La matanza tan sangrienta contra Charlie Hebdo no se merece más que una condena sin paliativos. Como aquí lo habremos dejado bien sentado, por escrito y con nombre y apellidos. Lo que no excluye no obstante el poder y deber aprendernos bien la lección y el que podamos deducir también nuestras propias moralejas. Entre ellas, que la provocación periodística –y sin duda en los demás ámbitos y terrenos- es empresa de alto riego, como se vio cumplido ya hace diez años en el asesinato bárbaro en la vía publica del cineasta holandés, Theo Van Gogh que practicaba el arte de la provocación cinematográfica, con éxito. Charlie-Hebdo atacaba y se reía de todos sin excepción y eso les habrá puesto fatalmente en la encrucijada de todas las amenazas y peligros, y en la mirilla de sus asesinos. Jean Marie Le Pen, lo mismo que su hija, blancos favoritos de las sátiras de esa publicación (de "izquierda plural"), no habrán dejado de condenar de la forma más firme el atentado odioso. Jean Marie Le Pen no obstante no deja de hacer responsable a la clase política y al gobierno francés de lo sucedido. Por una política extranjera sobre todo, cómplice –en Siria, en Libia, en Irak y en el Afganistán- del auge islamista fanático y homicidaLa matanza en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo ayer en Paris, pendiente de desenlace aun –¿inminente?- mientras escribo estas líneas habrá desatado una polémica entre sectores de lo que se da en llamar la corriente identitaria, defensores de la identidad europea, occidental frente a la amenaza y el desafío agazapadas tras la invasión silenciosa que viene protagonizando corrientes de in migración non europea, en particular musulmana en suelo europeo, desde hace décadas. ¿Guerra contra el Islam?
La Reconquista –espejo fiel en la materia para españoles- lo fue y no lo fue según se lo mire. Lo fue en la medida que la simple idea de Reconquista rechazaba implícitamente la otra opción o alternativa que se les ofrecía –ante la invasión árabe- a los cristianos españoles, a saber la de la sumisión al nuevo poder musulmán como precio a pagar para la salvaguarda de la antigua fe y creencias, que fue la actitud que acabaron adoptando los llamados mozárabes, que asi se llamaron por la liturgia -de origen visigodo- que practicaban, pero que en realidad era un denominación que venían (semánticamente) a designar a las poblaciones autóctonas de antes de la dominación musulmana, con exclusión de aquellos que acabaron abrazando la nueva fe de los invasores.






