Y a un precio (dolorosamente) elevado, el del número de bajas militares de ambos ejércitos, superando ya los dos millones. Lo que hipoteca y arriesga enajenar el futuro de las nuevas generaciones de dos pueblos europeos. ¿A la altura del reto que plantea esta guerra a ambos contendientes? A saber, a salvaguarda del orden (de Yalta) surgido del desenlace de la II Guerra Mundial, o la implantación de un (orden) europeo surgido del desmembramiento y colapso de la Unión Soviética tras la caída del Muro. Es lo que representan y personalizan las figuras emblemáticas de los mandatarios de los dos países contendientes. La de Zelenski, el cómico y bufón (provocador) que hacia reír a los suyos en una época en donde en su país no reía nadie, y no se entiende que nadie osara hacer reír entonces y allí, jugando de ese modo un rol -de "fou du Roi"- con ventaja en el concierto de las naciones. La de PUTIN, por su parte, el espía agente del KGB que contra todas las leyendas y estereotipos, demostró tener su (patriotico) corazoncito. Por una Patria en demolición vista desde fuera o (justo) desde el lado de fuera de sus fronteras.
Ponía así al descubierto la metamorfosis del régimen soviético siguiendo unas líneas directrices de evolución -patriótica, "nacionalistas"- ya latentes en los años treinta -como lo advirtió y difundió Ramiro LEDESMA-, y destapaba al mismo tiempo la metamorfosis propia, léase, la del back ground ideológico que alimenta el pathos bélico del mandatario ruso, causa motriz de la guerra. La guerra de Ucrania pone igualmente en evidencia la fractura global y el paso del orden mundial (de Yalta) traducido en la Pax Americana, al orbe multipolar que encarnan los países emergentes, los BRICS, según el acrónimo con el que convienen que se les designe (Brasil, Rusia, India, China, y Sudáfrica) Del que nada a priori nos opone o separa -si no es la (interminable) guerra civil hispanoamericana que ya evocamos en este blog- y en cambio mucho nos une o hacia ellos nos llama.
Y es en el marco de un desafío que no podemos en absoluto rehuir o esquivar los españoles: el de encarar la afrenta de la pérdida de categoría -en francés "déclassement"- que nos infligen las grandes potencias o países punteros de Europa y de Occidente, como nos lo habrá puesto de manifiesto la crisis de Ceuta, en el concierto (global) de las naciones. Léase, Francia, el Reino Unido, y en menor medida, los States. Beligerantes oficiosamente todos ellos en la guerra de Ucrania. Las cosas claras
De los países emergentes -Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica-, mucho nos une y poco nos separa. ¿Por qué no apostar pues, por ellos ante el desafío de la perdida de categoría (en el concierto internacional) -en francés "déclassement"- que nos imponen los países punteros de Europa y Occidente, a saber, Francia, Reino Unido, Israel y los States? Como la crisis de Ceuta habrá sabido ponérnoslo de manifiesto, ante Marruecos









