Escena del hundimiento del acorazado Belgrano -2 de mayo 1982- , por el ataque de un submarino británico, fuera de la zona de exclusión, con la muerte de 323 de sus 1039 tripulantes. Memoria viva y omnipresente de las Malvinas en la sociedad civil, y en especial del conjunto -del orden de 649- de sus víctimas argentinas
La guerra de las Malvinas -Falkland para el relato en lengua inglesa y al gusto inglés -selló una derrota histórica de la Argentina acompañada de unas exequias fúnebres de sus sueños nacionalistas, y en contrapartida, vino a consagrar la hegemonía inglesa en aquella zona del Atlántico Sur, ad majorem gloriam del Imperio británico, oficialmente disuelto y en vía de desguace -con el visto bueno de Sir Winston CHURCHILL- al salir de la Segunda Guerra Mundial, como si fuera el precio que habrían impuesto a los británicos las otras dos potencias vencedoras -la Unión Soviética y los Estados Unidos- garantes y artífices de su supervivencia de la Gran Bretaña, como nación independiente y soberana, en el transcurso del conflicto. Así vistas las cosas, no salimos de nuestra sorpresa ante los despachos de noticias y las especulaciones en los medios las ultimas horas, que dan cuenta de un posible y no menos espectacular giro copernicano de la diplomacia USA -léase, de la Administración TRUMP- en relación con ese histórico contencioso territorial que enfrenta ad vitam aeternam argentinos y británicos, en permanente hostilidad. Ellos no nos ayudan en Irán, a nosotros que tan decisivamente les ayudamos a ellos en contra de los argentinos.
Contra el Irán, una baza insospechada pues, la de unas Malvinas irredentas que el inquilino de la Casa Blanca -con la bendición de su amigo, el presidente argentino, Javier MILEI- vendría a adjudicar a la Argentina, en contra o a costa de la Gran Bretaña. Así suena el barajar y el reparto de cartas en ese inveterado jugador en política internacional (como si fuera una partida de póker), que es quien dirige los destinos de la mayor potencia del planeta en nuestros días. Y no sólo la realidad tozuda sino la verdad histórica de los hechos no menos tozuda, se ponen a darle la razón en su argumentario. Inglaterra ganó entonces gracias a la preciosa ayuda de los Estados Unidos -bajo la presidencia REAGAN-, de su tecnología militar, entonces como hoy en la delantera. Y ello pese al heroísmo y al impecable y brillante proceder y hoja de servicios de los aviadores argentinos durante el conflicto, en aparatos de fabricación francesa, que estuvieron en camino de hundir la mitad de la Flota británica. Sin la ayuda norteamericana ¿qué queda pues de la causa inglesa por la posesión y soberanía de aquellas islas? Y el hilo de nuestro discurrir a través de estas líneas se ve interrumpido por informaciones de ultima hora que dan noticia del transcurso de la visita -entre declamaciones y declaraciones de amor- del presidente Donald TRUMP al Reino Unido, y de su encuentro con su Graciosa Majestad, Carlos III. "Estados Unidos no tiene amigos más cercanos que los británicos". A buen entendedor, salut (que dicen los belgas)
La Argentina no tiene nada pues que esperar de la Casa Blanca, nada por la vía militar, quizás, sí en cambio por la diplomática, a la hora de resolverse la soberanía de las islas (Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur) Lo que nos lleva fatalmente a la comparación -odiosa para algunos- con el caso de Gibraltar, el asunto exterior del régimen anterior, en cabeza de las reivindicaciones de España, siempre presentes en el tablero de nuestra diplomacia. Con la diferencia de talla no obstante que supone -en comparación con la (perpetua) reivindicación gibraltareña-, el enorme peso y conmoción que el asunto de las Malvinas arrastra en el seno de la sociedad argentina, hasta el punto de venir a ser insoslayable asunto pendiente en la agenda política nacional allí, por razón (comprensible) de una memoria siempre viva de aquello, y sobre todo de por su balance de victimas -del orden de 649- entre los que hay que contar los miembros de la tripulación del acorazado Belgrano, hundido por un submarino británico fuera del área de exclusión de guerra. Y entre los cuales, jóvenes guardiamarinas con algunos de los cuales, sin duda me crucé durante mi estancia allí, dos años antes del conflicto.
Lo que nos acerca al considerable grado de implicación personal y de presión emocional que en el autor de estas líneas supuso la guerra de las Malvinas. Y mencionaré un detalle que dará idea a mis lectores de lo que aquí intento decir. Y fue que estando yo en una casa convento de la Fraternidad de Monseñor LEFEBVRE cerca de Paris después de haber estado hasta un año antes en el marco de la misma Fraternidad, en Buenos Aires, empeñado en la fundación allí de la rama argentina, recibí una llamada de la capital argentina, del responsable -francés- de aquella, a seguir al desembarco y ocupación argentina de las islas (2 de abril 1982), y en el preámbulo del estallido del conflicto, próximo aquél -me consta, él como el conjunto de la Fraternidad allí- de las instancias del régimen militar (de las Juntas) en donde me llegó a decir -en un tono de gran inquietud y preocupación- que nadie sabía -e referencia a las instancias rectoras allí- a donde iban, lo que dejó, semanas apenas antes de mi gesto de Fátima, una fuerte impresión de caos y de vacío propiamente globales en mí, con las secuelas de desconcierto y desasosiego que es fácil de suponer.
¿Operó esto a guisa de factor condicionante al menos -y a un titulo análogo al de la psicosis de atentados, a lo que aquí ya aludí- en mi gesto de Fátima y en todo el itinerario externo como interno que me llevó hasta allí? No a guisa de justificación, sino de apología (pro vita sua), es algo que me parece imposible de obviar cuando se intenta un juicio sobre aquello y sobre mí
Leopoldo Carlos GUALTIERI, presidente de facto, anunciando la toma de las Malvinas. La toma de las islas refrendó su legitimidad. La perdió con la derrota

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