El coronel Fonjallaz -nacido en las inmediaciones de Lausanne- fue la figura más destacada de las corrientes fascistas o fascistizadas en Suiza francófona que fueron objeto de severa vigilancia por parte de las policías de los distintos cantones suizos en una tradición bien anclada en su sistema político que venía de antiguo y que llevaría al escándalo de las fichas (en 1990) del que se vio blanco el Oficio Federal de Extranjeros –el organismo que dicto prohibición de entrada en territorio suizo en contra mía, en 1986- sometido después a profundo reajuste y reorganización. Curiosamente, esa obra, la única biografía completa del coronel Fonjallaz, fue publicada por Pierre-Marcel Favre, editor de mi libro “le Fou de Dieu” y posteriormente –después de conocerle yo- fundador y director del Salón del Libro de Ginebra. ¿Rivalidad política entre cantones subyacente a la persecución de la que me vi objeto en Suiza entonces?De la lectura de mis entradas de estos últimos días los lectores de este blog aún los menos observadores se habrán percatado que su autor arrastra un problema “de cuidado” -como los portugueses le dicen-, de orden intimo y no sólo, con la Suiza (que no propiamente con los suizos, ni con las suizas) Y a fe mía que no yerran. La Suiza no me es indiferente en modo alguno, aquí algunos ya se dieron cuenta. No lo era ya ni mucho menos antes de mi gesto de Fátima por los cuatro años que pasé en el cantón del Valais, en el marco de la Fraternidad San Pio X de Monseñor Lefebvre, concretamente en el seminario de Ecône, a donde esta vez en cambio preferí no volver (ni de visita tan siquiera) por juzgar aquella época de mi vida un pasado muerto (y enterrado)
Y la Suiza no me seria indiferente tampoco –mucho menos aún- tras la prohibición de entrada que dictó en contra mía el oficio suizo de extranjeros en febrero del 86, encontrándome en Lausanne a donde llegué procedente de los Países Bajos y tras mi salida en noviembre –y un tránsito fugaz por España- de la cárcel poruguesa, y fue exactamente tras la publicación en el transcurso del mes de enero del 86 de una entrevista que me hicieron dos periodistas suizos por cuenta del diario “24 horas”, de Lausanne publicada con realce no poco sensacionalista en el diario mencionado, con una foto mía en la que se m veía vestido con el habito con el que comparecí delante del tribunal portugués años antes- con el telón de fondo (un tanto provocador, lo reconozco) del Muro de los Reformadores, situado en un parque público del centro de Ginebra. Uno de los periodistas que me entrevistó entonces del que aún recuerdo el nombre –del otro en cambio, no-, Alain Maillard, es hoy comentarista celebre de la radio difusión suiza francófona.
Aquella entrevista en la que no recuerdo haberme pronunciado en modo alguno ni sobre la actualidad suiza -de la que a fe mía no estaba entonces al corriente- ni sobre sus problemas o asuntos internos, sino mayormente sobre mi gesto de Fátima contra el papa Juan Pablo II, puso fatalmente en marcha un engranaje que llevaría a mi expulsión de territorio suizo, “manu militari” como quien dice, y fue tras haber ido un día de excursión estando aún residiendo en Lausanne -y mientras yo me encontraba en trámites de obtener una confirmación de la medida dictada en contra mía del Oficio de Extranjeros por medio del abogado de Ginebra que se ocupó de mi caso- hasta la localidad fronteriza, de Ferney-Voltaire junto a la frontera francesa y haber pasado unas horas del lado francés cuando al querer volver a territorio suizo se me notificó la prohibición de entrada, de manera un tanto expeditiva por parte del agente aduanero suizo en uniforme, que plantifico de forma ostensiva su subfusil reglamentario encima de la mesa del despacho en que nos encontrábamos mientras me hablaba.






