lunes, marzo 30, 2026

¿RUSOFILO YO?




NICOLAS II de la dinastía de los ROMANOV, fue el último Zar de todas las Rusias (1894-1917) Y fue asesinado en 1918, tras la Revolución bolchevique, junto con toda la familia imperial. Fue en definitiva victima de la I Guerra Mundial y su desenlace. Como lo vino a rubricar Vladimir PUTIN en una de sus proclamas, de la guerra en Ucrania. La Revolución de Octubre, resultante de la Guerra y no de la lucha de clases 

Hay muchos anglófilos en España, y francófilos, y germanófilos -aunque de estos sobre todo a seguir a las dos guerras mundiales, especialmente a la última de ellas, un poco menos. Y también -en menos todavía- los hay rusófilos, como yo, y como lo dejé en constancia aquí ya repetidas veces. ¿Y por qué soy rusófilo? La pregunta incomoda, que me hace daño incluso, que me asalta ante el anuncio de un estreno, el de una pieza de teatro imperecedera, tanto como la memoria de su autor y me estoy refiriendo al Jardín de los Cerezos, de Antón CHEJOV. Que me duele, sí, como me ha dolido siempre la decadencia y el ocaso de una Rusia (imperial), la de antes de la Revolución, y de su aristocracia que en esa obra se representan. Y soy consciente de estar ahí dándome de bruces con un enigma o rebaño de ellos, con los que peleo a brazo partido en este blog, y pongo a sus lectores asiduos, de testigos de ello. Y sobre todo el que se podría definir como choque inevitable -tal como lo plantea la obra teatral a la que me refiero- entre la nostalgia (sic) y la realidad que la niega o pone en entredicho, a menos que acertemos a sajar (sic) el nudo gordiano que esa antinomia representa. Y apuesto que sólo (ello) sería posible por cuenta de la nostalgia de un pasado -al que aquella abre o cierra (legítimamente) el paso- y de un presente y un futuro libres, sueltos de un pasado que no pasa, que les amenaza y acompaña interminablemente, "in saecula saeculorum" Y todo lo que estoy exponiendo o pretendo desarrollar aquí lo es al precio de una (costosa) confesión que a mis lectores con gusto ofrezco. Y es del brillo, del glamur de esa aristocracia rusa que sólo pude admirar, subyugado, atónito, como de lejos y fue -como un flash cegador- en un reportaje marca TFP que nos proyectaron en el seminario de Ecône, con el telón de fondo -imagino (de lo que vagamente recuerdo)- de la Revolución (rusa) de Octubre, y en unas escenas del mismo que nos mostraban a un grupo de jóvenes estudiantes -chicos y chicas- con unos gorros y atuendos que no había visto nunca iguales y que no vería nunca después y de los que se despedía un (fuerte) perfume a nobleza y aristocracia -que no sé a fe mía si lo eran, nobles o aristócratas, los jóvenes aquellos- y un inconfundible sello a lo auténtico y señero, y al mismo tiempo -¡ay dolor!- nuestro o muy cercano a lo nuestro. Y esa rusofilia latente en mí , sobre todo, lo repito, desde entonces, vendría a salir a flote con la guerra de Ucrania, como aquí lo tengo sobradamente puesto de manifiesto. 


Anastasia NIKOLÁYEVNA ROMÁNOVA (en ruso, Anastasí-a), Gran Duquesa de Rusia, y última hija del Zar. Que -pese a las leyendas, hoy desmentidas (*)- no sobrevivió a la matanza de la familia imperial

Y en vídeo que circula en la Red sobre las guerras de PUTIN (sic) se mencionan datos biográficos, inéditos, por lo menos para mí, del mandatario ruso. Como la escena propiamente cinematográfica que protagonizó en Dresde, donde estaba destinado -en su calidad de espía, agente y oficial del KGB- en el momento de la caída del Muro, y fue ante la muchedumbre que pretendía asaltar la delegación, frente a la que se interpuso él solo, pistola en mano a la puerta de entrada, y a los que increpó -a riesgo de su propia vida-, con lo que logró disuadirlos. O esas palabras que se le atribuyen que ya registré en mu entrada anterior, con ocasión de la tentativa (frustrada) de golpe, de comunistas del ala dura ("conservadores") contra Mihail GORBACHEV. "Los que no añoran la Rusia soviética no tienen corazón, y los que pretenden hacerla revenir, no tienen cabeza tampoco"  Un (insondable) enigma Vladimir PUTIN, a la medida de su país y de su pueblo. Que lo menos que nos puede inspirar -todos aquí estarán de acuerdo- es circunspección y respeto.  Hay no obstante un sed contra -como en los debates escolásticos- que no me permito aquí obviar (tampoco yo) y lo es la política rusa -de PUTIN- en relación con Cataluña, de la que he leído algo, poco, con la reserva además que me inspira la alergia (invencible) que por regla general me producen los medios (de la Prensa mainstream), especialmente en ciertos temas por esclarecer (como el que nos ocupa) Mi apuesta (pro) rusa continua pues enhiesta. Salvo prueba en contrario que no llegará. ¡VIVA RUSIA y ARRIBA ESPAÑA!


Vladimir PUTIN, ¿último Zar? Como si lo fuera. En la medida que viene -sin pausa ni descanso y punto por punto- asumiendo todos los postulados y reclamaciones en política extranjera de la Rusia imperial: ¿Cataluña? Una excrecencia de la época soviética que acabará desapareciendo, como tantas otras. Esa es mi apuesta 

(*) La principal de ellas, la de Anna ANDERSON -una obrera polaca, con un historial de enfermedades mentales a rastras, en el consenso reinante hoy sobre el tema-, que se hizo pasar -con cierto éxito- por la Duquesa Anastasia, pero tras la caída del comunismo y la descubierta de los cuerpos del Zar, de la zarina y de sus hijos, la intrusa acabaría confundida con las pruebas de ADN, en ella y en la familia imperial



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