En Chile la tienen (bien) armada, la liaron parda, en castizo castellano. Y es a cuento de la isla de Pascua, en lengua indígena, de la isla RAPA NUI. Junto al archipiélago de Juan FERNANDEZ -tocayo mío (...) Un conflicto o contencioso global por las dimensiones léase las distancias geográficas -de un sinfín de leguas entre la isla y la costa- chilena (y entre dos mundos de civilización, el mesoamericano y el melanesio), muy acorde ello con el tiempo global que ya estamos viviendo. Con la dignidad un tanto propia -de la isla que nos ocupa- y un tanto de prestado, la que le prestan el indigenismo en alza (en todo el subcontinente), y el nombre de Pablo NERUDA que le dedicaría uno de sus poemas -y el título del mismo-, tan húmedos y oceánicos, como decía de su poesía Francisco UMBRAL, admirador devoto del poeta chileno y celador (ardiente) de su memoria. Unos versos grandilocuentes que me dejan frío no obstante, como un sino fatal, el que me mantuvo apartado de su ideología y el que mantuvo igualmente siempre -pese a mis esfuerzos denodados- refractario frente a su poesía.
Y habrá montado todo este lío la embajadora de Chile en Nueva Zelanda bajo el gobierno aún en funciones y en espera (inminente) de relevo -tras el descalabro electoral- del presidente (de izquierdas) Gabriel BORIC. Y es -la embajadora (de brillante currículo diplomático) por la que viene el escándalo ahora- MANAHI PAKARATI, de un nombre bien indígena, "rapanui", pidiendo la autodeterminación (sic) de la isla -conjuntamente con la de la otra minoría aborigen, maorí, me figuro, de la isla ex-colonia británica en la otra punta del planeta, común origen melanesio obliga-, lo que parece desmentir -en la foto, de puro glamur- que está circulando de ella en la Red-, el desafío tan agrio y tan acerbo que le está enfrentando a una gran parte (mayoritaria) de sus compatriotas agrupadas tras la oposición -que pide su destitución (fulminante) del cargo- y a la cabeza de ella, José Antonio KAST, el presidente electo. Ni entramos ni salimos, deberíamos decir, como extranjeros.
Pero algo, un no sé qué, una llamada interior, un sexto sentido, resumiendo, esa voz de la sangre que nos liga a los destinos de Europa -díxit José Antonio PRIMO DE RIVERA-, es la misma que nos veda o impide desentendernos de la suerte o del sino de los pueblos hispánicos ( o ex-hispanos, como les llamé yo) del otro lado del Atlántico. La misma que nos hace ver y reconocer esa vocación de destino en lo universal que llevó a los españoles a la Conquista de América, y a la vez, esa pulsión de colonización que llevó a los chilenos y españoles juntos hasta aquella isla remota a tantas leguas de sus costas.
Un desafío, forzoso el reconocerlo, análogo al dilema que planteó a los conquistadores españoles en la América Central la civilización maya, y su civilización y sus enigmas -como la que plantea hoy a los chilenos la civilización melanesia -, lo que tenemos y debemos zanjar y resolver, libremente, evitando en lo posible, el choque de culturas, en defensa de nuestra identidad y nuestra integridad colectivas. Y con la lección de nuestros fracasos bien aprendida. Los pueblos que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla

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