los turcos no figuraron, es cierto, en el bando vencedor de la Segunda Guerra Mundial sino que al contrario mantuvieron una neutralidad -mutatis mutandis parecida a la española- pactada a favor del Eje

¿De donde pues ese prestigio, esa aureola erótica (o amorosa) que falta -que nos falta- sin duda a los españoles de puertas afuera? Está muy claro, aunque vuelvo a insistir que no hay que generalizar en demasía, porque Turquía no hay una sino varias, igual que cabría hablar de “las Españas” y entre los turcos que el gobierno islamista actual trata (invariablemente en tono de denigración) de turcos/blancos -de las antiguas élites dirigentes- y la gran masa de inmigrantes de aquel país en los países europeos hay una distancia grande en muchos aspectos.

No es óbice que unos y otros son deudores del prestigio (grnde) que les da ese choque de culturas que tiene de teatro de operaciones al continente europeo por culpa de la crecida inmigrante musulmana que dura ya varias décadas, y en el que los turcos, antigua potencia soberana en casi todos los países del Oriente Próximo y del Magreb (con excepción de Marruecos, país vasallo en su momento) reivindican un protagonismo del primer plano, de liderazgo por supuesto, en una forma de liderazgo “natural” por así decir, por razones de diversa índole, históricas, políticas religiosas y culturales (y demográficas, evidentes)

Y si dudas tenía, se me abrieron los ojos durante el periodo que sufrí de detención en Bélgica en el 2000, en una de las veces que me vi trasladado para declarar ante el tribunal a las dependencias carcelarias del Palacio Justicia de Bruselas en donde -en espera de comparecer ante el juez- nos recluían en unas celdas asignadas a ese cometido en un pabellón del edificio que comprendía varios pisos y que daban todos a un patio interior donde el tiempo de espera aprovechaban los reclusos -viejos conocidos entre ellos la mayor parte- para intercambiar frases o mensajes por el patio aquel a voz en grito.

Y al cabo de un rato de estar allí, yo solo en aquella celda, metieron a otro que me estuvo haciendo un buen rato compañía aunque no intercambié palabra alguna con él, aunque sólo fuera porque desde el momento que llegó se puso a vociferar (en francés) por el patio aquél, quejándose, insultando y amenazando a todo bicho viviente, y al poco rato de estar oyendo a aquel energúmeno me di cuenta que la algarabía (moruna) a todo meter en el patio aquel cuando llegué a aquella celda -producida por los presos allí presentes, en su mayoría magrebíes- se había ido progresivamente apagando y al final sólo se oía en el patio al energúmeno aquél vociferando más alto y mas fuerte y más exaltado y desatado que en el momento de su llegada, ante el silencio sepulcral de los demás que le escuchaban religiosamente.

Y debía haber adivinado desde el principio -lo que sólo vine a comprender al final a modo de conjetura o de deducción- que se trataba de un preso de nacionalidad turca, y que con aquello venia hacer ostentación palpable del señorío innato -como dentro de un orden (histórico) de cosas- que el pueblo dirigente seguía ejerciendo sobre los súbditos de países dominados (o vasallos) de antaño. Y a buen entendedor pocas palabras sobran

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