Y negamos (de entrada) la mayor, y es porque en cuanto a la gravedad -del acto en sí y de sus secuelas y consecuencias-, unos y otros abusos, a manos de individuos eclesiásticos o civiles , no afectan al cuerpo social del mismo grado y de una misma forma. Ni son comparables a ello otros fenómenos -el aborto, la interrupción del embarazo- aunque la Iglesia los esgrime a menudo a modo de coartada de autodefensa. Y es en la medida que menores (bajo tutela) no son equiparables ni asimilables por ningún concepto a los no/natos -léase fetos de los no-nacidos-, de las campañas (eclesiásticas) anti-abortistas. Ni son comparables ni equiparables tampoco los abusos sexuales de menores a manos de eclesiásticos, a otras formas de abuso sexual que carecen -al contrario- de la nota de abuso de poder, y más grave aún del poder -sobre cuerpos y conciencias que da la autoridad (tutelar) de aquellos eclesiásticos a los que el menor se ve confiado.
Y como agarrando al toro por los cuernos, vamos directamente al fondo de la cuestión. y es que la causa responsable última de la difusión y propagación de esta lacra -como una plaga bíblica- no estriba en un defecto de educación sexual o de formación moral, ni tampoco -como el autor del articulo hace de ello mención- la pornografía y su libre difusión ni siquiera -contra el parecer de algunos bien intencionados- en el celibato. Y no es así, porque la gravedad de la pedofilia/pederastia no estriba (del todo) en los actos de esa naturaleza -contra natura- en sí, sino en lo que tienen de síntoma -pródromo- incurable y sin remedio. Y es en suma -ese síntoma o "malestar" (espiritual)- del problema (al que me referí en una entrada de este blog), que arrastra la moral católica -cristiana en su origen o judeo-cristiana-, con el mismo sexo. Lo que denunciaron -tras los pasos de Federico NIETZSCHE- los nazi fascismos. Incitación (sic) a obrar contra natura, así llamo el filósofo alemán, a la predica y exhortación a la castidad, por otra parte, tema central, por no decir único -insistente y rayano en la obsesión- de los multitudinarios y apoteósicos Congresos de la Juventud del pontificado (interminable) de JUAN PABO II.
Pero el mal -seamos justo- no es (sólo) de ahora, aunque se haya (clamorosamente) destapado a plena luz y en los focos de la más rabiosa actualidad a seguir -rindámonos a la evidencia- en el posconcilio y en los pontificados de los papas del posconcilio, especialmente el del recién nombrado. Que esa acusación tenaz y con marchamo de anticlericalismo, de revanchismo y guerra civilismo -tan insufrible en los oídos de algunos (como en los míos se remontaba ya (no nos duelan prendas el admitirlo) a los tiempos de la República y de la guerra civil. O acaso -y me expreso así sin ánimo, mi palabra, de escandalizar a algunos- ¿cabe entender o interpretar de otra forma -con la perspectiva (histórica) del tiempo transcurrido-, esa (enigmática) acusación -de la izquierda-, de dar caramelos envenenados a los niños (sic), de la que (amargamente) se quejaba en su Carta a los militares de España (1936) -en vísperas del estallido de la guerra civil-, José Antonio PRIMO DE RIVERA?
Ajeno o no directamente relacionado con el celibato sacerdotal -una enfermiza a fuer de irresuelta cuestión y eclesiásticamente "formateada" hace mucho, léase, puesta en relación directa con otras cuestiones debatidas a perpetuidad e igualmente irresueltas, como el sacerdocio femenino. Ajeno a todo ello como digo, el abuso de menores del que aquí estamos tratando, la cuestión se impone. Y es la de elucidar hasta que punto la (trágica) privación del don y beneficio de la paternidad no debería tenerse como factor a tener en cuenta, y es de la insensibilidad primordial o falta de empatía (elemental) con la infancia y en particular con la infancia desvalida e indefensa, que fatalmente traduce el abuso y más aún- el abuso sexual- de menores por parte de padres sin paternidad, víctimas de "la oscura noción -Miguel de UNAMUNO díxit- responsable de tantas tragedias existenciales", de la vocación religiosa
Oliverio Twist. La novela que más me marcó de niño y que más recuerdo aún. Sin duda por la estampa imperecedera que su autor -Charles DICKENS- acierta en ella a plasmar de la infancia indefensa y desvalida. Lo que pone en foco la lacra eclesiástica de abuso (sexual) de menores a manos de eclesiásticos. Como una plaga bíblica. Lo que no pudimos soportar algunos que crecimos y fuimos educados en la fe en la Iglesia, Guardiana de la Infancia, y Maestra de Verdad. Y es que como dijo José Antonio, "¡es tan difícil volver a creer cuando se ha perdido la Fe!". Obligada glosa: ni creí en esta Iglesia (de hoy) ni tampoco perdí mi Fé

No hay comentarios:
Publicar un comentario