¿"No a la guerra"? No lo tuve nada claro entonces y por eso no marqué el paso en la movida aquella, de de lo que -con la perspectiva del tiempo transcurrido desde entonces- no sólo no me arrepiento si no que (sinceramente) me alegro. Que sigo sin ver nada claro aquello, no, ni tanto -ni mucho menos- como ciertas militantes al borde de la histeria (tal y como ayer en la Asamblea de Madrid) parecen en cambio tenerlo. ¿SADDAM HUSSEIN? Una figura rodeada de enigmas como tantas otras en la historia antigua y reciente, no es nada nuevo. Amigo de FRANCO -al que rindió visita poco antes de la muerte (de aquél)-, y de Jean Marie LE PEN, que le visitó en su tierra en plena guerra (del Irak), no le faltaban credenciales para ganarse mi respeto y aprecio. Eppure, y al contrario que con ciertos conocidos -en Bélgica, por ejemplo- próximos de mí (entonces en el plano ideológico), no consiguió ganarse mi empatía y solidaridad en la guerra aquella, ni de los bombardeos, al contrario de aquellos uno de los cuales se fue hasta Bagdad (lo que me mereció no obstante respeto) ¿Por qué aquella falta de empatía o de sensibilidad? El responder a ello precisaría de un trabajo de introspección arduo y complejo. Pero la dignidad que mostró al morir -bajo la horca- se mereció (finalmente) mi circunspección. Y mi respeto.
Pero eso ya es historia, y aquí en cambio encaramos un suceso, que me diga un acontecimiento de la crónica de actualidad mas candente y estrepitosa que puede decidir el destino de todos nosotros, si no del mundo entero. Y precisamente por eso me parece un tramite barato, para andar por casa, e indigno de un mandatario serio el servirse de ello de expediente de la política diaria, del día a día de la política española. Un no a la guerra no para un plan o proyecto de disuasión cualquiera ante un brote de hostilidades tan peligroso e inquietante y amenazante, sino para un salir del paso (apenas), en una huida hacia adelante a la desesperada -y con la necesidad imperiosa, rabiosa de ganar votos. Lo que nos impele a echar la vista atrás, al pasado. Al pasado que no pasa, y al pasado del que nos interpela ahora, con sus gritos y eslóganes y con sus gestos.
Porque si hay alguien en la política española marcado del signo -de la Bestia, que me diga de la guerra civil - en la frente lo es él, antes incluso que RODRIGUEZ ZAPATERO, que tenía un abuelo que redimir o revindicar (o eso él decía), y él en cambio ni eso, me refiero al inquilino de la Moncloa. Mera pulsión, mera fiebre, mero pathos guerra civilista, en el responsable y fautor numero uno de la guerra (híbrida) de memorias que si se desmadra, si la sangre (como amenaza) llega -siguiendo su hilo conductor- otra vez al río (como en el 36), es a él al que habrá que echar de ojos cerrados todas las culpas de lo que viniera a suceder- y endosarle todas las responsabilidades políticas. Y de coartada perfecta como anillo al dedo (él) nos suelta ahora el Islam, de lo que tengo que decir aquí cuatro cosas o repetirlas más bien, que en una de las primeras entradas de este blog -las dejé bien dichas y sentadas (¡hace ya casi veintiún años!) Que de la versión más actual, de la cara mas reciente y divulgada del Islam en su versión (neo) matinal no tenemos los españoles nada que esperar. Como me lo habrán mostrado -al precio de crueles desengaños y de mil (ingenuas) ilusiones y espejismos- mis encuentros fugaces, esporádicos y a la vez, en mi larga trayectoria de expatriación, variados y repetidos, con creyentes musulmanes, inmigrantes o misioneros (musulmanes) en tierras de guerra santa (léase de Reconquista) De las dos versiones (enfrentadas) además chiíes o xiíes, y suníes (o sunitas) Ni les debemos nada tampoco.
Al contrario de un célebre converso, el francés Roger GARAUDY -al que conocí como ya lo tengo contado aquí-, que reveló en su último o penúltimo libro a modo de testamento espiritual, un dato autobiográfico todo menos trivial o anecdótico. Y fue su condena a muerte durante la Segunda Guerra Mundial en el cuadro del régimen de Vichy, y a lo que escapó en el desierto norteafricano, en Argelia, gracias a los tiradores musulmanes encargados de ejecutarle a él (junto a otros con él) que recibiendo la orden de disparo, no la obedecieron por el motivo -o eso explicaba él- que era contrario al honor del Islam (sic) el tirar contra hombres desarmados, O así al menos él lo vio y lo vivió. No les debemos nada pues, ni nos sentimos implicados en una guerra del fin del mundo -léase el conflicto árabe-israelí-, en el que pretendimos siempre mantenernos -como lo intentó España durante la Segunda Guerra Mundial- una posición oscilante a lo sumo entre la neutralidad y la no-beligerancia. Ni nos sentimos ligados tampoco a algunos con los que -casual o accidentalmente- coincidimos en nuestra larga trayectoria de encarcelamiento y de expatriación, comprometidos con una postura anti-semita que -como ya lo dejé claro en este blog-, no comparto ni fue nunca la mía propia
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