jueves, diciembre 29, 2016

PROBLEMA SEXUAL DEL CLERO

Espíritu y Belleza. Propaganda alemana del periodo de entreguerras, de una desnudez artística y abstracta (femenina) Es una evidencia desde luego que el nacionalsocialismo y otras corrientes doctrinales que acabaron confluyendo en el III Reich -de la llamada Revolución Conservadora- arrastraban una doctrina o filosofía sexual radicalmente opuestas a las enseñanzas (en el plano de la moral) de la tradición cristiana tal y como se verían predicadas por el magisterio eclesiástico tanto en la vertiente protestante como católico-romana de aquella. Y que se focalizaba en una critica fundamental -en un plano sexual- del sacerdocio o del estado eclesiástico y del tipo humano que en ellos se venia a encarnar o a retratar. Y era un retrato de personas inmaduras en el plano sexual y afectivo. Y en la situación de peligro además- -cabría apostillar- que les infligía la disciplina del celibato eclesiástico. Celibato peligroso.  Para el equilibrio anímico e intelectual y afectivo de sus victimas directas (y de los que le rodeaban) Por la tensión sobre todo social e individual que genera. ¿Y cómo negar, es cierto, el nexo casual entre la disciplina (canónica) del celibato y el escándalo mundial de la pedofilia de eclesiásticos, que se destapó durante el pontificado del papa polaco?
Al papa Francisco le ha salido una oposición a su derecha -si se exceptua el caso Lefebvre- que no tuvo su predecesor el papa Wojtyla. De poco le habrá servido pues el canonizarlo (exprés) Y esa oposición es así a primera vista más peligrosa sin duda e imprevisible de lo que lo fue la teología de la liberación para el papa polaco (que supo neutralizarla y manipularla, por lo que fuera) Cuenta la leyenda (negra) que arrastra el papa Wojtyla, que fue él uno de los raros supervivientes de la matanza de eclesiásticos polacos -en cifras del orden de los setecientos- que llevo a cabo el llamado Comité de Lublin controlado por el partido comunista polaco en los territorios del Este de Polonia que iban cayendo bajo su control al hilo del avance de las tropas soviéticas hacia el final de la segunda Guerra Mundial.

¿La razón última acaso en el plano de la psicología de las profundidades, el complejo de culpa derivado de aquellos hechos y otros análogos -como el genocidio de alemanes del Este en el gigantesco éxodo al que se vieron abocados hacia el final de la Segunda Guerra Mundial de lo que habían sido territorios orientales del III Reich -y antes, del Imperio prusiano- de la erección de la ideología anti-abortista que viene a equiparar a un genocidio (sic) la interrupción voluntaria del embarazo (per se (independiente de plazos y de supuestos)? La hipótesis me parece perfectamente admisible. El anti-abortismo ofrece desde luego todos los visos y perfiles y apariencias de una secta, tan sectaria y tan fanática como la repulsa a las transfusiones sanguíneas de la que dan muestras los testigos de Jehová, o como el culto (idolatra) del sábado en las iglesias adventistas.

La Iglesia del Orden (Maurras díxit) en la que una inmensa mayoría de españoles de mi generación fuimos criados y educados no era una secta, sino que era una iglesia de todos o si no de todos -por culpa del anti-clericalismo que hizo irrupción con la modernidad- de una gran mayoría de la sociedad española de hasta hace unas décadas. El pontificado de Juan Pablo II iba a presidir su transformación sectaria en cambio. En una secta anti-abortista, y puritana y rigorista en todo lo que  de cerca o de lejos atañe a la sexualidad humana.

Porque comparar fetos no/nacidos con criaturas infantiles ya nacidas es -además de una aberración conceptual y de un despropósito evidente-, una de las muchas creencias maximalistas (radicales, exageradas) de las que el concilio vaticano segundo proclamó que venia a liberar a la masa de los creyentes. A saber, la creencia erigida en (super) dogma- que el ADN es sinónimo de persona humana, o de ser humano (en lenguaje teológico o religioso, de un ser vivo “dotada de un alma capaz de salvarse o de condenarse”)

Es la nueva religión del ADN. Un descubrimiento científico que no viene a añadir o a cambiar (irreversiblemente) nada en el plano de los principios al contrario de lo que anuncian sus mensajeros. Antes del descubrimiento del ADN existía el consenso en el orbe católico y se me apura en el resto del mundo civilizado que el feto se ve ya en el momento de su concepción (perfectamente) individuado o individualizado e identificado, lo cual no quiere decir más que eso, sin mas consecuencias (me refiero) en el plano de la moral o del derecho. Y en esa invención (sic) de la nueva religión anti-abortista , todos los argumentos históricos o escriturarios se admiten,como el de la fiesta de los Santos Inocentes (que el santoral de la Iglesia celebraba en el día de ayer)

Los Santos Inocentes de la tradición cristiana hacen sin duda alusión a un fenómeno -de persecución colectiva (anti-judía)- históricamente verídico o con un fondo de verdad histórica difícilmente refutable, el hacer en cambio de ellos una parábola de lo que los anti-abortistas llaman el genocidio (sic) de nuestro/tiempo es uno de los muchos botones de muestra, flagrante en extremo, del “razonar a golpe de alucinaciones” -o exageraciones o hipérboles fantásticas (supersticiosas)- que Nietzsche reprochaba a Pablo de Tarso por cuenta de su doctrina sobre la resurrección (del cristo, y de los muertos), dogma fundamental y pilar supremo del judeo/cristianismo, y revelador del fondo innegablemente judío del cristianismo primitivo.

Pero a la hora de agarrar o atar las conciencias a una instancia superior moral o religiosa, sin duda que vale todo, tanto el ADN como consideraciones del orden demografico, tales como la amenaza que el invierno/demográfico hace pensar sobre nuestra civilización (europea) Como lo ilustra la reciente toma de postura de un partido político minoritario (de signo falangista) Churras con merinas, esa confusión de lo espiritual con lo socio político o con lo científico. Decía en una de sus obras Dominique Venner, analizando ese darse la media/vuelta -en francés, “retournement”- de la iglesia y el catolicismo en el concilio vaticano segundo, que del viejo arsenal reaccionario (sic) -lease de princpios y de doctrinas de autoridad y de orden- del magisterio romano no había sobrevivido más que el interdicto de la contracepción. Lo que se iba a trasmutar o transformar un pontificado mas tarde -con San/Karol/Woytila- en la ideología anti-abortista del genocidio de los no/nacidos.

Lo que no me parece mas, en algunos que me son o que me fueron próximos, que una cortada en el fondo,  -y que se piense de mi lo que se quera- a la hora de seguir rechazándome (interiormente) a mi y lo que de simbólico tuvo mi gesto de Fátima, eso es desde luego lo que me inspiraba mi conversación hace dos días en vísperas de mi marchavuelta a Bélgica, paseando ya de noche por el madrileño Paseo de Recoletos con un viejo amigo próximo deológicamente a mi (en apariencia al menos)

Mi amigo hablaba en tercera persona (del plural), refiriéndose a hipotéticos o imaginarios detractores de mis posturas, pero a si se me antojaba que estaba hablando -tal vez inconscientemente- no sólo de abogado del diablo sino también en nombre propio, y era a la hora de echarme en cara un cripto/izquierdismo tal y como él lo parecía advertir en mis escritos, tanto en las entradas colgadas en mi blog como en mis  libros recientes. Él creía ver en mí una complicidad secreta (léase mas o menos inconsciente en mí) con ateos y anti-religiosos de toda laya -en nombre o por cuenta de mi rechazo de la autoridad papal (jerárquica y doctrinal)- y de secuela fatal de aquello, un deslizamiento fatal y mas o menos inconsciente (en mía) hacia la izquierda.

Yo en cambio creía reconocer en ese fanatismo anti-abortista, en esa ideología de un sello históricamente correcto (anti-nazi) inconfundible- del genocidio de los no/nacidos, que apuntaba fatalmente a cada paso al hilo de sus razonamiento, el leitmotiv último de un distanciamiento por llamarlo así, con un eufemismo -hacia mis posturas como hacia mi persona -que mi amigo no se atrevía a confesarme ni a confesarse sin duda a él mismo tan siquiera

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