"Santa Cruz volvió a caer sobre Otaín. Desde los hayedos del monte bajó como los lobos al ponerse el sol y corriendo en silencio toda la noche, llegó a las puertas de la villa, cuando cantaban los gallos del alba. Llevaba consigo cerca de mil hombres, vendimiadores y pastores, leñadores que van pregonando por los caminos y serradores que trabajan en la orilla de los ríos, carboneros que encienden hogueras en los montes y alfareros que cuecen tejas en los pinares, gente sencilla y fiera como una tribu primitiva , devota del jefe y cruel con los enemigos" (Ramón Del VALLE INCLÁN, en "Gerifaltes de antaño", de "La guerra carlista")

El cura (Manuel de) SANTA CRUZ, jefe de una partida guerrillera y figura destacada de la III guerra carlista, que un Emilio CASTELAR -desde su distancia (anti) religiosa, política e ideológica- llegó a alentar en la guerra por su cuenta que el cura guerrillero llevaba adelante, contra viento y marea, en solitario, contra la monarquía alfonsina. Lección de historia -y de moral- para los españoles y en particular para los carlistas, los de ayer como los de hoy. Y es del ejemplo de secularización, al calor de una guerra (santa) de fuego real. Como lo supo dar el cura SANTA CRUZ
Consigna urgente, imperiosa que nos marca la hora. La guerra híbrida (sic) o asimétrica que se nos tiene declarado a los que defendemos la Tradición. La más auténtica, y primordial. Y la consigna (urgente) es LA SECULARIZACIÓN, a la que los carlistas deben darse de preferencia por aludidos; Como un eco de aquella reivindicación, igual que un hondo y viejo lamento, de UN CARLISMO SIN SOTANAS, lo que formuló el general -liberal moderado- Ramón María NARVAEZ (fuera de toda sospecha)
Un articulo en la prensa de hoy sobre Ramon CABRERA -"el tigre del Maestrazgo"- conde de Morella y marqués del Ter , capitán general de los ejércitos carlistas, habrá despertado en mí el interés y el gusto de antaño -en visión desde fuera"- del carlismo, de su historia y de la estética que le es propia. Así como del mundo de sueños y esperanzas que cobijaba su ideología, en un efecto, por su impacto, mezcla de embriagadora nostalgia y de (negra) melancolía. Y comparable mutatis mutandis a la (honda) impresión que dejarían siempre en mí todo tipo de lecturas sobre la guerra civil americana, en especial bajo la óptica sudista, al sol blanco de los vencidos (de la Colaboración) En expresión tomada en préstamo al titulo de una obra sobre el tema de Dominique VENNER, escritor "nationaliste" francés que tengo presentado por extenso a lo largo de estas entradas. CABRERA, junto con el general Tomás ZUMALACARREGUI, y con el general GOMEZ -Miguel GOMEZ DAMAS-, figura con derecho a mención propia y honorífica en la historia del carlismo -en particular, de la primera y segunda guerras carlistas-, y se destaca a la vez de todos sus correligionarios, por el aura carismático, heroico y aventurero, y caballeresco que acompaña inseparable a su memoria. Y además, por el innegable colorido de su trayectoria. De la que cabe -sin duda por su gancho narrativo- destacar su romance terminado en boda con una aristócrata inglesa de confesión protestante a la que conoció en los bailes que organizaba en Londres una dama de la alta aristocracia, la duquesa de Susex Un titulo que portan hoy -con desenvoltura- miembros de lo más encumbrado de la nobleza y la aristocracia "british", pertenecientes a la Casa Real incluso.
El carlismo, y no hay que ser adscrito o susceptible de poderlo ser, dentro de la Comunión que los reúne y agrupa para rendirse a la evidencia, forma parte -en expresión consagrada en lengua francesa- del mobiliario de nuestra memoria y de nuestra historia española. Con repercusiones y ecos insólitos fuera de su espacio ideológico, en ámbitos o movimientos extraños y ajenos a su ideario, como lo es el nacionalismo vasco, tal y como lo tienen registrado ciertos autores, entre ellos, Jon JUARISTI, a los que ese fenómeno de simbiosis no habrá resultado precisamente extraño.
"El nacionalismo vasco no es más que un carlismo desesperado de la salvación de España", escribió por su parte un autorizado historiador de dicho movimiento, Maximiano GARCÍA VENERO, en una formula que durante mucho tiempo suscribimos, pero que ya hoy nos parece fatalmente trasnochada. Y es que a los carlistas mas recalcitrantes y más tardíos, eso de la salvación de España les debía (y debe) resultar un mantra vacío de significado y del más mínimo contenido. Como fue sin duda el caso tan atípico como emblemático, del cura SANTA CRUZ, figura destacada de la tercera guerra carlista, que no habrán dejado de reivindicar en los medios abertzale -tal y como lo dejé registrado en mi libro "Cataluña en guerra"-, quien según testimonios no menos creíbles aunque apócrifos, obligaba a sus militantes a juramentarse, y era a no emplear más lengua que el eúsquera, como signo fuerte de identidad entre los que le seguían y acompañaban.
No importa. Por lo insólito, por lo atípico y excepcional de su figura, el cura SANTA CRUZ -héroe (anónimo) de la Tercera Guerra Carlista-, nos ofrece un ejemplo, de la mayor vigencia en la hora -de guerra híbrida- que tenemos que afrontar -en nombre de nuestra identidad- los que defendemos la Tradición (con mayúsculas) Y es la de secularización. De una Iglesia, que al dejar de ser custodia fiel de la Memoria, perdió su credibilidad, por siempre jamás. Para con aquellos (al menos) que más creímos en ella. Hasta el punto que demostramos urbi et orbe estar prestos -presto sum- a dar nuestra vida por ella. DE VERDAD

Don Sixto-Enrique de Borbón-Parma. Duque de Aranjuez, infante de España, regente de la Comunión tradicionalista, y abanderado de la Tradición. Contra él, todos los golpes se permiten. Hasta los más viles e infames incluso. Como el bulo de su muerte, que corrió hace meses por las redes. Me mostró en un encuentro que tuvimos hace años, empatía (sincera) y comprensión, y yo desde aquí, se lo ofrezco en justa retribución. A la vez que le dirijo -a Él, y en su nombre, a la Comunión que Él preside- el llamamiento urgente a la secularización, a la emancipación de la Iglesia (o como se le quiera llamar), del carlismo redentor