"Deus vult", ¡Dios lo quiere!, Dieu le veut! El grito de guerra en el Concilio de Clermont (1095), que lanzó bajo la autoridad del papa Urbano II, la Primera Cruzada para la liberación de la Tierra Santa y que llevaría a la fundación del reino (cruzado) de Jerusalén (1099) de doscientos años, hasta su destrucción por los musulmanes mamelucos. Esa frase tatuada en su antebrazo, le valdría su expulsión del Ejercito -como reservista-, acusado de supremacismo blanco, a Pete HEGSETH, actual secretario de la Guerra (USA) y brazo derecho -junto con D.J. VANCE, vicepresidente- en la guerra de Irán, de Donald TRUMP
La doctrina (tradicional) de la guerra justa. Madre del cordero. Pensaba ingenuamente haber abandonado o arrumbado -para siempre los libros de teología, los que estudié en el texto -en latin alguno de ellos- los años que pasé en el Seminario tradicionalista de Ecône y ahora de repente me veo obligado a releerlos -tras desempolvarlos a toda prisa. Y son fundamentalmente dos -dos textos, como (piadosamente) nos lo recuerda, con esa unción y esa untuosidad de agua bendita (santa/obediencia obliga) que caracterizó a su homónimo y precursor (los años de la República)- un destacado semanario de opinión (y de oposición). Dos textos pues que son (o se erigen) autoridad en la materia, San Agustín y (santo) Tomás de Aquino, más autorizado tal vez el primero de los nombrados habida cuenta de la pertenencia, largos años de su carrera eclesiástica, a la Orden agustina de Leon XIV, el papa PREVOST. Y me vienen a la mente mis lecturas de aquellos años excluyentes y absorbentes -no leía otra cosa, la verdad-, y en particular el titulo mas emblemático -junto con el de "Confesiones"- de San Agustin. "Dos amores fundaron dos ciudades -y cito de memoria y de corrido-, el amor de Dios hasta el desprecio del hombre, la Ciudad de Dios, y el amor del Hombre hasta el desprecio de Dios, la Ciudad de los hombres, con lo que se viene a dejar sentada -en este inicio de "la Ciudad de Dios"- una (clara) dualidad o dicotomía de la lucha y antagonismo de las dos ciudades -las dos banderas de los Ejercicios de (san) Ignacio de Loyola- a lo largo de la Historia, que no parece tan clara, tan radical, tan categórica si se adentra uno en la lectura del texto. ¿Problema mío? No lo sé, pero esa sensación de oscuridad, de falta en suma de certeza, me acompañó siempre en mis lecturas (piadosas) de padres y doctores de la Iglesia, que achaqué en sus inicios a mi deficiente formación teológica pero que una vez leídos, y bien aprendida la doctrina en sus mismos textos, en sus mismas fuentes, la sensación de incertidumbre no hacía mas que persistir, si no agravarse. Problema de San Agustín -y el de su pasado maniqueo por redimir- o de la Iglesia misma por cuya cuenta evangelizaba? Tampoco lo sé, y no ayuda tampoco a salir de dudas, la lectura por muy atenta y reposada -como lo prescribía y aconsejaba ese lector y grafómano impenitente que fue Federico NIETZSCHE- que sea aquella. "Ya veis, dice San Agustín como un hondo lamento, en uno de los pasajes cumbres de la obra-, dicen que Roma perece en los tiempos cristianos" (...) En una clara alusión a la invasión de los barbaros, y al reproche mudo de los romanos de entonces a la actitud -ambigua, ambivalente- de los cristianos-, de lo que se queja por la violencia y la crueldad en las exacciones que aquella traería consigo, pero de lo que no nos brinda el texto juicio ninguno a modo de balance ni histórico ni teológico. ¿Cömo quejarse pues de una comparable ambiguedad en la(s) posturas o juicios sobre el tema de José Antonio Primo de Rivera? Roma, la del Imperio romano se dejó en suma invadir -por los francos, ostrogodos, visigodos (....) ¿Qué más pues, se podía pedir (o esperar) de la Roma vaticana, en su juicio retrospectivo sobre aquel acontecimiento histórico, o en su conducta a seguir ante el fenómeno -de rabiosa actualidad hoy- de la guerra? No una respuesta coherente y consecuente con una doctrina de la que carece, que me diga de la que renegó mas o menos oficiosamente -en el Concilio- sino una actitud oportunista en función de la actual correlacion de poder en el mundo, lease de las circunstancias: Y de la Summa Theolögica de (Santo) Tomas de Aquino cabe añadir tres cuartas de lo mismo. La guerra puede ser justa, sentencia el discípulo de Aristóteles, pero al mimo tiempo -por las salvedades y condiciones tan capciosas (Escolástica obliga) que establece-, priva a los beligerantes del derecho a juzgar de la justicia de su propia causa (la que les lleva a la guerra) En resumen, debatiendo sobre la legitimidad de la guerra (justa), uno y otro contendiente se adentran fatalmente en una zona de aguas profundas, lo que no impide de tachar de pacifista -ergo, de partisana o partidista- del papa PREVOST, ni priva a Donald TRUMP del derecho de afirmar la legitimidad -politica o moral- de su causa o casus belli, por impopular o incomprensible que ello parezca
En la foto, con el tatuaje de "Deus vult" en el antebrazo, Pete HEGSETH, Secretario de la Guerra (vbg. de Defensa) en la administración TRUMP. La polémica con el papa PREVOST en torno a la guerra de Iran y a la (milenaria) doctrina (tradicional), le habrá catapultado en la opinión dentro y fuera de los States, como un nacionalista cristiano (sic) -y fervoroso "evangélico" o sea- y un abanderado del ideal de las Cruzadas (del que la Iglesia -hipócrita, léase pastoralmente- renegó a seguir al Concilio Vaticano II) En nombre -habrá él declarado-, de más de mil años de tradición de la doctrina de la guerra justa"
Un mentor y consejero estrecho de Pete HENGSETH lo es el pastor y teólogo evangelico Douglas WILSON que se describe a si mismo no como (neo) confederado sino paleoconfederado. En su escrito -escrito a dos- Slavery as it was- defiende que el sistema de trata de esclavos de los estados del Sur era más humano que la esclavitud en Atenas. Boton de muestra como sea, en ese resurgir doctrinal del cristianismo evangelico, y es de la cargazon historicamente revisionista de la ofensiva ideologica y geopolitica de la administración TRUMP




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