Capas y estandartes de la TFP brasileña en su época de auge -años setenta- antes de la implosión del movimiento a la muerte de su fundador, el Profesor Plinio. Testimonio innegable del genio ideológico -e incluso artístico- de su creador. Fue lo que más impacto causaba sin duda por encima de unas formulaciones doctrinales -y teológicas- hoy ya perfectamente obsoletas para muchos que las profesaron en un momento dado, y del estilo anticuado (ex profeso- con el que se veían difundidas, de palabra o por escrito (y en gestos y maneras) Hasta el punto que cabe decir que sea precisamente lo que pervive y prevalece en la memoria de aquel movimiento tan desconcertantes que llegó a propagarse en muchos países del otro lado del Atlántico y también en suelo europeo. Y era esa intuición -certera- paneuropea y trasatlántica a la vez, mas allá de unos postulados (teológicos de signo judeo cristianos) -y de los a priori e interdictos y obediencias de signo clerical que acarreaban- hoy perfectamente desacreditados y arrumbados en las alcantarillas de la historia. Resurgencia de un ideal europeo llamado sin duda a resurgir ante los desafíos que se presentan para la supervivencia misma de nuestro civilización. ¿Modelo de inspiración la heráldica medieval -liberándola de la servidumbre clerical en la que aquel movimiento tradicionalista nació creció y murió- de una nueva enseña y una simbología para el conjunto de los países europeos ? Europa ¡Patria eterna! Esa es nuestra Fe y nuestra religión ¡No tenemos otra!El caso Blanquerna, los protagonistas del mismo me refiero, con su acción y sus reivindicaciones amenaza fatalmente poner sin duda en entredicho el patriotismo visto como sentimiento y como virtud tal y como lo concebimos algunos. En la convocatoria a la manifestación que siguió a la sentencia del Supremo al respecto se recogían nos versos de Lope de Vega que traducen al visión del patriotismo tal y como la concebían los antiguos, a saber como una virtud estrechamente relacionada si no claramente identificada con la piedad.
La piedad a nuestras raíces a nuestra tierra, y a nuestros mayores. Lo que viene a traer a la luz esa forma de virtud estrechamente ligada a su vez a la de la compasión, que viene ahora al primer plano de la actualidad tras la temática de los refugiados y de la inmigración en masa y de los casos de actualidad -o de pagina de sucesos- que la vienen puntualmente jalonando en los últimos tiempos. Como lo ilustra las declaraciones recientes del ministro de Inmigración del Canadá -un país sacudido en los últimos días por un atentado a una mezquita frecuentada por inmigrantes- que justificaba y fundamentaba en la compasión (sic) la política en la materia -en extremo emblemática y no menos polémica y transgresora- del gobierno actual del Canadá (dirigido por Justin Trudeau)
Así, por un lado el patriotismo se vería acantonado a unos límites y fronteras en razón de la piedad debida a nuestra madre patria -léase nuestra tierra madre-, la que le debemos a nuestros muertos (por razón de piedad filial) Lo que sin duda ha llevado a algunos a interpretar y a atacar las recientes declaraciones del actual jefe de gobierno de que no cree (sic) ni en muros ni en fronteras (las cuales se pueden perfectamente interpretar dicho sea de pasada, en función de un contexto determinado, y en el sentido de fronteras interiores, léase como un alusión al caso de Cataluña) Y por otro lado esa impiedad lleva a erigir en un derecho natural y absoluto la inmigración en masa como así se habrá visto plasmado en el desarrollo del magisterio eclesiástico y pontificio en los últimas décadas, tras el concilio vaticanos segundo como lo pone claramente de manifiesto una obra reciente (en francés) de la que ya me ocupé en una de mi recientes entradas.




