viernes, julio 14, 2017

¿SUECIA IN ARTICULO MORTIS?

Suecia es un país mal conocido de españoles, por razón de distancia geográfica y de los clisés que nos caricaturizan recíprocamente y los tabús que acompaña su imagen entre españoles (recíprocos sin duda también) No es cierto que Suecia esté en vías de defunción ni de colapso como lo presenta cierta prensa de extrema derecha (para entendernos) Son un país protestante, y representan la avanzadilla en el terreno de la bioética, lo que les sentencia entre algunos que hacen del aborto la clave de explicación de la problemática de la inmigración. No saben lo que dicen. En Suecia, tanto a nivel de la oposición como del poder en ejercicio se acusa fuerte reacción a la crisis producida por la afluencia de refugiados. Son un país europeo, y por eso y por razones de tipo personal además me niego a darles por muertos y enterrados
¿Suecia in articulo mortis? Se diría que sí a creer a toda una campaña de prensa que se deja sentir en ciertos medios de extrema derecha españoles fuera de toda sospecha. Un país que ha muerto (sic) y al que llevan a enterrar. ¿Responde a la realidad ese clisé o no son más que figuraciones tendenciosas en base a juicios y análisis preconcebidos? Y llevaba viendo arreciar ya un rato esa campaña que dejaba resbalar a caso hecho por los ojos y los oídos hasta que decidí coger el toro por el cuerno del desafío que se esconde en ese tema. Y sin duda que me haya decidido al final por razones o motivos personales e intransferibles.

Aquí y en otros lugares -en mi ultimo libro sin ir mas lejos, “Krohn el cura papicida”- ya dejé constancia de mis ascendencia nórdica por la rama materna (de mi apellido de Krohn) y de las indagaciones propias y de mis familiares que me llevaron a situar geográficamente los orígenes del apellido familiar en el antiguo Reino de Dinamarca de los tiempos (benditos) que englobaba al reino de Noruega y mas antiguo aún, de los tiempos del final de la guerra de los Treinta Años (mediado el siglo XVII) -que es hasta donde se remontan los primeros datos conocidos del álbum genealógico de mi apellido- cuando el territorio del Schleswig-Holstein donde viene a localizarse mi apellido de Krohn formaba parte del reino danés y que seguiría siendo parte de él hasta mitades del siglo XIX cuando se produjo un conflicto armado entre Prusia y Dinamarca que llevaría a aquel territorio a pasar a formar parte del Imperio prusiano, y a pasar a ser territorio alemán hasta nuestros días.

Unas raíces nórdicas vikingas pues por el lado materno que reivindico sin vergüenza ni complejos y que hacen sin duda que Suecia y su actualidad y sus problema despierten en mi mayor interés y más atención que en un mayoría de españoles. Pero hay más. Y es que no son solo unas raíces o un árbol genealógico lo que me ligan a aquel país geográficamente (relativamente tan distante) situado en la otra punta -en relación con España- del continente europeo.

No es sólo eso. Influye sin duda también el viaje que hice de muy joven durante el verano del 66 -con diecisiete años de edad recién cumplidos- hasta Suecia en un viaje en barco por el mar del Norte que para mi fue de turismo -un premio de mi familia por mis resultados escolares (haber aprobado el pre-universitario a la primera)- aunque se trataba en realidad de un carguero de bandera panameña y tripulación española que mandaba un tío mio de capitán y con el que tocamos varios puertos de Suecia para acabar en el puerto finlandés de Kemi en la punta norte del Báltico antes de regresar a España. Suecia, yo tan joven, me deslumbró.

Y me costó años curarme de aquel deslumbre y sin duda también una prohibición expresa paterna de volver allí que tenía sin duda algo de razonable y algo también de socio cultural -y religioso y confesional- a la vez que hoy ya hace mucho que di por caduco y abolido, pero que sin duda hizo que no volviera por allí. Suecia era entonces todavía -no podría certificar que lo siga siendo- un país de un nivel económico y sin duda social también muy superior a España por más que los españoles estábamos entonces en pleno arranque en ciertos terrenos y facetas que cambiaron el rostro y fisonomía de la sociedad española y de sus pueblos y ciudades en poco tiempo de forma fulgurante.

Y tal vez fue porque me pilló justo el momento del cambio que la impresión -de diferencia, de retraso español- en mí se grabase tan honda. Pero no era sólo el avance (innegable) en los planos socio económicos lo que me más me marcó de aquel viaje por el Norte de Europa. Lo era también la libertad de costumbres o si se prefiere, la familiaridad y espontaneidad y naturalidad fe las relaciones entre jóvenes de ambos sexos lo que no dejo de deslumbrarme.

Se notaba en el cine del pueblecito aquél donde nuestro barco fue parar canal adentro, en el baile por la noche al aire libre al que todos tenían acceso, y en a simple vestimenta de la chicas mas libre y desenvuelta que el de las chicas españolas por aquel entonces. Pero hubo algo sobre todo que me dejo literalmente obnubilado y fue el éxito con dieciséis años que tuve entre las chicas más jóvenes de aquella pequeña localidad que hacían corro -y no exagero- para mirarme detenidamente y observarme absortas y encantadas y alborozadas. Como un símbolo sexual de latin/lover, o si se prefiere de español a secas que me ruborizaba un poco por lo joven pero que no dejé de sumir hasta hoy, y que no dejó de servirme de motivo de reflexión lo reconozco.

“El ligón nacional es una de nuestras grandes realidades sociológicas", escribió Umbral en uno de sus artículos geniales y no menos provocadores. Y esta claro que el protagonismo -silencioso y a distancia- del que me sentí objeto en Suecia no venía a ser mas que la contrapartida o el reflejo o el corolario -y la clave de explicación a la vez- de ese fenómeno de masas que vinieron a protagonizar “las suecas” -dicho así sin mas especificaciones- en la España de entonces (y sin duda también en otros países del Mediterráneo) de la segunda mitad de los sesenta y principios de lo setenta.

Y ese éxito -sin duda alguna- que tuve entre aquel público femenino de chicas suecas venía sin duda a revelar o a ilustrar -y a revelarme a mi mismo por comenzar- una faceta de personalidad de carácter colectivo. Ese sex appeal -o sex symbol- que los españoles raramente osamos asumir por cima de los Pirineos -o que nos cuesta (tiempo y esfuerzo) acabar haciendo- , por culpa de toda una serie y de inhibiciones y de condicionamientos o de tics primordialmente de tipo histórico.

Les gustábamos los españoles a las chicas de-suecas de los sesenta (y de los setenta) ¿Quién lo podría negar? ¿Un simple fenómeno de aquel tiempo, de una época ya ida? No lo creo. El eco -profundo- más bien de la voz de la sangre que nos liga a los destinos de Europa. Lo mismo que hace que ahora me inquiete por el destino de aquel país escandinavo y que me resista a dar oído a las voces de casandras que los dan ya por muertos y enterrados

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