martes, junio 30, 2026

MONSEÑOR LEFEBVRE, Y MI GESTO DE FATIMA

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Ceremonia de ordenación (sacerdotal) en el Seminario de Ecône, como quella en la que yo particié. A la que entiendo ser -en libertad y en la distancia- fiel en el recuerdo: fiel a mí mismo (semper idem) y a mi gesto de Fatima también

Los tradicionalistas de Monseñor LEFEBVRE -y no los lefebvristas (ni lefebvrianos), como nos etiquetó (hostilmente) la Prensa española -ellos y no otros, sí-, desde la Misa de Lille hace ya- cuando empecé a leerles llamarnos así-, están de moda, en los titulares y comentarios periodísticos de actualidad quiero decir. Y yo que me aleje de ellos -como ellos se alejaron de mí-, y me siento hoy por hoy a años luz de lo que dicen y representan, me identifico no obstante (un poco) con ellos, levanto incluso una lanza en su favor en el lío o atolladero en el que se están metiendo de nuevo como nos informa con todo detalle la prensa de hoy.  Y no de puro antojo o capricho sino por un prurito de autoafirmación, de reivindicar  lo que soy y lo que he sido hasta hoy. En bloque, como decía amar a su país, a Francia, Napoleón (su Emperador) Sin excluir nada, ni ninguno de sus capítulos o episodios -aun sometidos, llegado el caso, a criba o autocritica of course- ni los mas ruidosos, polémicos o (en apariencia) escabrosos, y me estoy refiriendo a mi gesto de Fátima, que no fue un gesto aislado, atípico producto de un lunático u original -por ahorrar aquí a mis lectores todas las lindezas que  los medios de la Prensa mainstream vertieron y siguen (impunemente) vertiendo sobre mí-, sino fruto -en tanto que legatario- de todo un back-ground cultural (sic) como me lo reconoció el funcionario francés de aduanas que me detuvo -pistola en manoy me tuvo unas horas entre rejas-, tras un mero control administrativo en Hendaya, en un tiempo que residí brevemente en Francia, tras mi salida de Portugal preso, viajando en tren hacia Madrid. Grosso modo aa causa o por culpa de mi nombre, o así al menos lo pensé hasta hoy. 

Un back ground, un bagaje religioso e ideológico y cultural a la par, en paralelo al que anteriormente recibí en mi entorno sociológico y familiar. Un back ground al que renuncié, del que (libremente) prescindí y me desprendí, no sin antes, como digo someterlo (convenientemente) a criba, lo que fatalmente me legaría un poso (sic) -católico tradicionalista, integrista, o como llamársele quiera-, que guardo gustosamente conmigo y abiertamente reivindico, como lo estoy haciendo aquí. Y fue su ruptura o rebelión contra Roma, la Roma papal -como un Lutero de derechas- y sin la cual no se explica ni se entiende mi gesto -de rebelión, de ruptura- de Fátima, en nombre de la Tradición. Y con ese nombre a modo de consigna -nos adentramos en un mundo ajeno estratosféricamente lejano -lo admito- al mundo democrático en el que vivimos inmerso hoy, como lo ilustra el episodio de la ley de Nietos que vienen de un mundo, de una memoria que les liga en cordón umbilical -como acertadamente lo denuncia la derecha- a la izquierda en el poder en España hoy por hoy. Un mundo del que los que permanecemos por libre opción fieles a la Memoria de una España en la que nacimos y crecimos, a la Memoria de los nuestros -como lo sigo siendo yo y muchos como yo, nos sentimos en país extraño o extranjero, al contrario de lo que "los otros" españoles que a  todas luces se se sienten como pez en el agua, en el mundo/democrático de hoy, 

Como yo lo experimenté los largos años vividos en Bélgica en comparación -sin odio ni acrimonia- con los otros españoles, léase los de la emigración -de los cincuenta y de los sesenta-, mucho mejor integrados uy asimilados (en grupo) como sentí estarlo (individualmente) yo. Y por eso ellos siguen allí -en grupo, en "minoría" -con sus barrios (en el casco urbano de Bruselas, o en el extrarradio) (*) y sus centros de reunión- y yo en cambio acabé yéndome de allí, algo querrá decir (digo yo) O no quiere decir nada tampoco el que me sintiera mucho más en casa o con los míos, entre extranjeros -franceses en su gran mayoría- en el Seminario de Ecône, que en cohabitación forzosa con esa especie de compatriotas en Bruselas (a los que me acabo de referir) Y si a todo ello se le añaden consideraciones de ingeniería electoral como tan acertadamente lo acabamos de oír, no hay más que hablar de lo que aquí -a modo de oportuno inciso y sobre esa especie de nietos-, estoy intentando (querer) decir. Monseñor LEFEBVRE o la Memoria (o sea) de un mundo que se fue y que él fue llamado a perpetuar (en la Memoria) 

Y eso es la clave de explicación de la enigmática actualidad de la que se ven revestidos tanto él como sus seguidores y la Obra que el fundó y que sigue floreciendo hoy frente al fuego cerrado de las campañas de linchamiento, de acoso y derribo que le prodigaron los medios de la prensa mainstream. Hasta hoy. Y lo que explica la pulsión de solidaridad con él y con los suyos que esos ecos de actualidad por cuenta suya, me inspiran. ¡Eran bellas aquellas ceremonias -dentro o al aire libre- del Seminario de Ecône! como aquella -de ordenación- en la que yo participé! Con la que sigo -en libertad y en la distancia-, sintonizando, y en la que me sentí  puro, libre, generoso y desinteresado. Y todo aquello -esa seriedad, esa libertad ("de pensée) frente al Pensamiento  único, ese decoro, esa belleza litúrgica y ornamental, en parte se lo debo a él. Como yo en plena libertad, lo proclamo aquí  

(*): Como el barrio español de Saint Denis en el extrarradio de Bruselas -más que eso, como un pueblo aparte, en lo más recóndito-, como un ghetto. Así se le divisaba -allá abajo- desde la línea del tranvía que circulaba por lo alto, cerca de allí. Nuca a fe mía se me fue de la memoria después    

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