22 de marzo de1978. Jean Marie Le Pen durante los funerales por François Duprat –de cuerpo presente en la foto, muerto en un atentado unos días antes- en la iglesia de San Nicolás de Chardonnet, de París ocupada por tradicionalistas en la órbita de Monseñor Lefebvre ya entonces en ruptura con el Vaticano. Tras la excomunión del arzobispo francés en 1988, la inmensa mayoria de sus seguidores partidarios del Frente Nacional se reconciliaron (canónicamente) con Roma. Y un rumor persitente da cuenta que Moseñor Lefebvre moriría -poco tiempo después, tras verse condenado por islamofobia ante un tribunal de París- en una soledad casi absoluta, enfermo y abandonado o desatendido de sus fieles y partidarios. ¿La misma suerte le espera a Jean Marie Le Pen, convocado por un tribunal acusado de delito de negacionismo? Su condición de seglar como sea le dan otras bazas de las que la condición de eclesiástico privaban en cambio a Monseñor LefebvreNo he hablado nunca aquí mucho de Monseñor Lefebvre al que conocí bien como aquí todos ya saben, sólo en evocaciones fugaces, de la época de mi vida en la que me encontré -voluntariamente por completo, lo reconozco-, bajo su órbita o en algunas de mis entradas (más bien raras) sobre política religiosa. Porque Monseñor Lefebvre como buen obispo –arzobispo que me diga- y como francés todavia más, fue un hombre muy político en el sentido que le da justamente a la palabra la política religiosa, una noción que acuñó Maurras y que hice mía como todos aqui ya saben. Marcel Lefebvre fue una gran figura (eclesiástica) –y un hombre de su época- que me hace pensar un poco a alguien que estuvo sin duda muy cerca de su trayectoria en un momento dado, mucho más tal vez de lo que se piensa, en el periodo del posconcilio inmediato que pillaria sin duda aquél, a tenor de la actuación y de la actitud que habia sido la suya en aquella magna asamblea, no poco desarbolado.
Y me estoy refiriendo al escritor e historiador y publicista suizo Gonzague de Reynold que ya evoqué aquí en una entrada reciente, y al que es difícil no imaginar en aquellos años –él como su entorno- cerca del arzobispo francés, como ya lo insinué en mi entrada anterior, a menos que sus vidas y trayectorias se cruzaran sin rozarse (lo que dudo) habida cuenta que el escritor suizo –católico conservador y uno de los padres fundadores del movimiento (de restauración litúrgica) « Una Voce Helvetica » , falleció el mismo año (de 1970) en que Monseñor Lefebvre daba inicio a la singladura en solitario –del punto de vista eclesial quiero decir- que le llevaría a la fundación del seminario de Ecône del que pondría las primeras piedras por decirlo así con la acogida que brindó a un grupo de seminaristas franceses en ruptura con la linea conciliar triunfante por todas partes y que habían acabado recalando en la universidad pontificia de Friburgo y para los que abrió una residenca en aquella ciudad suiza, patria chica de Gonzague de Reynolds con todo lo que esa expresión -de patria chica- comporta en un país como lo es Suiza, confederacion de cantones y micro/universos a la vez en el que confluyen varias lenguas y culturas y mil historias locales y cantonales de trayectos seculares -e incluso milenarios- a menudo divergentes.
Me he leído recientemente la obra tal vez más difundida de Gonzague de Reynold, « Cités et paysages suisses » -que a fe mía que no sé como haya que traducir en español, si villas o ciudades por « cités » y por «pays», si países o paisajes (que no es lo mismo)-, una obra suya de juventud de las primeras décadas del pasado siglo XX (convertida con el paso de los años en una especie de biblia nacional del país alpino), sobre la Suiza, su historia y su geografía, sus paisajes y tradiciones cantón por cantón y de repente, acabando de leérmela, caigo en la cuenta de una ausencia más que ruidosa clamorosa en el texto, a saber la de Lausanne.






