domingo, abril 24, 2016

OBISPOS ESPAÑOLES AL QUITE DE ZETA PEDRO

El derecho al honor -contra lo que pueda parecer- no es incompatible con el régimen democrático, ni siquiera con el cargo y función (en el marco del mismo) de jefe de gobierno (aunque se sea del PP) Se ve reconocido ademas en nuestra constitución (artículo 18) y en nuestro ordenamiento por una ley orgánica “ad hoc” (de 1982) Se nos reconoce en cambio el derecho a insultar en democracia? Esta claro que no (salvo prueba de lo contrario) Y por lo tanto no se pude imponer una obligación de perdón -léase de poner la mejilla- a alguien que se sienta (con razón ) injuriado, como en el caso de Mariano Rajoy sucedió a todas luces. Saludar por fuerza de las circunstancias es una cosa, poner la mejilla otra muy distinta. Que no todos tiene por qué tener el carisma que dicen que tenía el papa Wojtyla (rapsoda del perdón por cuenta de la democracia)
Mariano Rajoy y Zeta Pedro se cruzan en el homenaje a Cervantes sin cruzar no obstante ni la más mínima palabra pese la atención estelar de los medios. ¿Rencoroso? ¿Obligado a perdonar? Yo de esas obligaciones no entiendo. Lo que sí entiendo perfectamente es que alguien no lo sienta así, y se vea libre de la pretendida obligación de poner la otra mejilla.

No todos tienen el carisma que tuvo -léase que decían que tuvo- el papa Wojtyla, el papa del perdón, que se pasaba todo el día exigiéndoselo a los demás mientras que él, papa polaco ante/el/altísimo, no tuvo nunca la menor palabra de perdón para con el pueblo alemán, enfrentados durante la Segunda Guerra Mundial (y también de mucho antes) a los polacos que fueron de victimas en la posguerra y siguieron yéndolo aún mucho más bajo aquel pontificado.

Mariano Rajoy, con razón, se vio gravemente insultado por su contrincante socialista en público, y es licito y legitimo el pensar que detrás del fracaso tan rotundo y polvoriento de este ultimo en sus repetidos intentos de formar gobierno antes y después de su fracasada investidura, se esconde el veredicto no menos rotundo de la opinión publica española ante aquella afrenta inadmisible dentro o fuera de democracia.

La democracia y sus estigmas. Esa es la glosa que se merece una obrita de autor norteamericano que cayó recientemente en mis manos exponente emblemática de psicología social, una rama en boga en los Estados Unidos de la década de los cincuenta y de los sesenta, sobre estigmatizaciones sociológicas. En la que se venía a reconocer de forma implícita al menos algo rodeado de tabúes en el pensamiento único en en vigor de nuestros días, a saber que la pena de infamia (y derivados) no existe (ya) en democracia. Desde la Revolución Francesa. ¡A otro perro con ese hueso!

Y la fricción y el desencuentro entre Mariano Rajoy y el líder del partido socialista, claves últimas de explicación de la prolongación de la crisis y de vernos abocados a nuevas elecciones, son botón de muestra ilustrativo del uso y abuso de la estigmatización dentro de un régimen democrático.

Quien no se (re) siente, reza un refrán portugués, no es buena gente. Y Mariano Rajoy (con razón) se sintió a todas luces insultado, no sólo criticado o atacado, que la diferencia entre lo uno y lo otro es la que va del honor a la deshonra dentro o fuera de democracia.

Con toda la razón ya digo, porque si alguien en ese choque de los dos protagonistas principales de la crisis política rebasó los limites de la decencia (sic) no lo fue precisamente el jefe de gobierno (en funciones) La herida sigue a todas luces abierta y el reciente comunicado de los señores obispos españoles en nombre del derecho a la comunicación -echándole un cable o un capote a Zeta Pedro en resumidas cuentas-, no viene mas que agravar o emponzoñar la herida (en carne viva) Comparaciones odiosas, como la que se permite el portavoz episcopal, entre las dos principales formaciones del tablero político español en la actualidad y la vida (sic) de un matrimonio.

Más que odiosa. De vergüenza ajena. Algo a los que ya nos tiene acostumbrados los obispos, es cierto. Y también el papa de Roma. Ahora ya sólo falta que el papa Francisco -a falta de venir a visitarnos- se eche al ruedo de la política española, como lo viene haciendo -siempre en clave (izquierdista) de indignación- en otros países. Con nosotros en cambio hasta ahora no. ¡Palabras mayores, España y los españoles, para un papa argentino!

No hay comentarios: