lunes, enero 02, 2017

GRANADA Y CONSTANTINOPLA (Y ESTAMBUL)

Primera intervención de Erdogan en la televisión estatal tras el fracaso del golpe de estado en Turquía (el pasado 15 de julio) Bajo el signo (nota bene) de Kemal Ataturk, padre de la patria en la Turquía contemporánea -y fundador de una nueva/república laica- , puesto no poco en entredicho hasta ahora por el actual régimen fundamentalista (islámico) Un signo elocuente por demás del apoyo implícito al actual mandatario turco de los sectores kemalistas de la institución castrense que se mantuvieron estrictamente al margen de un golpe perpetrado y ejecutado al amparo de redes islamistas anti-Erdogan infiltradas a los más altos niveles de la institución militar en Turquía los últimos años (a costa y al socaire de la sucesión de purgas contra los kemalistas) ¿Un parón a la islamización rampante del estado y de la sociedad turca? Todo lleva a augurarlo. Y del desenlace del conflicto entre islamización y laicidad (a la turca) dependerá sin duda el futuro de la Turquía y de sus relaciones con los países europeos (Rusia incluida) En un reto análogo al que plantea el multiculturalismo a los países occidentales -España entre ellos-, abocados a la disyuntiva de una vuelta al confesionalismo (político/religioso) o la afirmación resuelta de una nueva laicidad (de la que el régimen sirio de Bashar al-Assad parece indicarnos el camino)
La toma de Granada tras siglo y medio de parón de la Reconquista -a seguir al desenlace de la guerra civil castellana y de la subida al trono de Castilla de los Trastámara- se produjo cincuenta años (casi) después de la caída de Constantinopla, y en el mundo cristiano -la Europa de entonces- fue celebrada como la respuesta o del desquite de aquella. Y cinco siglos después, se diría que no cabe evocar una sin traer fatalmente al recuerdo la otra. Y es lo que se habrá visto puesto especialmente de manifiesto en este nuevo aniversario del final de la Reconquista en la capital granadina que viene a sucederse este año en un contexto particularmente significativo y evocador y es el del desenlace en puertas- según todos los indicios y tras el final de la batalla de Alepo- de la guerra civil en Siria.

Las celebraciones de la capital andaluza habrán visto precedidas de poco más de veinticuatro horas por el tentado sangriento de Estambul -en una discoteca- que buscaba sin duda (sin conseguirlo del todo) el ensombrecer el ambiente de fiesta que habrá marcado la entrada del Nuevo Año a escala del planeta. Habrán conseguido no obstante la vuelta al primer plano de la actualidad de la inestabilidad de la situación actual en el país del Bósforo, que viene a traducir -así visto desde fuera y a través del prisma y del filtro de los medios de la prensa global- una profunda crisis de identidad en aquel gran país musulmán (suní) que hizo su entrada en el siglo XX con el arranque de un proceso de laicización del estado y de la sociedad que cumplirá pronto cien años.

Las últimas décadas no obstante Turquía se habrá visto a todas luces blanco y objeto de una re-islamización rampante como lo ilustra la subida al poder del fundamentalista Erdogan (en 2002) y la supervivencia (hasta hoy) de su régimen, tras el fracaso del golpe de estado dirigido contra aquél del mes de julio pasado, y perpetrado y ejecutado -contra lo que hubiera podido parecer- no por los sectores de la institución castrense irreductiblemente hostiles de antiguo a la islamización, sino al amparo -¿con el paraguas protector además de la OTAN?- de redes islamistas rivales de Erdogan, infiltradas los últimos años hasta las más altas instancias y los más altos niveles de la institución militar y fieles a la memoria de Attaturk, padre de la patria en la Turquía contemporánea.

Y es que el fracaso del putsch anti-Erdogan habrá marcado el punto de partida -contra todos los pronósticos- de un cambio radical de orientación del régimen actual en materia de política extrajera y yo diría también en política interior. Y lo primero se ve ilustrado por el acercamiento espectacular que el mandatario turco habrá operado los últimos meses, en dirección de Rusia y de Vladimir Putín hasta el punto que algunos medios occidentales habrán hablado de una relación (“affaire”) -en el plano personal- entre uno y otro, que habría tenido su punto de arranque en la llamada telefónica del mandatario ruso a su homólogo turco par prevenirle del golpe unas horas antes de este producirse. Nada mas verosímil.

Lo que a su vez se habrá visto traducido de forma no cabe más espectacular en el giro brusco -favorable a Bashar al-Assad- de la batalla de Alepo, con el lanzamiento de la ofensiva final de las fuerzas del régimen a finales del pasado mes de noviembre tras la retirada del apoyo turco -mantenido indefectiblemente hasta entonces desde el estallido del conflicto- a la rebelión islamista, y la pérdida consiguiente del santuario del que los rebeldes gozaban en aquel país, y de las vías de acceso a las zonas de la geografía siria bajo su control.

El parón a la islamización que el fracaso del golpe anti-Erdogan -contra todas las apariencias en contrario- habría venido a traducir pari passu en el plano de la política interior se vería ilustrado no cabe más llamativamente en um mitin multitudinario en favor de Erdogan, a raíz del fracaso del putsch, con el concurso y la asistencia de la oposición (parlamentaria) y significativamente presidido por un retrato gigante de Attaturk, sin duda en un guiño a la oposición laica y en particular a los sectores kemalista -hasta ahora en declive tras las sucesivas purgas de las que se habrán visto objeto por parte del régimen islamista- del ejército turco que se habrán mantenido (decisivamente) al margen del golpe. ¿Hacia una nueva toma (al revés) de Constantinopla como algunos viene ahora a preconizarlo en las redes sociales y en algunos medios políticamente incorrectos? La respuesta a esa cuestión vidriosa (y a la vez capciosa) la dará el desenlace de la pugna entre a re-islamización y la emergencia de una nueva laicidad que pare ce diseñarse en Siria, al socaire de la consolidación del régimen -laico en su origen, no se olvide- de Bashar el-Assad.

Y que se ve sin duda amenazada por ma manipulación confesional -de signo clerical- que algunos medios occidentales están a todas luces intentando de la evolución de la situación en Oriente Próximo y pari passu, del cambio brusco en el estado de las mentalidades que viene operándose de un tiempo a esta parte en la opinión publica de lo países occidentales. ¡Ver emerger al papa y al Vaticano -y a sus ancas a las sectas anti-abortistas- de grandes vencedores de la guerra civil en Siria y de la batalla de Alepo, y “pari passu” del rechazo que la ofensiva multicultural viene sufriendo en los países europeos (…)! ¡seria un farsa sangrienta! ¡Que lo dioses del Olimpo no lo permitan! Ni en Estambul ni en Granada. Ni en Francia ni en Hungría. Ni en Polonia ni en España.

No hay comentarios: