sábado, noviembre 09, 2019

FRANCO Y EL CID CAMPEADOR

Franco y el Cid Campeador. La comparación se impone entre el anterior jefe de estado y el héroe de la Reconquista que ganaba batallas después de muerto como Franco lo ha hecho ahora tras la movida de su exhumación. Tal y como como lo ilustran ahora el respeto y la dignidad que se desprenden de esa foto, Y su extraordinaria –y más que sorprendente- difusión en unos medios extranjeros puestos al acecho en la ocasión y dispuestos –como cabe imaginar- al linchamiento (y a la profanación) A la derecha de la foto portando bien a la vista el féretro –todo un símbolo, de legitimidad histórica -, Luis Alfonso d’Anjou (y de Borbón)
Franco asignatura pendiente. Y me refiero en este blog, porque la movida de su exhumación me habrá pillado alejado –por razones técnicas ajenas de mi voluntad- de este blog ardiendo o hirviendo de impaciencia por verter aquí mi opinión. Antes y después sobre todo de la operación exhumatoria que a fe mía que nos habrá deparado sorpresas, porque las cosas han salido bien y mal según se mire para los artífices y mentores de tamaña profanación, frustrada a todas luces salvo meliore judicio, a tenor desde luego de los comentarios provenientes de cierta izquierda –trotskistas, Cuarta Internacional- fuera de toda sospecha, que no pueden disimular su amargo descontento y su sorda frustración. Como lo ilustra la foto que acompaña esta entrada en las portadas de casi toda la prensa global al día siguiente del dia D. Que “del enemigo el consejo”. Como reza –y que me perdone Francisco Umbral- ese y otros botones de muestra del amplio y variado refranero español. Todo o casi todo, es cierto les habra disgustado a los “troskos” franceses –y no digamos lo que se debe esperar de sus homólogos de ideología y españoles de nación. Y es en la operación al gusto en todos y cada uno de los mas pequeños detalles- del jefe de gobierno Pedro Sánchez al que aquellos ven en lo sucesivo –o de siempre para qué negarlo- poco menos que como un traidor. La cobertura mediática
absolutamente desproporcionada según ellos los honores (sic) reservados al difunto las reacciones de protesta des sectores franquistas, patriotas) que habrán conseguido levantar cabeza –como nunca hasta ahora (en democracia)- al socaire de la exhumación, y hasta el luto de la ministra, exponente señalado –de juventud manipulada- de aquella generación universitaria que fue la mia, ay dolor. Como el homenaje a regañadientes, o si se prefiere el complejo de culpa (grandioso) de aquellos –para con los suyos, de los que descienden-, de repente y gracias al Caudillo, a la luz del sol.

Franco y el Cid Campeador riñendo y ganando batallas después de muerto. Lo que habrá desatado las lenguas por cima de los Pirineos en Bélgica por ejemplo donde se han podido ver –y leer- comentarios de franco elogio y ditirambo del antiguo jefe de estado español, como no dejo de dar de fe ello, atónito y perplejo en todos los años que llevo aquí. En Bélgica y también en Francia donde el pretendiente legitimista –todo menos una figura decorativa como se está tentado de verle el publico español- Luis Alfonso d’Anjou (y Borbón), al que conoce personalmente el autor de estas líneas hijo de Alfonso de Borbón Dampierre al que también conocí personalmente (y traté)- –como de ello di hace tiempo cuenta en este blog-, y nieto del Caudillo, no habrá dudado (de puertas afuera) en alzar la bandera –rojo y gualda- en la que se identifica una gran parte de la Nación. Lo que le habrá valido el fuego granizado de ciertos medios franceses pero de lo que sale mejor parado de lo que cabía temer, que la claridad de posturas y la bizarría y gallardía a la hora de defenderlas da sus frutos en política –en democracia incluso- y el tancredismo y la puesta (por sistema) de perfil –en ciertos asuntos, y tan funesto –en este sobre todo ( en ascuas)- dan lo que se ve que dan, en Francia como en España en la España de la democracia o en la de la posguerra inmediata (del 45) –y aquí todos ya saben lo que con ello quiero decir: Por donde creo que se trasluce o adivina el tono que a este articulo necrológico le he querido imprimir. Crítico y revisionista, todo junto y bien revuelto. Viniendo de quien viene, de un antiguo (y puro) joseantoniano que no se definió nunca como un franquista, como así no me veo tampoco hoy. Pero que entre el trance (tremendo) o la alternativa ineludible de tener que matar al padre (sic) o de cubrir de un tupido velo las desnudeces –por flagrantes y numerosas que ellas sean- que su figura ofrece  a la Historia y a la Memoria hoy por hoy, se siente en el deber ineludible de optar por el respeto y la circunspección. Por un deber de memoria –aquí ya todos ya lo han adivinado- hacia él y hacia los suyos, quiero decir los míos que le profesaron autentica devoción (devotio) ibérica de lo que aquí y en otros sitios me he explicado –de palabra y por escrito-, y en francés lo mismo que en español (….)

Franco y José Antonio, la compañía ineludible honrosa para los unos, sumamente engorrosa en cambio para los otros, a la que la operación de exhumación pone un punto final pero que no estoy seguro que se salde de forma tan positiva y tan halagüeña como los celadores de la memoria de este ultimo podrían pensar. Y es porque el secreto o misterio de rivalidad entre uno y otro aprovecha ahora para salir también a la luz del sol, y del que no estoy nada seguro que el líder y fundador de la Falange salga de ganador. Un misterio de odio (sic) que fue –y no otra cosa- lo que impidió el entenderse (calamitas calamitatis!) a los dos lideres entonces al borde de la guerra civil, y a los joseantonianos/puros de hoy de pasar pagina (como se dice hoy) hasta ahora y de olvidar y de perdonar, a lo que no están obligados es cierto –que el perdón (yo ya lo dije) es libre por definición-, de perdonar agravios reales o presuntos ideológicos, históricos o de la naturaleza que sean, pero que ese legado de odio y resentimiento fue (se me antoja) lo que les impidió a muchos de ellos dar hasta hoy el primer paso (reconciliador) al que por tantos motivos –personales incluso o familiares- se veían y se ven abocados en aras del futuro que ofrece hoy por hoy un horizonte –se me reconocerán, Franco, dentro fuera del Valle y su ídolo en cambio allí enterrado aun- poco esperanzador (…) Dice Don Luis Alfonso a modo de balance –histórico, aunque lo diga también a título personal- que Franco trajo (o restauró) la Monarquía, y eso es posiblemente algo que en Francia y entre franceses encuentra un eco y unas resonancias históricas de las que se encuentra en cambio ayuno y ajeno –y vedado- el publico español.

Y tal vez le esté dado –o reservado- el verlo y proclamarlo así, a alguien como el autor de estas líneas que riñó un cuerpo a cuerpo –con su bagaje español, joseantoniano, a cuestas del que nunca (en el fondo) renuncié-, con el tradicionalismo francés, mas solvente y creíble por razones tan históricas como ideológicas- que su homologo y homónimo español (tan afrancesado él). Y fue en los cuatro años -en contactos y cohabitación diaria casi exclusivamente con franceses y con francófonos- de mi paso por el seminario (tradicionalista) de Ecône. En los que no me convertí al ideario monárquico (en algunos como un sucedáneo de religión, o superstición) pero que me vacunó o me inmunizó contra esa fiebre neorrepublicana de la que tantos "puros" se verían de antiguos aquejados, como una peste o cólera morbo (de indignación) Y el odio (sic) de José Antonio hacia la figura de Franco –al que hizo objeto de (grave) afrenta- como lo reconoce fuera de toda sospecha un amigo de ambos, Ramón Serrano Suñer-, es inseparable –se me reconocerá también- del destino trágico, de un fin tan macabro y sobrecogedor que se vio reservado el Ausente al que Franco rindió (invariablemente) honores después de muerto y en todos los años de su régimen, se quiera o no se quiera reconocer (…)
¿José Antonio, fino estratega y Franco en cambio triste y pobre condotiero -léase, comandante o jefe (o señor) de guerra- conforme al tópico o paralelismo –entre condotiero y estratega- frecuente en los medios mercenarios (belgas) y en la imagen que arrastra el subliminal de los españoles también? Digamos que José Antonio se revelaría un estratega fatal apostando en el Ejercito -con la Falange, su fuerza (joven) paramilitar- e indisponiéndose a la vez –con afrenta (en la elecciones en Cuenca)- a la principal figura (y en cuarto creciente entonces) de aquel, que no estaba obligado de hacer más que lo que al final hizo por él. Que como diría Umbral, la nobleza (y más aún en el militar) obliga, hasta en el resentimiento. Francisco Franco condotiero genial y no menos genial estratega, al que la Historia acaba dando la razón
Franco, gran condotiero –comandante, jefe de guerra- ante la Historia y José Antonio en cambio ¿firme ideólogo, e inspirado poeta y fino estratega? Esa es la imagen que heredamos o arrastramos tantos hasta hoy, y se me permitirá a la luz y al hilo de ests reflexiones –y de las ultimas glosas y comentarios aparecidos en los medios- el discrepar, en un espíritu de sano revisionismo (conciliador) Y es que –y ya termino- si es cierto lo que da hoy por sentado la más reciente historiografía anglosajona, que José Antonio tras unos primeros devaneos monárquicos –o dinásticos- quiso hacer de la Falange –tras la muerte de Paquita Rico- una fuerza paramilitar (sic) al servicio del Ejercito, su propósito o designio -no cabe más loable y acertado en aquellas más que singulares circunstancias históricas- se revelaría a posteriori de un fallo o error de cálculo –y de estrategia- de lo más flagrante y descomunal: ponerse al servicio del Ejército y enfrentarse (gratuitamente) a la vez a una de sus principales figuras (y en cuarto creciente entonces además). Y ello dio al final –se ve bien ahora- lo que dio (…)

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