Sin ir mas lejos -y ya estoy oyendo el desgarrarse las vestiduras de algunos- las que profirió Heinrich HIMMLER, en relación a lo que venía de ocurrir en su país (alemán), y fue ante los monjes benedictinos que le acogían -y verosímilmente le cuestionaron sobre la noticias, ecos o rumores de la persecución religiosa en Alemania- de la abadía de Montserrat , durante su vista allí, en el marco de su viaje a España (19-24 octubre 1940) Tal y como aquí lo dejé registrado en una de mis antiguas entradas. No más, si bien se mira que un simple botón de muestra en el trasfondo de la acusación de fondo que el nazismo en sus principales dirigentes hacía a la Iglesia. Que se puede englobar o sintetizar -en expresión del entonces ministro de la Propaganda, Joseph GOEBBELS- de peste sexual. Léase, del carácter aberrante de la moral sexual del cristianismo, interpretada durante siglos por el magisterio y los ministros de la Iglesia católica. Y ante lo que resuenan con fuerza -¿quien me lo podrá negar?- los anatemas de NIETZSCHE registrados en uno de los pasajes mayores del Anticristo: "Predicar la castidad es una incitación a obrar contra natura. Menospreciar la vida sexual, ensuciándola con la noción de lo impuro, ese es el verdadero pecado contra el espíritu (santo) de la vida"
Y cómo no evocar ante la fuerza y el ímpetu profético de esas palabras los encuentros con jóvenes en sus viajes pastorales, de Juan Pablo II y sus mensajes insistentes -rayanos en la obsesión, o propiamente obsesivos- precisamente sobre ese punto. O la fijación igualmente obsesiva de la moral que se (nos) dispensó en colegios de curas, en el Sexto Mandamiento ("no cometerás actos impuros") ("¡cuántas veces, cuántas veces, hijo mío!) Cosas que antes no se podían decir, pero con el Concilio -o eso al menos se nos enseñó- vino el kairós, tiempo favorable u oportuno. Todo tiene su tiempo -reza el Eclesiastés(3:5) - en la tierra bajo el sol. Tiempo de labrar, y de recoger lo labrado. Tiempo pues de pregonar y de gritar muchas cosas, pese al escandalo previsible entre los oyentes: y es que llegó el tiempo de anunciar lo que antes no hubiera sido posible ni imaginable siquiera. Y es el poso de verdad que arrastraron los nazi fascismos. Y en particular el basamento ético y moral que les legaron el paganismo precristiano junto con el cristianismo. O en otros términos, el poso pre-cristiano neo-pagano que recibió en herencia el cristianismo.
Como lo podrán sin pena confirmar y rubricar textos por explorar en lo hondos arcanos de la multitud de textos del Concilio Vaticano Segundo. Un cultivo sistemático del fracaso -Adolfo HITLER díxit (sobre el cristianismo)-, y una violación de la ley natural (sic) de la lucha y la supervivencia de los más fuertes. Frases lapidarias que sólo nos veta el rumiarlas y aceptarlas como (serio) motivo de reflexión, si vemos en el desenlace de la Segunda Mundial, un juicio definitivo de la Historia, o más aún, una ordalía (sic) -léase el juicio de Dios. A lo que -todos aquí estarán de acuerdo- nada ni nadie nos obliga. Quiero decir en el fuero interno. Y eso, ese poso de Verdad -antes que consideraciones de política religiosa- es lo que explica los vaivenes, vacilaciones y titubeos frente al fenómeno nazi fascista de la Iglesia católica a todos sus niveles, de eclesiásticos como seglares, de la jerarquía eclesiástica al clero de a pie, de las órdenes y congregaciones religiosas hasta las asociaciones laicas de apostolado. Vivir para ver fantasmas míos. He dicho. Sin acrimonia
El Concilio Vaticano II fue convocado en nombre o por cuenta del kairós. Tiempo favorable, oportuno. Tiempo de cambios, Tiempo profético. El mismo que invoco yo a la hora de sacar a luz el poso -ideologico, moral, doctrinal- de Verdad, del nacionalsocialismo


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